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GINO PAOLI, Suena una armónica

En cuanto llega “Il cielo in una stanza” algo pasa. Algo en esa canción resume el sentido de la música. Foto: Òscar Giralt

 

YO LO VI, YO LO VI (2012)

GINO PAOLI Suena una armónica

Lo vio, lo vio. Esta fue la segunda aportación de Nando Cruz a su columna de opinión. Vio a Gino Paoli en Barcelona y el recuerdo de su actuación le permitió reflexionar sobre el poder de sugestión de las canciones eternas y sus excelsas melodías. Como, por ejemplo, “Il cielo in una stanza” y sus estrofas para el recuerdo: “Suona un’armonica, mi sembra un órgano che vibra per te e per me”.

Ya se marchó Don Gino. Llegó, cantó y se fue como esos camareros secos que regentan una decana osteria italiana y te cantan la carta con desgana. Últimamente, Gino Paoli despacha sus excelsas melodías de los sesenta sabedor de que su materia prima es imbatible y siempre satisfará a los comensales. Por eso deja que los cocineros las ahoguen con inocuos adornos jazzísticos. A él, claro, le importa un bledo. Él ya las ha saboreado infinidad de veces.

Parapetado entre el atril y el taburete, respaldado por cuatro músicos (contrabajo, batería, piano y trompeta), el genovés canta los platos del día: “Sapore di sale”, “Senza fine”, “Vivere ancora”... Solo de pronunciar los títulos se te hace la boca agua, ¿no? Pero en el espectáculo “Un incontro in jazz”, que ya lleva demasiado tiempo arrastrando (el disco “Milestones. Un incontro in jazz” es de 2007, al que sucedió el “Un incontro in jazz” propiamente dicho en 2011), suenan tan recargadas de filigrana jazz que te sientes decepcionado como cuando te sirven el entrecot bañado en una salsa que no has pedido.

Hay que hacer un verdadero esfuerzo de concentración sensorial para apartar mentalmente esos molestos arreglos y dirigir el oído al corazón de aquellas inmortales melodías. Porque inmortales serán si pueden sobrevivir a tan asesinas circunstancias. Y en cuanto llega “Il cielo in una stanza” algo pasa. Algo en esa canción resume, en sí mismo, el sentido de la música.

Gino Paoli explica a su amada con un canturreo tenue que cuando está junto a ella las paredes de la habitación se transforman en arboledas infinitas y el techo se abre de par en par, descubriendo el inmenso del cielo. La letra, incluso en italiano, es de una cursilería infinita. Pero cuando las paredes y el techo han desaparecido, Paoli eleva la voz y, enamorado y eufórico, canta: “Suona un’armonica, mi sembra un órgano che vibra per te e per me”.

 
GINO PAOLI, Suena una armónica

“Il cielo in una stanza” es como el chocolate. Se lo puedes dar a probar a un niño y le gusta. Foto: Òscar Giralt

 

No hace falta buscar el disco o bajarte un mp3 para percibir el efecto de ese verso (también cursi, sí) redimensionado por una entonación y unos arreglos de cuerda que catapultan el tema miles de quilómetros más allá de la habitación. Estudios neurológicos aseguran que si imaginas una canción, se activan las mismas zonas del cerebro que se activarían oyéndola de verdad. Solo imaginándola, sin siquiera murmullarla, puedes percibir el impacto (moderado, claro) de una de las melodías más excelsas nunca compuestas.

A cada cual le ocurrirá algo parecido con otras canciones. Cada cual tiene el cerebro sensibilizado ante ciertas composiciones: en función del origen geográfico, de sus gustos, de sus vivencias particulares... Sin embargo, hay temas que rebasan todo condicionante sociológico o biográfico para clavarse en el colectivo mediante mecanismos inexplicables.

“Il cielo in una stanza” es como el chocolate. Se lo puedes dar a probar a un niño y le gusta. Ya desde el primer contacto gustará mucho más y a mucha más gente que, por ejemplo, el queso. No necesitas ser italiano ni tener más de 60 años para percibir el atractivo universal de esta canción. Y no solo eso, la vuelves a escuchar y no te aburre. Pasan años, décadas, modas (con sus cambios de códigos estéticos) y generaciones y conserva intacto su exultante atractivo. Es algo que va más allá de su condición de clásico. Quizá esa es la condición intrínseca de un clásico. Pero su atractivo es tan indiscutible que entra de lleno en el terreno de lo misterioso.

¿Qué tiene esta canción? ¿Qué hay en ese momento en el que Paoli hincha los pulmones y suelta eso de “suona un’armonica...”? Es un crescendo melodramático, sí; como tantos otros. El cantante proyecta su voz muy por encima de la escena, declamando hacia el universo mismo, sí; como hacen tantos otros. Si desciframos la partitura, tampoco encontraremos las claves definitivas; de existir, las habrían usado otros compositores después. Y, en cambio, todos los que la han versionado (de Carla Bruni a Mike Patton) lo han hecho con el convencimiento de trabajar sobre material indestructible.

 
GINO PAOLI, Suena una armónica

Oyes la canción y la saboreas a tu manera. Tú mismo interpretas esa canción. Eres Gino Paoli en 1961. Foto: Òscar Giralt

 

Quizá en otras culturas, en África o Asia, suene a amorfa musiquilla occidental, pero en la nuestra su impacto es automático. Lo desconcertante ya no es que pueda generar el mismo consenso estético que unos labios o una puesta de sol, sino lo muy interiorizado que tenemos ese mecanismo de respuesta emocional. Vuelve a escuchar la canción. O escucha ochenta veces el fragmento en el que Paoli dice “suona un’armonica…”. Es como si te hiciesen cosquillas ochenta veces en la planta del pie. Tu reacción es inevitable.

Si es así, la canción ha rebasado todos los protocolos de infiltración en la sociedad. Estamos advertidos, sabemos el cómo y el cuándo, pero el chaparrón melódico nos sobrecogerá, queramos o no. Y eso es, de hecho, lo que perseguimos cuando escuchamos una canción. Ese rapto inevitable que nos devolverá siempre a la eterna pregunta: ¿qué tiene esa canción?

En un concierto buscamos, quizá de forma poco consciente, revivir esa sensación: amplificada, en otro entorno, en comunidad... Y en riguroso directo. Queremos que aquel espejismo sonoro se manifieste ante nuestros ojos. Para muchos primará el factor nostálgico, pero lo que deseamos, en definitiva, es que las paredes del auditorio se abran en infinitas arboledas y el techo desaparezca dejándonos ver el inmenso azul. Y que, aunque suene esa trompeta de jazz, nosotros oigamos el órgano“che vibra per te e per me”.

Ni Paoli ni su banda están ya por esta labor. Pero en un concierto no siempre escuchas lo que suena, sino lo que quieres oír. Tú puedes percibir “Il cielo in una stanza” como el cosquilleo en el pie, aunque la pluma aún no te haya rozado. Es pura sugestión. Oyes la canción y la saboreas a tu manera. Oyes lo que nadie oye. O lo oyes con otra intensidad. La tuya. En tu cabeza. Tú mismo interpretas esa canción. Eres Gino Paoli en 1961.

Publicado en la web de Rockdelux el 5/4/2012
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