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House Of Cards, Kevin Spacey y Shakespeare en TV

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2014)

House Of Cards Kevin Spacey y Shakespeare en TV

“House Of Cards” es una serie de alta trama política para lucimiento de un Kevin Spacey que ejerce de sibilino discípulo de los mejores papeles de Shakespeare. Santi Carrillo opinó en esta columna sobre la segunda tanda de episodios (Netflix, 2014; Canal+ Series). Más sobre “House Of Cards”, aquí y aquí.

Hay una gran variedad de ficciones cinematográficas o televisivas centradas en la política. Es un mundo rebosante de tramas ideales que piden ser guionizadas, ya sea desde el drama, casi siempre, o desde la comedia. En ambos casos, rara vez los políticos salen bien parados del envite. Nos hemos habituado a verlos con desconfianza, tal vez porque somos víctimas, que no beneficiarios, de sus poderes. Por eso nos encanta, ingenuamente, que sean el blanco de nuestras mofas y terminen pagando los platos rotos de nuestro descontento.

La euforia actual de las series televisivas no cesa de ofrecernos munición para esta guerra de pequeñas satisfacciones. Quizá porque la iniquidad de los políticos, como estamos comprobando, no se detiene nunca (o eso tendemos a pensar con cada nuevo caso de corrupción).

Repasemos. Si ya creíamos que la maldad del crudo drama “Boss” (con un sorprendente Kelsey Grammer, el de “Frasier”, espléndido en su desagradable papel de feroz alcalde) no podía superarse, agárrense: “House Of Cards”, en su segunda temporada, sube la apuesta con un Kevin Spacey más maquiavélico que nunca. La nueva tanda se estrenó, en un maratón de trece capítulos que pudieron degustarse seguidos, el pasado 14 de febrero en Netflix (aquí, un día después, en Canal+ Series).

Y si ya en la primera temporada (2013) el embaucador Francis Underwood (Kevin Spacey), político demócrata intrigante en busca de la vicepresidencia de los Estados Unidos, había demostrado su elegante mezquindad dictando un doctorado en manipulación sutil, en esta continuación se ha superado a sí mismo al tejer una red de intereses más propia de una secta satánica, tipo “La semilla del diablo”. En esencia, puro Shakespeare escanciado. Con Robin Wright, su sibilina mujer –fría como el hielo–, en el papel de la más fidedigna Lady Macbeth posible, tan implacable como deshumanizada, con el carisma de lo perverso y el encanto de la sofisticación.

El poder, solo el poder cuenta en “House Of Cards”. De ahí el pragmatismo cruel de una guerra de estrategias donde no se toman prisioneros; se acaba con ellos. Desarrollada por Beau Willimon (el que ofreció la materia prima para “Los idus de marzo” de George Clooney) y basada tangencialmente en la miniserie de la BBC de 1990 del mismo título, a su vez inspirada en la novela del político conservador Michael Dobbs, es un thriller político que no debe dejar de verse. Produce David Fincher y dirigen episodios Carl Franklin, James Foley, John Coles, Jodie Foster y la propia Robin Wright.

Los apartes teatrales a la cámara de un Kevin Spacey luciendo sus mejores galas y, generalmente, encantado de haberse conocido –¿algo de sobreactuación?–, conectan con las traiciones y ambiciones políticas primigenias del maestro Shakespeare en “Ricardo III” y “Macbeth”. No se puede aspirar a más.

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