CONTRA LA IMPUNIDAD
A nivel histórico, la búsqueda de un tribunal penal internacional permanente que aplique una jurisprudencia de carácter universal para la lucha contra los crímenes contra la humanidad y el genocidio ha conocido diversos precedentes, aunque todos ellos basados en la creación de tribunales ad hoc y con unos resultados bastantes decepcionantes. Desde el intento de juzgar a los criminales de guerra alemanes de la Primera Guerra Mundial a través del Tratado de Versalles (1919) hasta la instauración de los Tribunales Militares de Nuremberg (1945) y Tokio (1946) posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los problemas con que se han enfrentado esos tribunales han sido varios: desde la crítica por su falta de imparcialidad (eran tribunales creados por los vencedores para juzgar a los vencidos, lo que les restaba legitimidad) hasta la muerte de los máximos responsables antes de poder ser juzgados (Hitler, Goebbels), pasando por vergonzantes situaciones de oportunismo político (el japonés Hiro Hito no sólo no fue juzgado, sino mantenido como emperador por los estadounidenses para facilitar su ocupación sobre territorio nipón).
La aparición de la Guerra Fría paralizó la propuesta de la Asamblea General de Naciones Unidas para la instauración de dicho tribunal. Y hasta la creación por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) en 1993 y del Tribunal Penal Internacional para Ruanda en 1994 no se retomó una idea que cristalizó en la creación del Tribunal Penal Internacional (TPI) en 2002: el primer tribunal permanente y universal para juzgar dicho tipo de delitos. En este sentido, los resultados obtenidos por los tribunales de ex Yugoslavia y Ruanda serán determinantes para que el TPI inicie sus futuros trabajos de manera sólida y respetada (el TPI sólo puede juzgar crímenes y hechos cometidos a partir de su fecha de creación, sin posibilidad de retroactividad).
Por el lado de los intereses y motivos que obstaculizan el correcto desarrollo de una justicia penal internacional, existe una corriente de opinión que considera que lo mejor para perdonar es olvidar. En otras palabras, que el procesamiento de autoridades políticas y militares puede convertirse en un obstáculo para la reconciliación y la reconstrucción nacional, en una forma de mantener “abierta la herida”. Craso error. No se puede formalizar una base consistente para la reconciliación y el perdón sin una depuración previa de responsabilidades, ya que, de este modo, se está proveyendo un abono para que la semilla del rencor, el odio, la impotencia y la represalia germine antes o después (uno de los grandes errores cometidos a lo largo de la historia europea). En este sentido, y como afirma el jurista internacionalista vasco Xabier Agirre Aramburu, el esclarecimiento de los crímenes y las responsabilidades individuales sería una precondición ineludible para cualquier proceso de paz viable.