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ITZIAR GONZÁLEZ, Dignidad y libertad

“Estamos pasando de la fase estática del estado del bien-estar a una fase dinámica, a un estado del bien-luchar, y esto nos devuelve a la idea de que la dignidad consiste en si puedes moverte o no”. Foto: Óscar García

 
 

MANIFESTO! (2014)

ITZIAR GONZÁLEZ Dignidad y libertad

Itziar González salió aparentemente noqueada de su combate en el ring de la política municipal de Barcelona, pero su decisión de dimitir para no convertirse en cómplice de corrupción la hizo más fuerte: concentra sus energías en impulsar un lobby ciudadano, el Parlament Ciutadà, y en dibujar el mapa de las luchas sociales a través del Institut Cartogràfic de la Revolta. Gemma Tramullas escuchó a esta arquitecta de la rebelión popular.

Su madre, Rosa Virós (la primer mujer que ocupó un rectorado en la universidad catalana), contaba que nunca dejó de soñar con los bombardeos de Barcelona. ¿A usted qué le quita el sueño? No haber atendido a alguien que me necesitaba. A veces me desvelo cuando me viene a la cabeza una persona que aprecio y a la que he dejado de lado en mi día a día. Esto me genera un vacío interior, como un vértigo.

¿Por qué es tan importante para usted atender a los demás? En el fondo, es un gesto de correspondencia. Cuando me instalé a vivir en el distrito de Ciutat Vella de Barcelona tenía 19 años. Me fui de casa de mis padres en un momento de mucha confusión vital y emocional y mi compañera de piso y mis vecinos me acogieron muy amorosamente. Lo único que hago es devolver un sentimiento de amor y respeto. Me implico y me importan las cosas de la gente porque han sido para mí como una gran familia.

“Cuando estando en el gobierno de la ciudad no podía moverme, no podía ser disidente, no se respetaba la autonomía de mi percepción de las cosas y se me obligaba a obedecer, me sentía maltratada e indignada. Mi dimisión no fue una renuncia a la política; al contrario, fue un decir: ‘Aquí me planto, soy una disidente de este sistema y esta es mi aportación a la construcción conjunta de una mejor calidad democrática’”

Eso explicaría su estilo político y cómo se volcó en Ciutat Vella cuando fue nombrada concejala del ayuntamiento, en 2007. Es lógico, porque el sentimiento de reconocimiento del otro es la base de la política. Yo necesito que exista el otro para que mi vida tenga sentido, no sé pensar ni me interesa ser sin el otro. Siempre digo que la experiencia común de los seres humanos es que todos hemos sido okupas, porque llegamos al seno de nuestra madre, a un cuerpo que desplaza sus entrañas para acogernos. Nadie existiría sin este acto generoso, consciente o inconsciente. Esta sensibilidad especial hacia la “entrañabilidad”, hacia ese algo o alguien que te acoge, está presente en mi discurso político y en el de urbanista que se dedica a rehabilitar hogares y a promover una ciudad acogedora e inclusiva.

Tras un año en el cargo empezó a recibir amenazas de muerte, allanaron su casa y salía a la calle con escolta. Descubrió la implicación de funcionarios en el otorgamiento irregular de licencias de apartamentos turísticos y se opuso a la edificación del hotel del Palau de la Música. Sin embargo, el partido que la nombró (el PSC) no la apoyó y en 2010 decidió dimitir. Usted, que empezó su carrera como mediadora en conflictos en el espacio público, ¿qué aprendió de aquel conflicto? Me hizo crecer. Profesionalmente se me reconoce cierta habilidad para crear espacios de consenso y, mira tú por dónde, lo que realmente me ha hecho crecer ha sido una situación irresoluble. Por primera vez tuve que elegir, no pude resolver el conflicto: era o ellos o yo. Pero descubrí claramente quién era yo, cuál era mi eje moral, y eso me ha dado un anclaje brutal a la vida. Me han hecho un gran favor, ya no me da miedo confundirme. Se habla mucho de dónde está el límite de la dignidad de una persona, dónde tenemos que plantarnos, y para mí el límite de la dignidad está en la posibilidad o no de moverte libremente.

¿Podría ser un poco más concreta? Cuando estando en el gobierno de la ciudad no podía moverme, no podía ser disidente, no se respetaba la autonomía de mi percepción de las cosas y se me obligaba a obedecer, me sentía maltratada e indignada. Mi dimisión no fue una renuncia a la política; al contrario, fue un decir: “Aquí me planto, soy una disidente de este sistema y esta es mi aportación a la construcción conjunta de una mejor calidad democrática”. Estoy entusiasmada con el deseo mayoritario de cambiar el sistema. Estamos pasando de la fase estática del estado del bien-estar a una fase dinámica, a un estado del bien-luchar, y esto nos devuelve a la idea de que la dignidad consiste en si puedes moverte o no.

 
ITZIAR GONZÁLEZ, Dignidad y libertad

“Digámoslo ya claro, el capitalismo no permite la democracia. El sistema capitalista no permite la igualdad y la base de la democracia es la igualdad entre las personas”. Foto: Óscar García

 

En este estado del bien-luchar surgen múltiples iniciativas a modo de contrapoder: el Parlament Ciutadà que usted impulsa, el Procés Constituent de Teresa Forcades y Arcadi Oliveres, el Partido X de una parte del 15-M... ¿no deberían aunar esfuerzos en lugar de dispersarse? Al contrario, es una bellísima y buenísima prueba de que estamos en un campo de fuerzas. Nadie puede atribuirse ser el motor primigenio que mueve la sociedad, sino que los núcleos humanos con afinidades se mueven autónoma y libremente marcando vectores, y el sumatorio de estos vectores es lo que crea una trayectoria común inconsciente.

El Parlament Ciutadà debería englobar cuantas más sensibilidades mejor, ¿no? Sí, partiendo de la base de que cualquier movilización ciudadana a favor de la vida y de las personas es confluyente. El Parlament Ciutadà tiene una base de comisiones sectoriales de los movimientos en lucha. Si tú estás defendiendo el derecho a la salud, es absolutamente compatible con la gente que está defendiendo el derecho a la vivienda. No hay salud sin hogar. ¿A quién no incluye? A los que están por la privatización y la mercantilización de la vida. En el fondo, estamos creando las comisiones parlamentarias, que no serían necesarias si el Gobierno escuchara a los ciudadanos. Porque, digámoslo ya claro, el capitalismo no permite la democracia. El sistema capitalista no permite la igualdad y la base de la democracia es la igualdad entre las personas.

“El gran reto que nos presenta el colapso del capitalismo es si seremos capaces de crear un nuevo código de valores cuyo objetivo principal sea cuidar de la vida, un código de valores que, por primera vez en la historia de la civilización, no vendrá dado desde arriba, sino que estará hecho colaborativa y libremente desde abajo. Esta es la gran rebelión”

La democracia participativa puede ser profundamente conservadora. En Suiza los ciudadanos votaron recientemente en referendo restricciones a la inmigración de ciudadanos europeos. Precisamente porque no tienen un Parlament Ciutadà donde debatir sobre el bien común. La base del Parlament Ciutadà son los derechos humanos, sociales, económicos y todos los derechos; por lo tanto, la dignidad, y una decisión como esa sería absolutamente imposible. El gran reto que nos presenta el colapso del capitalismo es si seremos capaces de crear un nuevo código de valores cuyo objetivo principal sea cuidar de la vida, un código de valores que, por primera vez en la historia de la civilización, no vendrá dado desde arriba, sino que estará hecho colaborativa y libremente desde abajo. Esta es la gran rebelión. El precio que tenemos que pagar para llegar aquí es el hundimiento de un sistema que se llevará a mucha gente por delante, pero, si perseveramos, seguramente las próximas generaciones tendrán un futuro muy dignificante.

Propone un encadenamiento de huelgas para colapsar el sistema. Si no lo hace una mayoría, ¿de qué servirá? La cantidad es un concepto heredado del capitalismo, ¡no es la cantidad, es la calidad! De todos los desahucios que hay en España, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca ha parado unos pocos, ¡pero qué calidad, qué acción más clara, significativa y contundente! La vida es lucha. Nos han inculcado que luchar es malo, nos multan y nos espían por luchar, cuando siempre había sido algo valioso. Cuando un niño nace y llora y busca el pecho de su madre está luchando por vivir y aferrarse a la vida. Dígame un solo día de la vida de alguien que no esté luchando: consigo mismo o con el entorno.

¿El eslogan de esta rebelión sería: “Depende de ti”? No. “Depende de nosotros”. Nos-otros, es decir, hacer de los otros un nos, un lugar común.

Mucha gente se pregunta de qué viven los que luchan para cambiar el sistema. Personalmente, estoy en la supervivencia absoluta. Yo dimití, no tuve paro y ¿quién quiere trabajar con una exregidora dimisionaria que ha descubierto corrupciones? El gobierno de Xavier Trias (CiU) me ofreció trabajar con ellos, pero no comparto su modelo de ciudad. He sobrevivido de mis ahorros, de dar clases y charlas, de algunas intervenciones en medios de comunicación y pequeños encargos de arquitectura y urbanismo. También asesoro a vecinos de Barcelona, pero ese trabajo no lo quiero cobrar; siento que ya me lo pagaron cuando fui concejala.

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