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JULIO CORTÁZAR, Rayuela y el jazz

Ilustración: Juanjo Sáez

 

ME, MYSELF & I (2001)

JULIO CORTÁZAR Rayuela y el jazz

Volver a “Rayuela” (1963), la invención de Cortázar que subvirtió la literatura, es siempre un placer. Pero aún lo es más hacerlo acompañado de las fuentes musicales que nutren del mejor jazz primigenio esa obra inmensa: doble placer. A finales de 1999 se publicó un disco-libro que aunaba el punto de vista filológico y el musical; Pilar Peyrats se encargó de regalarnos ese precioso objeto: “Jazzuela. Julio Cortázar y el jazz”, box set que se reeditó dos años después en un formato más funcional. Santi Carrillo quedó hechizado por esa confluencia de música y literatura y lo explicó en esta columna.

Publicado en diciembre de 1999 y agotadas sus tres mil copias en mayo de 2000, el libro-disco “Jazzuela. Julio Cortázar y el jazz” fue uno de los proyectos más curiosos y recomendables de los últimos tiempos. Auspiciado por el trabajo de Pilar Peyrats, una entusiasta del jazz y enamorada de la literatura de Julio Cortázar (1914-1984), no solo facilitaba la audición de veinte de los temas originales de jazz y blues que transitan por las páginas de “Rayuela” (1963) –la obra cumbre del escritor argentino, la novela romántica que somete a un examen crítico a la novela contemporánea y que, en un inusual mosaico poético, propone más de una lectura–, sino que, desde la modestia y con un insólito cuidado por las cosas bien hechas, ofrecía un repertorio de claves para empaparse del universo cortazariano en un libreto rebosante de información y cariño: una guía de audición con los créditos, un apéndice con fichas biográficas de los principales músicos, letras y traducciones de algunas de las canciones vocales, un recorrido en paralelo por la vida de Cortázar y la historia del jazz y, sobre todo, un exhaustivo listado de todos los párrafos de la obra del escritor donde el jazz o sus intérpretes aparecen aludidos, desembocando finalmente en “Rayuela”, objeto del disco.

 
JULIO CORTÁZAR, Rayuela y el jazz

Publicado en diciembre de 1999, se agotaron sus tres mil copias en mayo de 2000. Se reeditó en 2001.

 

Entre sus capítulos 10 y 18 –dentro de la primera parte de la novela: “Del lado de allá”; Saint-Germain-des-Près, París, finales de 1950–, concentrándose en las actividades del libérrimo y bohemio Club de la Serpiente y sus “discadas”, Pilar Peyrats sigue la acción del texto rescatando los instantes en que el buen jazz es protagonista de las conversaciones entre el exiliado e intelectual argentino Horacio Oliveira, la uruguaya y aspirante a cantante de lied la Maga (de nombre, Lucía; con su hijo Rocamador, que muere), el apátrida filósofo checo Ossip Gregorovius, el músico norteamericano estudioso del bebop Ronald, la ceramista norteamericana Babs, el español amante de la filosofía zen Perico Romero, el chino estudioso de la tortura Wong y el pintor francés Etienne.

Espléndido trabajo de escaneado que da pie a presentar el jazz de “Rayuela” en su contexto literario. Es posible así recrear o leer el libro escuchando al mismo tiempo las músicas que se citan en él.

La buena noticia es que se ha reeditado “Jazzuela” –comentado ya en el Rockdelux 173– a través de K Industria Cultural. Solo que en una edición más funcional, ni tan entrañable ni tan lujosamente artesanal: un libreto interior reducido a la esencia musical de “Rayuela”, probablemente más orientado al aficionado al jazz, no tanto al literario. Se pierde el formato de libro grueso y el resto de curiosidades complementarias.

Georgia Jazz Band: “Jelly Beans Blues”.

Tan fantástico como el manejo de lo fantástico en la obra de Cortázar, un campo de ampliación de la realidad humana, es que alguien haya tenido la idea y la dedicación –dos años de esfuerzo los de Pilar Peyrats recopilando todo el material; sueña ahora con repetir la osadía con el jazz en la obra de Jack Kerouac, y con la clásica y la ópera en la de Marcel Proust– de seguirle la pista musical a “Rayuela” y sus dos maneras de leer la novela: una lineal y otra alternada a partir de un tablero de dirección con 155 capítulos donde el 55 desaparece y el 131 se repite en un bucle final infinito.

Si “Rayuela” juega a alterar la relación de la literatura y la realidad, provocando una ruptura con las estructuras tradicionales, desintegrando la jerarquía de las palabras en un encadenado de metáforas, parodias e ironías, “Jazzuela” apuesta por rendirle pleitesía a la sensibilidad de un autor mayúsculo con un gusto exquisito por los sonidos que amueblaban sus ideas, como ya había dejado claro en el estupendo relato “El perseguidor” –con el saxofonista Johnny Carter y un crítico de jazz: una ficción sobre la figura de Charlie Parker; “la música ayuda a saber”–, incluido en su libro “Las armas secretas” (1959), donde Cortázar topó con su grandeza definitiva.

Bessie Smith: “Baby Doll”.

Musicalmente, en esta nueva edición se cae del listado el añejo y vinílicamente crepitante “Jelly Beans Blues” de la Georgia Jazz Band –año 1923, con Ma Rainey a la voz y Louis Armstrong a la trompeta– que despedía la primera selección, y se añade un “Oscar’s Blues” con Oscar Peterson al piano que corona el capítulo 18 y cierra el actual compact. Aunque no citado en “Rayuela”, también se incluye un “Good Bait” de la orquesta de Dizzy Gillespie –por representar la época del bebop– que no aparecía en la edición original, sumando así un total de veintiún cortes.

Más de setenta y un minutos de música, del “Baby Doll” de Bessie Smith de 1926 al “See See Rider” de Big Bill Broonzy de 1956, que presentan las voces de Ivie Anderson, Baby Cox, Louis Armstrong, Jelly Roll Morton o Champion Jack Dupree; la corneta de Bix Beiderbecke; el vibráfono de Lionel Hampton; el saxo soprano de Johnny Hodges; el saxo alto de Benny Carter; los saxos tenores de Lester Young, Coleman Hawkins y Chu Berry; la guitarra de Eddie Lang; los pianos de Teddy Wilson, Earl Hines y Duke Ellington, entre otros rutilantes “intercesores” que nos pueden transportar, según Cortázar, “al otro lado”. Una formación histórica de lujo para un paseo aleccionador por “esa música universal del siglo que acercaba a los hombres más que el esperanto, la Unesco o las aerolíneas”, algo que para el escritor argentino equivalía a libertad y espontaneidad: el oxígeno y la sangre de su propia creación literaria.

Big Bill Broonzy: “See See Rider”.

Entre letras explícitas y atrevidísimas para la época sobre sexo, las más recurrentes (“Hirvió mi primer puchero y lo hizo terriblemente caliente / Luego echó la carne y el caldo rebosó”), drogas (“unos dicen que uso aguja / otros, que esnifo cocaína / oh, sí, soy un yonqui / y me siento muy bien”) y discriminación racial (“un hombre blanco y yo / trabajando hombro con hombro / a él le pagan un dólar por hora / y a mí la mitad”), aparecen la obscena Bessie, la emperatriz del blues; el bufón Satchmo y sus monerías; el primer trompetista blanco con seguidores negros, Bix; el descendiente de esclavos Big Bill, nacido en una plantación del Mississippi; el boxeador-músico Champion; el refinado Duque; el loco Dizzy; Coleman, “el hombre que inventó el saxofón”; el “italiano” Eddie; Oscar, el “pianista triste y gordo”; Ma, bailarina y cantante; el fanfarrón criollo Jelly Roll... Personajes posibles para otro Club Cortazariano de Libre Creación. “Jazzuela” y “Rayuela”, 200% recomendables.

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