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Juego de espejos, Revelar el arte y ocultar al artista

Oscar Wilde fue el paradigma heterodoxo del “self-made man”, en cuanto que construyó su vida como si fuera su obra.

 

FREESTYLE (2012)

Juego de espejos Revelar el arte y ocultar al artista

¿Tienen algo en común Charles Dickens, Oscar Wilde, Robert Walser, Enrique Vila-Matas, J. D. Salinger, Thomas Pynchon, Cormac McCarthy, Harper Lee, Emily Dickinson, Javier Aramburu, Antonio Luque y Nacho Vegas? Fernando Alfaro elucubra sobre el anonimato y la exposición a los medios, el papel del artista ante la sociedad del espectáculo y la distancia de seguridad recomendable entre el creador y su público.

Hubo un tiempo en que los creadores vivían en el limbo y lo creado por ellos, en el mundo de lo real. La fama de sus obras no solo les precedía, sino que eran las únicas que se iban a presentar. Tal vez fue Dickens el que inició la nueva faceta del escritor vedete, con sus giras, galas y lecturas henchidas de dramatismo o histrionismo o locura. Pero, paradójicamente, fue Oscar Wilde –el paradigma heterodoxo del self-made man, en cuanto que construyó su vida como si fuera su obra– el que, quizá por ello, o por lo que ello le hizo sufrir, nos vino a decir: Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte, y también, creo recordar, algo así como que la gente debería preocuparse más de la obra y no tanto del artista.

En el arte de la música popular, ese anonimato consuetudinario vive en su propia raíz. La música pop(ular) iba de boca en boca, de fogata a barco migrante, transformándose, volviéndose a hacer, creando cosas nuevas, canciones cuyo autor pasaría a la posteridad como “anónimo”. Ese anhelo de anonimato –ese afán por desaparecer– que tanto persiguió Robert Walser, y a su estela Vila-Matas en sus novelas, es quizá el clic inicial de la vocación de ermitaño esquivo de un Salinger o de un Pynchon, por nombrar a dos. Por cierto, otra paradoja: lo que los ha hecho más notorios ha sido, tal vez, esa decisión de antinotoriedad. Inciso: un trasunto de Salinger, encarnado por Sean Connery, protagoniza el –por otro lado, normalito– filme “Descubriendo a Forrester” (2000), de Gus van Sant. Atención: dos heterodoxos geniales en su banda sonora: Miles Davis y Bill Frisell.

 
Juego de espejos, Revelar el arte y ocultar al artista

Con su actividad y sus controvertidas opiniones, Antonio Luque escandaliza a lo Houellebecq o Mourinho. Foto: Inma Varandela

 

Habría mucho que debatir sobre esto, en cualquier caso, porque ese ostracismo elegido funciona perfectamente en una sociedad como la estadounidense a modo de mecanismo de fascinación en una colectividad fascinada por lo freak. Porque, en la sociedad del espectáculo (de la que Estados Unidos sigue siendo la cima), abdicar de las cámaras, de la fama, alguien que la tiene en su mano, es muy freak. Es decir, muy heterodoxo.

Cormac McCarthy también se mantuvo fuera del foco de la luz pública hasta una reciente aparición en el foco de focos que es el programa de Oprah Winfrey. Harper Lee, fragmentado nombre real –quizá para ocultar su sexo– de la autora de “Matar un ruiseñor”, también ha terminado recluida, lejos de entrevistas y fotos, lejos de Nueva York, lejos de Truman Capote. Y, mucho antes, Emily Dickinson: No era la muerte / Pues yo estaba de pie / Y todos los muertos / Están acostados.

Nuestro heterodoxo particular, nada freak, nuestro abdicador de cámaras favorito, el más esquivo de nuestros artistas pop es, por supuesto, mi muy apreciado Javier Aramburu. No voy a llamarle genio porque no quiero abochornarlo. Un abrazo fuerte, Javier, si lees esto. Y siguiendo con este juego de espejos, aplicado a nuestra escena pop, a nuestra cultura independiente, resalta el heterodoxo de heterodoxos que es Antonio Luque, quien, con su febril actividad, también en redes sociales, y sus controvertidas opiniones, escandaliza como enfant terrible, a lo Houellebecq o Mourinho; otras voces torcidas.

 
Juego de espejos, Revelar el arte y ocultar al artista

Nacho Vegas, quien, por no tener, no tiene ni Facebook personal (cuando Fernando Alfaro escribió esto). Foto: Pablo Zamora

 

Una de esas opiniones ha afectado al fenómeno del crowdfunding o micromecenazgo (la moderna vía de financiación para proyectos artísticos). Gente como El Hijo –todo envuelto en preciosa y muy razonada poesía– o Joan Colomo se han acogido a él, con gran éxito. Pero no es del agrado de Antonio, quien, por otro lado, mantiene un estrecho contacto on line con sus seguidores –me incluyo–, llegando incluso a debatir con ellos sobre las letras de su nuevo disco… ¡recién escritas!

Quizá somos un poco víctimas de la visión ortodoxa y romántica con la que crecimos, con el papel de las compañías (macromecenas) en la industria musical, con la distancia algo mítica entre el artista y su público. Distancia en la que viven a gusto artistas fuera del tiempo como Nacho Vegas, quien, por no tener, no tiene ni Facebook personal… Distancia que los acerca a esa soledad, a ese vivir fuera del foco, que los hace borrosos… Distancia que a algunos por poco nos lleva a la tumba, a la tumba del olvido quiero decir… En este país, que tanto olvida, no funciona tan bien la fascinación por el que se oculta de la luz pública.

(Quiero agradecer a Rodrigo Fresán su artículo sobre Thomas Pynchon, publicado en ‘ABC’ hace un par de años, que me ha empujado a escribir el mío y me ha dado leña para el incendio).

Publicado en la web de Rockdelux el 5/6/2012
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