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Glosófogos sin paladar, Transfuguismo linguístico

Flaubert dijo sobre el periodismo: “La crítica es un género que habría que situar en el último grado de la literatura”.

 

FREESTYLE (2015)

Glosófogos sin paladar Transfuguismo linguístico

Hablamos mal y escribimos peor. No son necesarios estudios demoscópicos para respaldarlo. En esa realidad, la prensa ocupa un papel nada halagador, según los expertos. El periodismo está perdiendo las formas y la de corrector de estilo parece una profesión sin futuro. Sea por regulación de plantilla o debido a la dejadez, llevamos camino de que no haya estilo que corregir. La prensa musical no es ajena a una problemática a la que se suma el uso cada vez más frecuente y abusivo de anglicismos, como si la castellana no fuera una lengua lo bastante solvente. Jaime Gonzalo reflexiona sobre ello en esta columna.

Reclamados y supuestamente remunerados por la Fundéu BBVA y la Fundación San Millán, escritores, periodistas y lingüistas del tinglado oficial, RAE incluida, se congregaban hace unas semanas en el X Seminario Internacional sobre Lengua y Periodismo, como en anteriores ediciones, con objeto de debatir los gajes de su oficio. En esta convocatoria el argumentario lo acaparaban los libros de estilo y su función en la era del tótum revolútum de la “marca personal”, sea esta lo que sea. A propósito de ello se lamentaba uno de los ponentes: errores y malas prácticas proliferan en los medios a falta de un control más riguroso. No solo escasean correctores, añadía otro participante, también son contados los actuales periodistas que pueden ser considerados como tales. Más allá de estos razonamientos, todos ellos potenciales pasadizos a bizantinas deliberaciones, en un mundo cada vez más normativo como el que hoy nos aprisiona, lo que deberíamos sopesar es la necesidad de, gramática aparte, regular algo tan personal como es la escritura, incluso en la homogeneidad de un medio que se debe a sus propios criterios, sea rotativo, revista o panfleto. Ya es suficiente unicidad la del pensamiento; como mínimo, que no contagie a su formulación. Dadas las circunstancias, clamemos un sonoro “¡Viva la tautología!”.

Cada vez más enfangado en la infamia, el periodismo escrito –el televisivo y el radiofónico tampoco tienen arreglo– solo conoce ya un estilo, que es el ideológico, y la mayoría de sus firmantes no son sino funcionarios de la ideología que les retribuye. Sería interesante analizar esa servidumbre en el contexto de la prensa musical, donde por cierto, y esto es más perentorio, salvo contadísimas excepciones los controles de calidad sintáctica o de cualquier otra índole brillan por su ausencia. Cierto, en la mayoría de casos se trata de medios con apurados recursos, austeras redacciones que no pueden permitirse ciertos lujos, donde este tipo de cosas se hacen como se puede, o ni siquiera se atiende a tales menudencias, que, por otra parte, rara vez despiertan la protesta del lector. Agrava ese hecho que la práctica totalidad de los que en esta especialidad tan poco profesionalizada nos debatimos seamos quienes aportemos, en mayor o menor medida y comparados a otros ramos periodísticos, argumentos de peso para defender aquella apreciación de Flaubert, no menos ácida que la que vertió sobre el periodismo: “La crítica es un género que habría que situar en el último grado de la literatura”. Y no es que se trate de escribir literatura, sino de hacerlo, escribir, decimos, correctamente.

 
Glosófogos sin paladar, Transfuguismo linguístico

No solo escasean correctores en las redacciones, también son contados los periodistas que pueden ser considerados como tales.

 

Puesto que algo que va mal siempre puede ir peor, no contentos con maltratar nuestra lengua vernácula, nos aplicamos en salpicarla de barbarismos anglosajones, asunto a considerar en futuribles ediciones de ese u otros seminarios, a tenor de lo que ese hábito se está extendiendo a otras parcelas de la vida; de hecho, la propia vida. Reforzada por la jerga tecnológica implementada estas últimas décadas, también por la metástasis turística, resulta cada vez más frecuente la invasiva intromisión de términos ingleses en todo tipo de discursos. Si bien la prensa musical parece terreno abonado para ese ejercicio de esnobismo, pereza o estupidez, su usufructo ya es vox populi. Una anécdota, entre miles: durante una reunión de un departamento técnico, un community manager –¡ya hemos caído también nosotros en la trampa!– se obcecaba en pronunciar una palabra catalana que desconocía como si fuera inglesa, tal que Aznar a su regreso de Texas. Sucedía eso en los aledaños del clúster –¡otra vez!– consistorial barcelonés, ayuntamiento de una ciudad singularmente afectada por la paradoja de un bilingüismo que, pretendiendo normalizar el uso del catalán, y a golpe de sanción administrativa cuando un comerciante no lo empleaba para rotular su negocio, se permitía supeditar el castellano al inglés, sustituyendo así un nuevo vasallaje lingüístico por otro, si adoptamos su punto de vista. En ese idioma no menos imperialista que el castellano siguen anunciándose a bombo y platillo en Barcelona international meeting points, fashion weeks, open markets, mobile world congresses y demás bacanales liberales alegremente subvencionadas con fondos públicos.

Si el aparato estatal es el primero en arrogarse el transfuguismo lingüístico, y eso sucede en ciudades grandes y menos grandes, dentro y fuera de Cataluña y España, difícilmente podemos extrañarnos de que en los colegios ahora los niños se insulten o compadreen al grito de “motherfucker!”, por citar solo un absurdo. A este paso, la obsolescencia de los libros de estilo, de la escritura y la lingüística, de seminarios y academias, de periodistas y escritores, hará innecesarios controles y regulaciones cuando hablemos y escribamos en interlingua, aquella jerigonza en la que se expresaban algunos personajes de “Blade Runner”. Eso, si no acabamos antes haciéndolo directamente en inglés, alemán o la lingua franca del país, la cultura y la economía que entonces nos sometan. Pensándolo distópicamente, quizá sea hora de empezar a aprender árabe. Wada'an.

Publicado en la web de Rockdelux el 18/11/2015
Etiquetas: 2010s, 2015, periodismo, sociedad
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