El pasado 2009, ante la insistencia de algunos funcionarios del Ayuntamiento de Zaragoza, celebré los quince años de Grabaciones en el Mar con una exposición que mostró el resumen del trabajo de estos tres lustros, y allí aproveché para dejar reflejada la ancestral tradición familiar que me llevó a la creación de esta enloquecida aventura. Desde mi bisabuelo Karl Marie, poseedor del sello más valioso de la hoy extinta Unión Soviética (el famoso sello del Guacamayo de Cochabamba de frente roja), pasando por mi abuelo Gary, capaz de desechar grandes artistas en función de su estado alcohólico, hasta llegar a mi padre, Daniel, quien con sus oscuros manejos empresariales dinamitó la herencia familiar... y me obligó a empezar desde abajo, iniciando una travesía que milagrosamente sigue viva a día de hoy.
Pero dejando mis ancestros a un lado, una buena parte de culpa de haber hecho este camino es de mi amigo Sergio Algora: él puso su talento y su imaginación desde el primer momento al servicio de la causa, confiando ciegamente en el proyecto y, a pesar de conocerme bien, en mi persona. Algora es insustituible. En el vacío que dejó su marcha se podría construir un aeropuerto (con un gran bar).
Con Sergio compartí una pequeña tienda de discos especializada en música alternativa en Zaragoza, un poco al estilo de la retratada en “Alta fidelidad”, y en dicho local nació y comenzó a dar sus primeros pasos Grabaciones en el Mar. Vivimos juntos desde varias barreras (la tienda, el sello, el grupo de Sergio) la ebullición del fenómeno indie. Nos creímos la historia, supongo que de tantas ganas que teníamos todos: los medios, los grupos... e incluso hubiera apostado por el público, porque resulta increíble recordar cómo pudimos llegar a vender muchas, muchísimas copias de bandas del momento como Red House Painters o El Inquilino Comunista. Pasó el tiempo y la discográfica creció poco a poco, mientras Sergio removía con su música este pequeño mundo.