Ya se marchó Don Gino. Llegó, cantó y se fue como esos camareros secos que regentan una decana osteria italiana y te cantan la carta con desgana. Últimamente, Gino Paoli despacha sus excelsas melodías de los sesenta sabedor de que su materia prima es imbatible y siempre satisfará a los comensales. Por eso deja que los cocineros las ahoguen con inocuos adornos jazzísticos. A él, claro, le importa un bledo. Él ya las ha saboreado infinidad de veces.
Parapetado entre el atril y el taburete, respaldado por cuatro músicos (contrabajo, batería, piano y trompeta), el genovés canta los platos del día: “Sapore di sale”, “Senza fine”, “Vivere ancora”... Solo de pronunciar los títulos se te hace la boca agua, ¿no? Pero en el espectáculo “Un incontro in jazz”, que ya lleva demasiado tiempo arrastrando (el disco “Milestones. Un incontro in jazz” es de 2007, al que sucedió el “Un incontro in jazz” propiamente dicho en 2011), suenan tan recargadas de filigrana jazz que te sientes decepcionado como cuando te sirven el entrecot bañado en una salsa que no has pedido.
Hay que hacer un verdadero esfuerzo de concentración sensorial para apartar mentalmente esos molestos arreglos y dirigir el oído al corazón de aquellas inmortales melodías. Porque inmortales serán si pueden sobrevivir a tan asesinas circunstancias. Y en cuanto llega “Il cielo in una stanza” algo pasa. Algo en esa canción resume, en sí mismo, el sentido de la música.
Gino Paoli explica a su amada con un canturreo tenue que cuando está junto a ella las paredes de la habitación se transforman en arboledas infinitas y el techo se abre de par en par, descubriendo el inmenso del cielo. La letra, incluso en italiano, es de una cursilería infinita. Pero cuando las paredes y el techo han desaparecido, Paoli eleva la voz y, enamorado y eufórico, canta: “Suona un’armonica, mi sembra un órgano che vibra per te e per me”.