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JOHN HUSTON, El pesimista socarrón

Fue polémico y bravucón, creador polifacético e irreverente, un hombre de otra época que, sin duda, encajaría en esta.

 

FREESTYLE (2012)

JOHN HUSTON El pesimista socarrón

En el cine actual, desintegrado entre la charanga de multisalas, la heterodoxia indie y la ósmosis con lo digital, resulta improbable la aparición de alguien como John Huston (1906-1987). Sin embargo, es fácil suponer que este clásico que nunca pretendió serlo hubiese encajado sin problemas en el nuevo milenio. Así lo testimonian sus últimas obras. Ignacio Julià, cuando se cumplieron veinticinco años de la muerte de Huston, reivindicó tres de sus más notables trabajos: “Fat City, ciudad dorada” (1972), “Sangre sabia” (1979) y “Bajo el volcán” (1984).

Sobran los rasgos biográficos cuando topamos con John Huston (1906-1987); son ya parte del acervo cinematográfico, leyenda más que verdad. El guionista, actor y director estadounidense prefería la vida al arte y no respondía a los análisis externos de su obra. Fue polémico y bravucón, creador polifacético e irreverente, un hombre de otra época que, sin duda, encajaría en esta. Hijo del actor entre actores Walter Huston y de una aguerrida reportera, boxeador juvenil y apasionado cazador, sería atraído a Hollywood como guionista. Su talento pronto lo llevaría a dirigir clásicos como “El halcón maltés” (1941) y “El tesoro de Sierra Madre” (1948), donde entablaría una duradera amistad con Humphrey Bogart. Bebedor conflictivo y tenaz fumador, casado cinco veces pero responsable patriarca, su perfil cae entre el sinvergüenza y el genio.

Preferible quedarse, pues, con ese recalcitrante fervor por la vida, aunque este lo llevase a abandonar el rodaje de “La reina de África” (1951) para salir a abatir elefantes. Tan invencible vitalidad, fruto de entregarse a la acción instintiva como antídoto del incierto destino, produjo al final de su vida –ya enfermo de un enfisema pulmonar– algunas obras tan incomprendidas en su momento como valiosas hoy. Tres de las más notables merecen rescatarse en DVD: la hierática inmersión en los arrabales del boxeo “Fat City, ciudad dorada” (1972), la pintoresca adaptación de Flannery O’Connor “Sangre sabia” (1979) y su nihilista destilación de “Bajo el volcán” (1984), la densa novela de Malcolm Lowry.

 
  • “Fat City, ciudad dorada”.

  • “Sangre sabia”.

  • “Bajo el volcán”.

Al final de su vida, dirigió algunas obras tan incomprendidas en su momento como valiosas hoy. Estas son tres de las más notables.

 

Siempre irregular, en el período que va de “La noche de la iguana” (1964) a “El hombre que pudo reinar” (1975), ambas memorables, abundaron los fracasos en taquilla. Lo fue la sobrecogedora “Fat City, ciudad dorada”, tan conectada con sus antiguas incursiones en el cine negro –sórdidos ecos de “La jungla de asfalto” (1950)– como transmisora de un escepticismo existencial que ya había aflorado en la amarga “Vidas rebeldes” (1961). Historia de perdedores atrapados en una decaída ciudad portuaria, la filmación de la novela de Leonard Gardner estremece por su lento pulso existencial e inmisericorde contemplación de vidas extraviadas. La sustentan extraordinarias interpretaciones de Stacy Keach, el boxeador retirado Tully, y Susan Tyrrell, la pendenciera y llorosa Oma, borracha que se arrastra por bares y hoteluchos. Los sueños rotos de ambos orbitan alrededor de un joven púgil, Jeff Bridges, que acaricia ingenuas esperanzas pero acabará preñando a su novia y sucumbiendo a la realidad. Así es la vida para quienes han sido señalados por el infortunio o simplemente no han tenido las oportunidades de otros, sugiere Huston emplazando su cámara en mugrientos gimnasios, habitaciones desconchadas y chungos abrevaderos. “Fat City, ciudad dorada” no ha perdido un ápice de mordiente.

“Sangre sabia” la supera en tremendismo. Pese a lo abyecto de un protagonista que decide hacerse predicador por enajenada malicia, sobresale la irónica visión de Huston. Es divertida y terrible a la vez, dice sobre la novela en su autobiografía. Página a página, no sabes si reírte o quedar horrorizado. Hazel Motes, un fiero Brad Dourif, nos sumerge en el mundo literario de O’Connor, esa América gótica y paleta del sur rural, terreno abonado para truhanes disfrazados de evangelistas. Traumatizado por un padre predicador, este joven inculto que no cree en nada medrará imparable entre desechos sociales, predicando la inutilidad de toda moral en un mundo que niega a cada paso la quimera de la salvación. Visceral denuncia de la religión, “Sangre sabia” nos recuerda que quienes la mediatizan nunca están libres de pecado. Una cámara inclemente acosa al arrebatado apóstata, arrastrándonos por miserias e hipocresías sin juzgar lo entrevisto, en una moderna dramaturgia que predecía el cine de los Coen. Ninguna película de Huston se parece demasiado a las otras, tampoco esta, prueba de una vocación literaria que le hacía primar la historia contada por encima de alardes estilísticos o coherencia autoral.

 
JOHN HUSTON, El pesimista socarrón

El fin le sobrevino antes del estreno de “Dublineses”, el testamento de un artista todavía irreductible pese a los achaques.

 

Otro ser desahuciado desborda la obra cumbre de Lowry, el alcoholizado cónsul británico atrapado en una ciudad mexicana en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. La abigarrada prosa de “Bajo el volcán” se vertía cual hirviente aceite en las entrañas de su desencajado protagonista, haciendo de la novela algo difícilmente transferible a la pantalla, pese al interés mostrado por Buñuel o Losey. Huston, que ya había resumido al incontinente Melville en “Moby Dick” (1956), asumió que la única forma de acceder a tan convulsa subjetividad era limitándose a plasmar las últimas horas de este dipsómano, un macilento Albert Finney cuya derrota parece claudicación ante la vida, pero es en realidad temeraria lucidez en total desacuerdo con el mundo. Rodada en su amado México –allí vivió tras dejar Irlanda, donde se había nacionalizado al abandonar Estados Unidos por sus ideas progresistas–, la película va acotando el desencanto político del beodo prócer. El ascenso del fascismo, que busca alianzas en el país azteca, sumado al irreconciliable adulterio de la esposa con su hermanastro, excusa la tragicómica debacle, único trayecto posible hacia un tajante final. Despreciada en su estreno, “Bajo el volcán” constituye un manifiesto vital, abstraído de su origen literario, que un ya débil Huston hizo visceralmente suyo, pues también él estaba próximo a su fin.

Le sobrevino antes del estreno de “Dublineses (Los muertos)” (1987), elegíaca adaptación de James Joyce, emocionante epílogo a una serie de títulos –forjados entre algunos fracasos más y la exitosa “El honor de los Prizzi” (1985)– que constituyen obras tardías de respondona senectud, esplendorosa suspicacia. El testamento de un artista todavía irreductible pese a los achaques.

Publicado en la web de Rockdelux el 19/10/2012
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