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JASON MOLINA, Ya no será

“Tendré que dejar las luces encendidas para que puedas orientarte al emprender tu camino”. Foto: Steve Gullick

 
 

FREESTYLE (2013)

JASON MOLINA Ya no será

Este es el epitafio que Jason Molina (1973-2013) jamás habría esperado. Jesús Llorente pidiendo perdón, o no, por pecados propios y ajenos. Aquí nos explicó su relación con el que fuera uno de los artistas clave del folk-rock alternativo de las dos últimas décadas, fallecido el 16 de marzo de 2013 debido a su adicción al alcohol. Llorente se sinceró con nosotros y nos confesó algunas interioridades que –en serio, Jesús– no necesitábamos saber en absoluto. Hagan el favor de leer esto. Quizá les emocione tanta increíble verdad. Más información sobre Jason Molina, aquí.

En la página oficial de Jason Molina, la sección de “Conciertos” termina en 2010, con el anuncio de la cancelación de todas sus fechas invernales junto a Will Johnson, con quien había publicado un álbum de country sombrío y depresivo justo un año antes. La última actuación pública y conocida fue en Londres, el 26 de marzo, acompañando a Chris Brokaw. Chris, hablando en exclusiva para Rockdelux, recuerda que “vivía casi de incógnito. No se comunicaba prácticamente con nadie. Yo andaba de gira con Geoff Farina, y su padre murió en mitad de aquel tour por el Reino Unido. Y como Jason estaba por entonces en Londres, le mandé un correo preguntándole si le apetecía reemplazar a Geoff. Me respondió entusiasmado, diciendo que quería tocar conmigo. Estaba muy nervioso, pero sobrio, y con mejor aspecto que la última vez en que coincidimos. No mencionó nada sobre su problema, algo que yo conocía muy bien por experiencia propia. Y ya no le vi más. Hablamos por ‘e-mail’ el año pasado, justo cuando salió de rehabilitación. Teníamos muchos planes para el futuro”.

En la misma web encontramos el archivo de giras pasadas. Si nos fijamos en el año 1998, justo cuando empieza a documentar su actividad en directo, damos con “SONGS: OHIA fall european tour 1998 - 9/26 - Barcelona, Spain - BAM Festival”. No se trataba de su primera salida fuera de los Estados Unidos, pero casi (antes viajó a Ámsterdam para participar en un festival y realizar una sesión en el benemérito programa de radio ‘De avonden’, de la VPRO). Sí fue su primera visita a España, donde tenía ciertas raíces –su apellido le delataba– de las que no le apasionaba hablar, y sobre las que le preguntaban constantemente.

Yo hice de mediador –me gusta más que la palabra “intermediario”– entre el BAM y él, compré los billetes de avión y ejercí de anfitrión y mánager de andar por casa. Lo primero que me sorprendió al ir a buscarlo al aeropuerto fue que era más bajito que yo. Y su uniceja. Me había acostumbrado a tratar, por pura coincidencia, con artistas más altos (Will Oldham, Bill Callahan, Matt Elliott, Mark Kozelek), con la espalda y los hombros rectos, de sobrado ego (no lo critico); personas que impresionaban ya con su sola presencia, antes siquiera de abrir la boca. Gente de altura. A Jason no le hacía falta. Hablaba por los codos. Hablaba mientras masticaba. Hablaba en sueños. Hablaba y se escuchaba a sí mismo, porque lo que decía admitía poca réplica. Era muy listo. Tenía rostro de moneda antigua.

Es mío, pues, el honor de haber hecho debutar a Jason Molina en nuestro país. Hubo muchas reticencias entre la crítica y el público. Para muchos, Songs: Ohia era un sucedáneo de Palace (o The Palace Brothers) y Jason Molina, tan solo un alumno más o menos aventajado de Will Oldham. ¡Hasta lo imita al cantar, decían! ¡Esos gallos, decían! El único fallo que tienen los artistas verdaderamente buenos es que suelen dar origen a muchísimos malos o mediocres. Y es verdad. Pero no era el caso. A Will te lo imaginabas, ya entonces, con una pobladísima barba y cantando sobre la verdad de la vida, su inherente e intrínseca verdad que no hay más remedio que aceptar. Jason tenía un nervio, una tensión con un lado oscuro y venenoso. Tarde o temprano esa urgencia pasaría factura. Deudor, sí, de las mismas influencias de Palace (de hecho, su primer single se lo publicó Will en su propio sello), pero también de Neil Young; y poseedor de un talento único.

 
JASON MOLINA, Ya no será

“Escuchar tus canciones me afecta hasta un punto que no creía posible. Y escribir esto no ayuda en nada, pero tenía que hacerlo”.

 

Cuando abría la boca para cantar, se me saltaban las lágrimas, también de alegría. Una hemorragia interna. Suya más que nuestra. Cuando pronunciaba esas frases que parecía haber estado masticando durante horas (aunque estuviese hablando de otras cosas en el mundo real) y daba un guitarrazo, te daba la impresión de que había algo en aquellas canciones que iban a hacerle más pobre a él, y que a ti te iban a dejar más rico. De algún modo, era como si se estuviese minando. Sobre un escenario, Molina era de una expresividad absoluta. Su forma de interpretar, como quien no quiere la cosa, pero la quiere toda y por completo. Cuenta David Tattersall, de The Wave Pictures, que “no cantaba nada que no pareciera ser de extrema importancia, al menos para el cantante. En otro, todo eso hubiera sonado terriblemente melodramático, pero el efecto era estar ante una verdad total: ese era el único modo en que podía expresarse”.

Pero volvamos al BAM. Compartí habitación con él en un hotel de Barcelona. En algún momento –y esto lo supe años después– se puso a ojear entre mis papeles buscando los horarios de la prueba de sonido y de la actuación, y encontró la factura que yo le hacía al BAM por la contratación de varios grupos de aquella edición. Jason pensó que la totalidad era lo que yo cobraba por “su” actuación. No consideró ni por un momento que en aquella suma se incluyesen vuelos desde Estados Unidos hasta Madrid, de Madrid a Barcelona (con su desorbitado precio debido a un error informático en aquella época en la que no había internet en los móviles ni compañías low cost), su caché, el de los demás artistas y, claro, mi porcentaje.

No dijo nada. De hecho, nos lo pasamos muy bien. Bebimos. Reímos. Nos dimos abrazos de amigos de toda la vida. Él seguía hablando sin parar. Nos despedimos, porque su avión de regreso salía algo así como a las cuatro de la mañana. Roncó mucho aquella noche. Fue el último sonido que me dedicó, sin saberlo. Cuando desperté me encontré una nota. Un papel doblado donde había escrito “I am not happy”. Yo pensé que quería decir que no era feliz (my english sucks). Que no era una persona feliz, a pesar de tanta risa y tanta chufla. En realidad, me estaba diciendo que no estaba contento “conmigo”.

Luego no me habló durante una década. 

También en 1998, tan solo unos meses antes del BAM, publicamos un EP de Songs: Ohia en Acuarela titulado “Our Golden Ratio” que contiene una de sus mejores composiciones de todas sus épocas, formatos y estilos.

Se llama “There Will Be Distance”. En ella hay un largo recitado de Darcie Schoenman, su esposa. Hay un organillo como de entierro pobre. En un momento dado parece una plegaria. Hay un punto de inflexión. Y luego su agónica voz. Y un grito final. Es una canción devastadora. Y premonitoria.  Porque sí, hubo distancia. Los dos la marcamos. Y luego vergüenza. Y silencio. El silencio de los tozudos. Sus sospechas se fueron acrecentando con el tiempo –y al conocer a otros músicos que se habían atragantado en su relación conmigo– para luego mitigarse –al conocer a otros músicos que se habían sentido queridos y respetados en su relación conmigo– poco a poco, sin desaparecer del todo. Le habían llegado historias. Algunas buenas, otras regulares, y algunas malas.

 
JASON MOLINA, Ya no será

“Falsas promesas de abandonar la bebida de una vez por todas. La crónica de algo que era, y ninguno lo sabía, algo crónico. Dejó de comunicarse de nuevo. Pero no solo conmigo, con todos”.

 

El 29 de mayo de 2009 volvió a España. Al Primavera Sound. Con The Magnolia Electric Co. Yo me resistía a dar el primer paso. Un amigo y un par de copas me convencieron de que era el momento de zanjar la cuestión. Le abordé un poco atropelladamente. Aprovechando nuestra mutua amistad con The Wave Pictures, quienes para mi tranquilidad le habían hablado también de mi lado bueno. Parecía cansado y aturdido, pensé que había tomado alguna droga y que intentaba que no se le notase. Me confesó que en 1998 él era muy naíf, que desconfiaba de todos, que andaba siempre a la defensiva y no le quedó más remedio que ponerse en lo peor con lo de aquel pago. Que no quería pedirme explicaciones porque le daba vergüenza no tener razón. Que deseaba, en el fondo, no tenerla, pero que no se atrevía a preguntar, por si acaso.

Orgullo y pereza. Dejadez y mucha distancia. Y sí, a mí también me deben, pero esa es otra cuestión. Hasta el capitán canalla (“Captain Badass”) puede cambiar. El caso es que empezamos a hablar para ver si quería venir al festival Tanned Tin, que conocía también por The Wave Pictures. O quizá hacer una gira acústica. Colaborar de nuevo. ¿Reeditar “Our Golden Ratio” en vinilo? ¿Un tour con Jeffrey Lewis? ¿Un split 7” junto a Chris Brokaw? Lo que fuese, para resarcirnos mutuamente. Para confraternizar. Estaba animado. Me estaba perdonando. Y yo, en cierto modo, también a él.

En otoño de aquel mismo año volvió por nuestros escenarios. Parecía distinto. Distante. Seguimos comunicándonos por e-mail. Las fechas propuestas siempre le iban mal. Me daba largas, educadamente. ¿Le habrían vuelto a entrar dudas sobre mí? Era lo normal, por otra parte. Cuestiones de agenda, el miedo a volar y, por supuesto, como luego supe por amigos comunes, problemas de salud. El alcohol le estaba creando complicaciones, y no solo en su personalidad. Se trataba de órganos internos y de cómo se iban trasladando el problema de unos a otros, compartiéndolo con macabra alegría. Células muriendo. Enzimas del revés. Analítica, pavor al cáncer. Pruebas. Resacas. Recaídas. Falsas promesas de abandonar la bebida de una vez por todas. La crónica de algo que era, y ninguno lo sabía, algo crónico. Dejó de comunicarse de nuevo. Pero no solo conmigo, con todos.

El resto es conocido. Jason estaba mejor, en un rancho, criando animales, plantando hortalizas. Estaba mejor hasta que estuvo peor. Y luego el desenlace final. Personas de valía le dedican palabras sabias. Se anuncian homenajes post-mórtem. Discos, recopilatorios, y lo mejor de todo: hay gente que está descubriendo su música. Es lo único bueno de la muerte, y no tiene nada que ver con el morbo ni la mitificación. Su fallecimiento, a los 39 años, llama la atención. Y ahora un link lleva a otro link y a diversas epifanías en alcobas, auriculares, locales de ensayo. Nunca es tarde aunque la dicha no sea buena en absoluto.

Jason (no diré eso de “allá donde estés”, porque no estás en ningún sitio y lo estás en todos, pero es terapéutico escribir tu nombre, pronunciarlo), ya no podremos darnos la mano y perdonarnos del todo y de verdad. Yo tengo un año más que tú ahora. Y soy alcohólico. Y lo estoy dejando. Y aunque lo deje, lo seré siempre. Y tengo miedo. Escuchar tus canciones me afecta hasta un punto que no creía posible. Y escribir esto no ayuda en nada, pero tenía que hacerlo.

Como decías en tu mejor canción, “tendré que dejar las luces encendidas para que puedas orientarte al emprender tu camino”. 

Tu amigo que no te olvida,

Jesús Llorente.

Publicado en la web de Rockdelux el 8/5/2013
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