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Identidad y música, Reflexiones en el campus

La cuestión de la conveniencia de nuestros festivales, por número y tipología, se encuentra de plena actualidad.

 

FREESTYLE (2016)

Identidad y música Reflexiones en el campus

¿Predomina en los festivales el interés por la música o el componente social? ¿Existe burbuja festivalera en nuestro país? ¿Por qué se programan tan pocas bandas de mujeres en sus carteles? ¿Qué espacio ocupa la música en la formación de nuestros adolescentes? Son algunas de las cuestiones que durante tres jornadas planearon sobre las sesiones de un Curso de Verano dedicado a la música organizado por la Universidad de La Rioja en 2016. Andrés García de la Riva las resumió aquí.

Tras la reciente suspensión de varias citas musicales este verano, la cuestión de la conveniencia de nuestros festivales, por número y tipología, se encuentra de plena actualidad. Sin ir más lejos, el tema centró una de las mesas redondas de la segunda edición del Curso de Verano de la Universidad de La Rioja “Identidad y Música”, celebrado durante tres jornadas de septiembre (del 7 al 9) en Logroño. Un encuentro impulsado por el sociólogo riojano Sergio Andrés junto con un grupo de amigos, unos locos por la música que comparten el placer de reunirse para charlar sobre el tema sin mayor ambición que la del mero disfrute personal.

Un objetivo desinteresado que, en esencia, comparten también los organizadores del festival Sonorama. Uno de ellos, Javier Ajenjo, participante en el curso riojano, confesó que una cena con los amigos es el mayor premio al que aspiran cada año los impulsores de este certamen que se celebra desde 1996 en Aranda de Duero, uno de los más longevos y consolidados del país tras haber encontrado su propio espacio en una escena cuajada de festivales casi idénticos. La principal fortaleza de Sonorama es también su mayor diferenciación con respecto a otros festivales: el compromiso con su tierra, esto es, la difusión de su vino y su cordero, además de los conciertos. Aseguró Ajenjo que nadie cobra por organizar Sonorama y que su mayor contraprestación es la realización personal. “Somos gente que ama lo que hace y se compromete”, advirtió. Frente a este modelo “ético” de gestión de festival, Ajenjo lamentó que muchos promotores no cuidan a las bandas (“ellas hacen un festival”) y algunos programan a grupos demasiado grandes para su capacidad logística. Vaticinó que la mayor parte de esos festivales no sobrevivirá frente a los que ofrezcan experiencias diferentes y los que trabajen con responsabilidad, hacia los músicos y hacia los promotores.

Y así lo cree también su colega Alfonso Santiago, de Last Tour, empresa organizadora de grandes festivales como Bilbao BBK Live. Santiago reconoció que estos eventos permiten el acceso a la música para un público más amplio, aunque admite que algunos se acercan con la única pretensión de hacer dinero. Para Xavi García, jefe de producción de MUSIC Bus y A&R de MUSIC Bus Record, con los festivales pierde la música, pero gana la gente:  “Cataluña tiene ahora 366 festivales y a algunos solo van siete personas. ¿Son todos necesarios? ¿Aportan algo? Nadie sabe en realidad cuántos festivales existen en este país. Yo creo que suponen una perversión en el modelo de consumo porque ahora un festival es un acto social donde hay muchas cosas y la música es solo una de ellas; quizá solo supone un 20% de lo que significa un festival. Se han convertido en un circo. Ya no se genera comunidad de músicos en los festivales”.

 
Identidad y música, Reflexiones en el campus

Javier Ajenjo, Xavi García, Alfred Crespo, Alfonso Santiago y el periodista José Luis Ouro (presentador del acto): debate abierto.

 

Una opinión con la que no coincide Alfred Crespo, codirector de ‘Ruta 66’ y autor del libro “No hay entradas. Experiencias de un aspirante a promotor” (2016). Recordó que hace décadas los festivales respondían a una necesidad sociológica, mientras que ahora funcionan como punto de encuentro para gente que comparte una misma afición por la música. Y, a pesar de su innegable naturaleza social, resulta indiscutible que cumplen una valiosa función, ya que sin ellos la gente se disgregaría al no existir una escena musical como tal en nuestro país. Y eso sin olvidar que sin festivales muchos grupos internacionales no visitarían España para tocar una sola fecha. Crespo lo tenía claro: “Vivimos una burbuja de festivales, hay demasiados; los ayuntamientos los han estado subvencionando para ver quién la tiene más grande. Lo peor de todo son los festivales clonados, los que no son necesarios”.

Santiago, sin embargo, negó la existencia de esa burbuja, teniendo en cuenta que en países como Bélgica, Holanda y Alemania se celebran muchos más que en España. De la misma opinión se mostró el periodista de ‘El País’ Fernando Navarro, para quien hay decenas de festivales consolidados que funcionan a la perfección, y situó el centro de gravedad en las ciudades pequeñas, lugares que de otra forma jamás pisarían muchos grupos extranjeros.

Xavi García puso el foco en la política cultural: “La música es un sector sin regular; no existen categorías laborales para sus trabajadores. No existe una Ley de Música y por eso somos los tontos de la cultura”. Una opinión de consenso provocada por un déficit en la educación musical en España en relación a otros países y que se traduce en un menor respeto hacia los artistas en directo.

 
Identidad y música, Reflexiones en el campus

Espectadores en la mesa redonda: ¿interés y compromiso en estas jornadas musicales frente a los escépticos conferenciantes?

 

Y precisamente esta cuestión de la educación centró la sesión inaugural de este curso de verano que, tras una primera edición centrada en la industria, la periferia y las tribus urbanas, va camino de convertirse en cita de referencia a nivel estatal como tribuna de reflexión sobre música. Su programación toma el relevo a unas primigenias jornadas tituladas “Del cassette al Spotify. Universitarios, hábitos e identidades musicales”, a las que Rockdelux dedicó un Visto y no visto en el Rockdelux 321 (octubre 2013), donde se presentó una encuesta que revelaba el profundo desconocimiento por parte de los jóvenes de bandas como Wilco y hasta The Beatles, en detrimento de Melendis y triunfitos.

Una panorámica sombría, aunque puesta en cuestión por una de las ponentes de esta edición, la docente Pilar Martínez, que quiso compartir una experiencia desarrollada recientemente junto a sus alumnos de Secundaria: “HipHopéate”, un festival de hip hop con artistas como Chojín puesto en marcha para acercar el arte callejero y la música atendiendo a su factor socioeducativo e integrador. Una representación de esos alumnos asistió a la mesa redonda para dar una lección de interés y compromiso a los escépticos presentes en la sala, ya que fueron precisamente ellos los más activos en el debate del público. Esta musicóloga repasó algunos de los beneficios que reporta el estudio de la música (mejora el rendimiento escolar y las capacidades motoras, refuerza la memoria y la autoestima, propicia la disciplina, desarrolla las aptitudes matemáticas…) y lamentó el papel residual que otorgan a esta materia en la actualidad los planes educativos. Una situación a contracorriente de la mayor parte de países de nuestro entorno europeo, motivada porque “la música fomenta la crítica y el pensamiento libre. Y nuestros gobernantes prefieren ciudadanos que no piensen. El arte, la filosofía y la ética están limitados porque se ven como un ataque a los valores predominantes y no como un complemento”.

Otro docente presente en la misma mesa, Eduardo Angulo, también se mostró convencido de las ventajas de atraer a los jóvenes a través de su zona de confort para llevarlos después a espacios de mayor ambición. “Hay que abrir vías a partir de lo que ya conocen, no hay que adoctrinar”, advirtió, satisfecho de inculcar en clase a sus alumnos música contemporánea desconocida para ellos. Estos ejemplos evidencian que, en este ámbito, los centros educativos van por delante de las instituciones y, aún más, los docentes toman la iniciativa con respecto a sus centros.

El género en el ámbito musical centró otra de las sesiones del curso donde se puso de manifiesto que la situación de desigualdad que sufren las mujeres es un reflejo del resto de ámbitos de la sociedad. Teniendo en cuenta que entre el público que acude a festivales las mujeres se acercan al 50%, resulta llamativa la escasa presencia femenina entre las bandas programadas, así como en gremios como el de la crítica musical o el de técnicos de sonido. Una situación que puede estar motivada por la escasez de referentes. Y frente a una solución como puedan ser las cuotas, hay quienes las perciben como expresión de machismo y quienes consideran que aún resultan necesarias. Otra solución, más aplaudida y también más contundente, pasa por “ponerse las pilas, ser valientes, plantar cara y repartir hostias como única forma posible de evolución. Después el talento las pondrá en su sitio”. Y aunque el machismo resulta más evidente en géneros como el pop y el rock, por existir una visión más esquematizada de las cosas, hay otros estilos, como el flamenco, el fado, el pop mainstream, el jazz vocal o la música clásica, donde, afortunadamente, existen numerosos casos de empoderamiento femenino.

Publicado en la web de Rockdelux el 29/9/2016
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