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KANYE WEST, El arte de la desmesura

Ilustración: Pepo Pérez

 

EDIT (2016)

KANYE WEST El arte de la desmesura

Desde hace un tiempo, el productor, rapero y diseñador 
no sabe hacer las cosas a una escala modesta. Su último sueño/delirio fue una fiesta de escucha/desfile estático de moda en el Madison Square Garden de Nueva York. Un evento monocultural tan desatado como singular, en el que no actuó en directo y sus modelos fueron estatuas. Todo abierto al debate, salvo la música: “The Life Of Pablo” (2016) es otro disco glorioso que no se parece a nada. Juan Manuel Freire siguió la estrambótica presentación.

Si no existiera Kanye West, alguien tendría que inventarlo, como Ann Magnuson inventaba a John Malkovich en “Fabricando al hombre perfecto” (Susan Seidelman, 1987). Pero ahora la película se llamaría “Fabricando a la figura pop perfecta”: ¿cuántas estrellas así de desmesuradas, imprevisibles y punks quedan en este entorno cultural tan políticamente correcto, en el que pocos se atreven a salir lo mínimo de la rectitud por miedo al linchamiento a través de las redes?

Kanye quiere ser amado, pero, en el fondo, también le da un poco igual lo que digamos. Se rige por una visión que cada vez parece menos dirigida por la reflexión y más por instintos salvajes convertidos a menudo en delirios de grandeza. La megalomanía tiene sus peligros, pero en el caso de Kanye su visión no resulta en el cierre de fronteras para los musulmanes, sino en espectáculos tan disfrutables y extrañamente hipnóticos como el doble estreno de la tercera colección de Yeezy (su proyecto de ropa y zapatillas en colaboración con Adidas) y su largamente anunciado séptimo disco en un “pequeño” local llamado Madison Square Garden.

Sin saber nadie muy bien qué iba a cocerse allí dentro, West consiguió que muchos pasaran por taquilla, no solo en el MSG sino también en cines alrededor del mundo (en Barcelona, por ejemplo, lo vimos en Cinesa La Maquinista). Y hasta veinte millones de personas se postraron ante sus ordenadores para ver el Gran Evento Monocultural a través del problemático streaming de Tidal.

La semana antes, Kanye había tuiteado: “Siempre fue un sueño tener una ‘listening party’ en el Madison Square Garden”.  También: “Siempre fue un sueño mostrar mi colección en el Madison Square Garden”. Y este acontecimiento central de la semana de la moda de Nueva York fue exactamente eso: una “listening party” ilustrada por los nuevos ítems de Yeezy.

Quien hubiera pagado para ver un concierto debió de quedarse de piedra; en La Maquinista hubo deserciones. Tras ocupar sus asientos el clan Kardashian-Jenner-Odom al completo, Kanye bajó a la cancha de los New York Knicks, abrió su MacBook y nos puso su disco. En mitad del Madison-Square-Garden. Tener el mayor ego de la música popular actual, con permiso de Mark Kozelek, te permite hacer algo así sin ruborizarte. Pero lo bueno del caso es que, en cuanto empieza la música, ese complejo de Dios adquiere plena justificación.

“The Life Of Pablo”, antes “So Help Me God”, “SWISH”, etcétera, no se parece a nada que orbite por el planeta musical ahora mismo, por no decir la radio mainstream. Desde el arranque con “Ultralight Beam” se advierte la mano del genio: muy pocos sabrían armar un corte tan mayúsculo con tan pocos elementos, apenas unas voces góspel (gloriosos Kirk Franklin y Kelly Price) y sintetizadores crudos.

Acabado el tema, la nueva colección Yeezy apareció ante nuestros ojos en la forma del desfile más hierático imaginable: los modelos aposentados, casi todos de pie, sobre dos grandes estructuras en el centro de la cancha, luciendo sus ropajes entre la streetwear, la haute couture y la distopía sin moverse un milímetro, mirando al vacío. Según parece, tenían instrucciones estrictas de la artista Vanessa Beecroft: “No sonreír”, “no bailar”... Esto último debió resultarles realmente duro, sobre todo cuando el tracklist alcanzó la potencia infectiva de “Famous”, conocido ahora mismo como “el tema en que Kanye dice que podría montárselo con Taylor Swift”.

El anfitrión pasó de normas y bailó, bailó como un loco, apoyado por sus homies, mientras los espectadores del cine se preguntaban seguramente si estaría mal visto subirse a las butacas o saltar entre ellas.

Un acto que involucre a West debe incluir algún discurso épico, y aquí reservó el mejor de ellos para el final. Pidió opiniones a gritos sobre disco y ropa, y luego quiso recordarnos la dificultad de su gesta: “Una de las cosas más difíciles de hacer fue conseguir que la gente con talento que trabajó en la colección creyera en mi visión lo suficiente para venir a currar con un rapero”. Ahora ha llevado a Anna Wintour a escuchar su disco desde un portátil en el MSG. El mundo es suyo, pero todos nos beneficiamos de ello.

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