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JAMES BLAKE, Jazz Blake

Ilustración: Paco Alcázar

 

VISTO Y NO VISTO (2011)

JAMES BLAKE Jazz Blake

James Blake como revulsivo de los últimos tiempos. ¿El nuevo soul que está por llegar? ¿Folk travestido de dubstep? ¿Jazz blanco deconstruido? No, música actual con los pies en el pasado y la antena sintonizada hacia el futuro; es decir: sonidos de presente continuo, actuales, buenos. Abel González escribió esta columna de opinión sobre el impacto que le causó el esperanzador debut de Blake y las expectativas que generó para su futuro artístico y el de la música en general.

Más allá del contenido de la dialéctica, el disco homónimo de debut de James Blake genera dialéctica. Esto no pasa tan a menudo. Retórica generan varios discos cada año, pero este es uno de aquellos de los que te apetece hablar urgentemente con quienquiera que suelas hablar de música y conocer qué opinión tienen de él tus prescriptores habituales. Es revolucionario desde la primera escucha. Sorprende, afila verbos. Te expulsa rápido la mosca de detrás de la oreja. Marca una diferencia a unos prolegómenos –el 12” “CMYK” (2010), etcétera– que entreabrían la puerta a una estancia vacía, contigua a la de “Untrue” (Burial, 2007), pero con luz. De quirófano pero luz. Con sus maxis se hablaba del efecto fertilizante del dubstep. En el álbum, el dubstep no le sirve a Blake ya ni de llavero.

Con el debut de James Blake se llega a una de las metas a las que Kraftwerk dieron el pistoletazo. Un chaval y una máquina (al alcance de cualquiera) pueden confundirse para crear nuevas emociones de digestión... humana. Se puede sonar tan cerca de Chet Baker utilizando el Auto-Tune como si fuese la sordina de una trompeta. Entrará mejor o peor, pero este debería ser el colutorio efecto frescor escarcha que el jazz vocal necesita para dar un paso al futuro que solo parece capaz de dar a nivel comercial a base de entertainers jóvenes, fotogénicos, habilidosos e intrascendentales. Blake también es joven y fotogénico y, además, tiene una gran idea que se ha sacado de la manga. Su música no es lo de siempre en voluptuoso y relavado; es otra cosa. Aquí tienen algo minimalista, revelador y que afecta al método. Y no tiene por qué vender mal. Si se come cero roscos a nivel mainstream, alguien no habrá hecho bien su trabajo.

 
JAMES BLAKE, Jazz Blake

Blake, durante el Primavera Sound 2011: el escenario Pitchfork se vio colapsado por su concierto. Foto: Paco y Manolo

 

Ya veremos si mañana Blake resulta que es más Antony que Arthur Russell o más soul escandinavo que Shuggie Otis, si sirve para ligar en coctelerías como Sade o se retuerce como el Scott Walker otoñal, si es el Bublé 2.0, se tira al dubstep puro o hace su “Solid Air” (John Martyn, 1973), o si al final resulta que aquí arranca algo gordo como el “Blue Lines” (Massive Attack, 1991) y que ese algo está ahora en manos de un talento de la estética, pero del tipo Macintosh. Blake nos habrá arqueado un día las cejas y que nos quiten lo imbailable.

Su aspecto es más de resultado (depurado, refinado, minimal y, sin embargo, perfectamente acabado, en principio de deconstrucción ya...) que de inicio de algo que vaya a dar frutos mucho mejores que este. Crea la ilusión de que este lenguaje está en su punto. Por tanto, mejor no vayamos más allá no sea que se ensucie, pero pongámonos exigentes: aquí hay un filón para que algún mainstream blanco fructifique en algo distinto de una vez por todas.

Me juego algo a que este disco le hubiese gustado hacerlo a Thom Yorke en alguno de sus movimientos centrípetos, cuando se pone un poco escandinavo. Aquí lo tienes: en concreto, materializado y dando cancha. Tensando géneros. Y esto es lo que más me alerta. En días pares, lo veo casi gospel; en impares, una obra nodriza que podría infectar a cualquiera. El chico debe tener la edad de Messi y, solo con lo que enseña en su primer año, servidor ya le encargaría algún jazz y la nueva banda sonora de Disney; para todos los públicos y rapidito: a ver qué hace.

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