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Flamenco, Premios para la crisis

Ilustración: Pepo Pérez

 

MANIFESTO! (2011)

Flamenco Premios para la crisis

La designación del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por parte de la UNESCO en 2010 dio pie a la periodista musical Lucía Flores a escribir esta reflexión sobre el estado de salud del flamenco más allá de reconocimientos universales. Se preguntaba si este premio ayudaría a salir al género de la crisis que sufría. Recién desaparecidos Enrique Morente y Mario Pacheco cuando se publicó el artículo, el dictamen no parecía precisamente halagüeño. Entonces, el testimonio de Enrique de Melchor, que murió un año después, reclamaba el compromiso (real) de las administraciones, y otros músicos se planteaban crear un sindicato que velase por sus derechos. La pregunta queda en el aire: ¿cómo beneficia exactamente al flamenco ser, oficialmente, Patrimonio de la Humanidad?

El 16 de noviembre de 2010, el flamenco recibía de la Unesco la consideración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. En la resolución, se define este género como una manifestación cultural “marca de identidad de numerosos grupos y comunidades, en particular de los gitanos”. Ubica su génesis en el triángulo que dibujan Andalucía, Murcia y Extremadura, y lo pone al nivel de otras formas de expresión tan singulares como el tango, el arte chino del grabado de sellos o la fabricación de encajes croata. Una de las curiosidades que acompaña la noticia es que este no ha sido el primer intento. En 2005, la candidatura del flamenco fue rechazada por un defecto de procedimiento: se incluyó en el apartado de formas de expresión en riesgo de extinción. Visto con la perspectiva adecuada, no le hubiera ido nada mal un empujón en aquel momento. Porque nunca llegó un reconocimiento tan grandilocuente en una época tan seca.

Durante los días posteriores al acontecimiento, cargos políticos de escalafón diverso se refirieron al flamenco con expresiones tan pomposas como “la música más importante de Occidente” o “signo distintivo de la cultura española en el mundo”. Añadamos contenidos con menos vocación de titular: el flamenco es una expresión genuina, de estética arrebatada; la crónica viva de un pueblo, presente no solo en los escenarios, sino en todos los momentos de la vida, capaz de tender puentes reales hacia culturas opuestas a él. A diferencia de otras músicas tradicionales, ha conseguido mantenerse vigente en sus formas y significados a través del tiempo. Es, inevitablemente, un distintivo de raza, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva para la etnia gitana, desconfiada, controvertida, díscola e incómoda, sinónimo de marginación y de xenofobia.

En su evolución de las últimas décadas, el flamenco ha avanzado infinitamente más que, por poner un ejemplo al azar, la sardana; lo ha hecho por necesidad y por naturaleza, revisándose a sí mismo desde mil ángulos artísticos y entablando relaciones con todos los socios posibles. Su proyección fuera de España, imponente, es la culpable de que algunos de los buques insignia de este arte pasen tanto tiempo lejos de nuestros escenarios. Pero, cosas de la vida y de la política, es en su propia casa donde el modesto y genial territorio flamenco recibe peor trato.

 
Flamenco, Premios para la crisis

Enrique de Melchor pedía, un año antes de dejarnos, el compromiso real de las administraciones.

 

Por traducirlo en cifras, en 2009, de los más de dos millones de euros que manejó la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco (AADF, adscrita a la Junta de Andalucía), solo 134.500 llegaron a la Red de Festivales de los Pueblos Andaluces. El año anterior, un bailaor cuyo nombre es fácil de adivinar obtuvo 52.000 euros para una gira por América y dos capitales europeas, mientras que los festivales de los pueblos recibieron unos 1.500 por festival.

Dicho esto, no es de extrañar que la reacción del patio flamenco pasara, en muy poco tiempo, del alboroto y el entusiasmo a la suspicacia y la reivindicación. Mientras un muy ufano presidente de la Junta prometía incluir a corto plazo este género en el sistema educativo y ofrecía futuros doctorados y posgrados en las universidades de su zona, artistas como Enrique de Melchor reclamaban el compromiso (real) de las administraciones, y otros se planteaban que ya es hora de crear un sindicato que vele por sus derechos. Porque la pregunta es muy simple: ¿cómo va a beneficiar exactamente al flamenco ser, oficialmente, Patrimonio de la Humanidad?

Las aspiraciones de la activa y reivindicativa Asociación de Artistas Flamencos (AAF), algo así como la madre del cordero de los artistas de a pie, son realistas: más trabajo, condiciones dignas para los trabajadores. La AAF es una de las entidades firmantes del manifiesto “El flamenco: un regalo para la Humanidad y un derecho para el pueblo andaluz” que circula desde hace unos meses y que suscriben intelectuales, aficionados, políticos y artistas. El documento cuestiona seriamente la política de subvenciones de la Junta de Andalucía y a la misma AADF, que con su reparto desigual de los dineros públicos es responsable directa de la desaparición de multitud de pequeños festivales, del ninguneo de las peñas –que es como negarle el agua al huerto– y del favor exclusivo a los eventos que se producen en el extranjero o en las capitales españolas, y a los artistas de mayor convocatoria –siempre los mismos– en perjuicio del resto, que representa el ochenta y cinco por ciento del colectivo.

 
Flamenco, Premios para la crisis

Diego del Morao, vida en Spotify (sin más promoción que un correo electrónico masivo).

 

Por si algo le faltaba al guiso, el tejido industrial que mantenía y aportaba visibilidad a una escena de apariencia consolidada se deshilacha a marchas forzadas. Un vistazo a los lanzamientos de la década pasada demuestra que los noventa fueron años de abundancia. La lista de artistas que editaron discos durante ese tiempo es muy larga: de Potito a Remedios Amaya, de Amigo a Tomatito, pasando por los Carmona, los Habichuela, los Molina, Carrasco, Agujetas, Guadiana, Niño Ricardo, Linares... Cantidad y calidad. La independiente Nuevos Medios, a la cabeza del riesgo, y las majors, para los consagrados y las propuestas comerciales. Con el cambio de siglo, la sequía se acelera. La gran industria apenas se preocupa hoy de enviar copias físicas de los discos que publica, ocupada como está en no malgastar lo que ya dilapidó en el pasado, y los sellos pequeños sobreviven, o no, como pueden. El flamenco ya no es objetivo, y así, artistas de largo recorrido como Diego del Morao, por nombrar una novedad, están literalmente colgados en Spotify, sin más promoción que un correo electrónico masivo, mientras que los Pitingos de turno y sus dudosos trabajos gozarán, a buen seguro, de más atención. Hambre para hoy, y también para mañana.

¿Dónde están, acabado 2010, el negocio y la renovación del género? No en ese relevo invisible que difícilmente encontrará un altavoz por el que darse a conocer; no en los festivales de capital, con carteles miméticos y acomodaticios; tampoco llegará gracias a los medios de comunicación generalistas, y menos a los de fuera de Andalucía, y menos todavía a los públicos de fuera de Andalucía. En algunos casos, porque todo lo que huele a sur, por más títulos que lo adornen, provoca una especie de urticaria emocional, un menosprecio poco comprensible y aun menos tolerable.

Sin industria, sin difusión y sin posibles, sin Mario Pacheco y Morente al frente de los valientes, todo induce a pensar que, en efecto, no pasa nada en el territorio flamenco. La pequeña Nueva Orleans andaluza hace aguas (con su premio a cuestas).

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