Ya veremos si mañana Blake resulta que es más Antony que Arthur Russell o más soul escandinavo que Shuggie Otis, si sirve para ligar en coctelerías como Sade o se retuerce como el Scott Walker otoñal, si es el Bublé 2.0, se tira al dubstep puro o hace su “Solid Air” (John Martyn, 1973), o si al final resulta que aquí arranca algo gordo como el “Blue Lines” (Massive Attack, 1991) y que ese algo está ahora en manos de un talento de la estética, pero del tipo Macintosh. Blake nos habrá arqueado un día las cejas y que nos quiten lo imbailable.
Su aspecto es más de resultado (depurado, refinado, minimal y, sin embargo, perfectamente acabado, en principio de deconstrucción ya...) que de inicio de algo que vaya a dar frutos mucho mejores que este. Crea la ilusión de que este lenguaje está en su punto. Por tanto, mejor no vayamos más allá no sea que se ensucie, pero pongámonos exigentes: aquí hay un filón para que algún mainstream blanco fructifique en algo distinto de una vez por todas.
Me juego algo a que este disco le hubiese gustado hacerlo a Thom Yorke en alguno de sus movimientos centrípetos, cuando se pone un poco escandinavo. Aquí lo tienes: en concreto, materializado y dando cancha. Tensando géneros. Y esto es lo que más me alerta. En días pares, lo veo casi gospel; en impares, una obra nodriza que podría infectar a cualquiera. El chico debe tener la edad de Messi y, solo con lo que enseña en su primer año, servidor ya le encargaría algún jazz y la nueva banda sonora de Disney; para todos los públicos y rapidito: a ver qué hace. 