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Humo en el agua, Milagros del rock

El rock, el rock’n’roll, es una cuestión de fe religiosa y fanatismo irracional, como el fútbol.

 

FREESTYLE (2016)

Humo en el agua Milagros del rock

Hechas la una para la otra, publicidad y música rock protagonizan desde hace tiempo proverbial simbiosis en el imaginario del espectáculo del consumo. En ese escenario donde se restañan los estragos del horror vacui y otras compulsiones humanas, la transformación del rock en abalorio de transversales destellos, bisutería simbólica, ha traspasado los límites del fondo musical para formar parte intrínseca del mensaje. Puede que el rock ya no ayude a transformar vidas, pero su complicidad para conseguir engañarlas se demuestra igual de útil, asegura Jaime Gonzalo.

Si tal modalidad existe, el ejercicio de cierto “pensamiento rock” no gana para chascos. Un pensamiento o reflexión crítica disidente, decimos, que, del mismo modo que negaba Kant condición científica a la metafísica, descarta a estas alturas la existencia del rock en calidad de fenómeno cultural y duda que su incidencia social, más allá del consumo de festivales, descargas y camisetas, se resuelva significativa, trascendente. A los lectores de prensa rock les incomodan estas monsergas, y a los críticos de rock conservacionistas tampoco les hace gracia que su cometido sea reducido a práctica forense. Recolecta el apóstata amigos, pues, al denunciar esas ilusiones que él considera falaces. Sería redundantemente iluso aguardar lo contrario. El rock, el rock’n’roll, es una cuestión de fe religiosa y fanatismo irracional, como el fútbol, e invocan los creyentes, y los que de él viven o sobreviven, mil razones para descartar discusión. Se venera en ese altar a un atiesado constructo, que, como Díaz de Vivar o los legionarios del fuerte Zinderneuf, pone su rigor mortis a disposición de unas pasiones que hacen insignificantes las ideas.

Venía esa sentimental industria fluyendo en permanente traspaso generacional, hasta ahora, que el relevo empieza a menudear, prorrateados los intereses y bolsillos juveniles en otras sensaciones, otras costumbres, otras pantomimas y, sobre todo, otras tecnologías. Pero nada de todo esto, ni siquiera que su rédito de nostalgias decrezca a medida que los acólitos veteranos se retiran del consumo y atienden otras prioridades, cuando no perecen, pone diques a la incontinencia con que se le presume al rock carta de naturaleza para sentirse no ya revelador, sino relevante, fuerza vehicular, músculo intrínseco de nuestra evolución como individuos y colectividad. El movimiento del rock lo genera su propia quietud, embalsamada en aquella por lo visto inextinguible arenga de Gary Glitter en “Rock And Roll, Part One”: “Los tiempos cambian deprisa / pero aunque las épocas pasen no lo olvidaremos / ¡seguiremos rockeando! / Rock and roll, rock, rock and roll, rock and roll, rock”. Escritas y reescritas ya todas sus partes restantes, muchas de ellas innecesariamente, el rock’n’roll deviene estaticidad disfrazada de inmortalidad, un ejercicio de memoria histórica que, según Pierre Nora, no es sino “el esfuerzo consciente de los grupos humanos por encontrar su pasado, sea este real o imaginado”.

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La más perversa de las contradicciones reside en la glorificación de aquello que supuestamente venía a socavar el rock.

Ese esfuerzo que pasa por la banalización de lo extraordinario dispensa licencia para imaginar, pero también para significar cualquier cosa. Dentro de tal clima de autoengaño, todo sofisma vale por burdo que se conduzca. Uno de los más recientes, alojado en un anuncio televisivo de agua mineral, esgrimía el lema “la vida es rock’n’roll”. “Cuando tú bailas, tu mundo baila contigo”, proseguía, “impulsas, transformas, contagias; como el agua, haces que tu alrededor fluya; solo necesitas sentirte bien”. Ilustraban este autosuficiente discurso imágenes de una señorita que, como Jesús, caminaba sobre las aguas, y en ellas aporreaba una batería igualmente insumergible mientras sonaba efectivamente un zafio simulacro de rock. Insertos varios de su cotidianidad revelaban que era ella una mujer moderna: madre, profesional cualificada, independiente, enrollada y con poder adquisitivo. De las varias contradicciones que se desprenden de ese mensaje –alcohólico por naturaleza, el rock ha estado tradicionalmente enfrentado al agua–, la más perversa reside en su glorificación de aquello que supuestamente venía a socavar esa música, es decir, la existencia conservadora y estabulada, la mentalidad pigmeo-burguesa. Antaño sinónimo de desenfreno, corrupción y rebelión, en esta aguada lectura el rock es objeto de una interpretación no menos nefasta y equivale a formalidad, puritanismo y mansedumbre. Es el rock’n’roll que le place ver bailar a gobernantes y aspirantes a serlo, aquel que a los gobernados nos recuerda a diario que la vida es cualquier cosa menos rock’n’roll.

Siendo productivo y divirtiéndote moderadamente todo irá de perlas, viene a decirnos el spot en cuestión, parte de una campaña inspirada en la mujer emprendedora, en palabras del director de marketing de la marca anunciada, “una mujer vanguardista, con múltiples facetas y con un ritmo de vida al estilo rock’n’roll”. Otro contrasentido, aparte de que el rock lleva eones estancado en la retaguardia, dado que la mujer ha sido ninguneada y cosificada tradicionalmente por ese género, y sigue siéndolo en muchos aspectos. ¿Y cuál es esa vida al estilo rock’n’roll? ¿Salir con las amigas de fiesta y hacerse un selfie? ¿Ir al gimnasio o de shopping? ¿Sudar tinta para mantener el estatus laboral? No parece que lo tengan claro ni que les importe, aunque todo apunta que se trata de un estilismo estrictamente decorativo, un tatuaje de quita y pon, un adminículo fashion... como esa camiseta que lucía Feliciano López, tenista y asiduo de la prensa rosa, con el mensaje “tenis, amor y rock’n’roll”. Ahora ya lo sabemos, el mundo está hecho de rock’n’roll. Agur, sexo y drogas.

Publicado en la web de Rockdelux el 26/9/2016
Etiquetas: 2010s, 2016, publicidad, sociedad
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