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Jamboree, 365 días al año, dos pases al día

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2015)

Jamboree 365 días al año, dos pases al día

El Jamboree de Barcelona, el club de jazz más veterano del país y uno de los de más solera de Europa, celebró durante 2015 un aniversario muy especial: 55 años (abrió en 1960). Aunque la cifra es un poco engañosa –estuvo cerrado durante casi veinticinco años–, el hito sigue siendo extraordinario. Música en directo cada día del año. Un Roger Roca rendido hizo recuento de emociones y sensaciones.

Gorka Benítez tocando el saxo con una camiseta de AC/DC como si se le escapara el alma. Hace más de quince años, pero me acuerdo porque fui dos noches seguidas. Una para hacer fotos, otra para escuchar. Las sillas apartadas, gente bailando en un concierto de The Bloomdaddies. No haber ido nunca a escuchar a Tete Montoliu, mierda. Contemplar a mi hermano tocar al lado de los músicos a los que íbamos juntos a ver de pequeños. Saber que nunca más escucharás cantar a Gregory Porter tan de cerca. La cara de felicidad del clarinetista Perry Robinson la noche que volvió al local que, más de cincuenta años atrás, él mismo había inaugurado. “Lo recordaba más grande. Pero reconozco el sonido, ¡qué sonido!”, dijo. Horacio Fumero, “Isoca”, que llegó a la ciudad con Gato Barbieri y ya no se fue, tumbando un estándar. Reunir valor y atreverte a llamar al camerino y preguntar algo a alguno de esos músicos de ojos cansados que no están para hostias. David Xirgu o la poesía escrita con dos baquetas. El arrojo de Christian Scott, tan joven, tan insolente. El guitarrista John Pizzarelli en impecables mangas de camisa y tirantes hablando entre cajas de cerveza sobre “Watertown”, mi disco favorito de Frank Sinatra. Los jóvenes músicos norteamericanos que venían recomendados por Jordi Rossy: Kurt Rosenwinkel, Joshua Redman, Ethan Iverson, Brad Mehldau. La tristeza infinita de la música de Slow, el grupo de David Mengual y Agustí Fernández, el día de su primer y casi último concierto. La alegría infinita de Elvin Jones, tan frágil antes de subir al escenario, tan gigantesco luego tras los tambores. Una nota del saxo tenor Bill McHenry que congeló el tiempo. Una sola nota. The Bad Plus. El crítico Alfredo Papo, tan mayor, sentado entre el público. Ver crecer a los músicos de tu generación. Las WTF jam sessions de los lunes abarrotadas, Aurelio Santos como maestro de ceremonias. El silencio al final de un concierto de Ken Vandermark.

Oficialmente el Jamboree cumple 55 años. En realidad, son muchos menos. Abrió en 1960 y cerró en 1968. En esos años, el sótano de la Plaça Reial fue punto de encuentro de la gauche divine, puerto de los marines de la Sexta Flota y puerta abierta al mundo: Ornette Coleman, Dexter Gordon, Tete Montoliu, Lee Konitz, Chet Baker y Lou Bennett –que aún hoy se ríe desde el logotipo que corona la entrada–. Volvió a abrir en 1992 –los hermanos Joan y Anna Mas se hicieron cargo de la sala en mayo de 1993– y, desde entonces, lo ha sido casi todo para el jazz de la ciudad. Escenario y escuela para los músicos locales, que han podido aprender de primera mano de sus ídolos. Parada obligada para los artistas en gira, refugio de quienes creen que la música en directo no es solo una cosa que ocurre durante tres días en los festivales, laboratorio de nuevas ideas, ejemplo de criterio en la programación. Y, ante todo, ha sido un milagro. Más de veintitrés años de actividad ininterrumpida. Conciertos 365 días al año. Dos pases cada noche. ¿Cuántos recuerdos imborrables son eso? ¿Cuántas cosas asombrosas? ¿Cuántos momentos extraordinarios? Felicidades. Y gracias.

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