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KEVIN AYERS, No digas más

El enigma de las últimas palabras que pasarán a la posteridad, el misterio de las últimas que se le conocieron a Kevin Ayers.

 

FREESTYLE (2013)

KEVIN AYERS No digas más

Kevin Ayers (1944-2013) y la intrigante e inexplicada nota junto a su lecho: “Si no ardes, no brillas”. ¿Confuso epitafio, quizá? Por escrito o de viva voz, asunto delicado el de entintar unas líneas de despedida cuando llega la hora de cumplir con el último adiós, por lo general dirigido a la bola terráquea y a los que en ella se quedan. Como si no recolectáramos bastantes preocupaciones en vida, viene esta a apurar la cuota, con el agravante de que aquello que se diga a las puertas de la muerte tiene más importancia que todo lo dicho mientras nos encaminábamos hacia ellas. Menuda papeleta, la de rellenarse uno mismo su epitafio y salir airoso del trámite. Al respecto, Jaime Gonzalo en esta columna de opinión.

Solo el ‘The Telegraph’, de los tabloides que se hicieron eco de la noticia, mencionaba la existencia de una nota hallada junto al lecho de Kevin Ayers en el momento de descubrirse el cadáver. Descartaba el rotativo británico que guardara relación alguna con la muerte del preciado bardo, aunque sin aclarar en qué fundamentaban sus informantes dicho extremo. El asunto es que ahí estaba la misiva, tan intrigante como inexplicada. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué la escribió? ¿Era una idea para una canción, manuscrita con objeto de no olvidarla? “You can't shine if you don't burn”, decía. “Si no ardes, no brillas”. Ya me perdonarán, en estos momentos de duelo, pero qué magnífico motivo de especulación. Y de inspiración literaria. Poético o de intriga, plumas expertas podrían deshilvanar de ese silogismo a medio formar un prometedor relato. Burroughs extrajo todo un libro de las delirantes incoherencias, ínclito cut up in articulo mortis, pronunciadas por el gánster Dutch Schultz antes de expirar. Que no fueron otras que “La chimenea deshollina. Habla a la espada. Sopa de alubias franco-canadiense. Quiero pagar. Que me dejen en paz de una vez”.

Supongamos, en esa tesitura hipotética, que Ayers intuyera algo, una sombra, un aviso. Concedamos que ese sexto sentido que se les atribuye a algunos lo tuviera también él y presintiera el fin cercano, apresurándose a consignarlo en un epitafio. En tal caso, el abanico de posibilidades se desplegaría infinito a la hora de encontrarle significado a esas misteriosas palabras, de averiguar lo que con ellas se quiso decir y a quién. Como fuere, son las que pasarán a la posteridad como las últimas que se le conocieron a Kevin Ayers.

 
KEVIN AYERS, No digas más

Kevin Ayers en 1988: la época de “Falling Up”. Un “bon vivant” con clase y distinción... hasta el final. Foto: Antonio Tiedra

 

Me imagino que es como un acto reflejo, eso de despedirse en abstracto del mundo, sin destinatario nominal. Nos vamos, pero educadamente, diciendo adiós. Queremos soltar la última, un enunciado postrero en el que dejar condensado lo que fuimos, lo que hemos dejado de ser. Una pista para que quien así lo desee, de haberlo, nos recuerde. Qué necesidad tenemos de ello, es lo de menos. Per se carece del menor sentido. Es como ese “ya nos veremos” con el que nos despedimos cuando nos cruzamos por la calle con alguien para quien no disponemos de tiempo, del que Ayers, sin ir más lejos, se preguntaba en una canción: “¿Cómo vas a verme más tarde si no me puedes ver ahora?”. Pero, preguntémonos aquí: ¿qué es un hombre sin epitafio? Nada. Minucia. Menos de lo escaso que en vida ha sido. Poco, incluso, en el caso de que las apariencias indiquen lo contrario, pues como afirmó Cocteau, solo servimos de modelo al retrato de nuestra fama.

El epitafio dice mucho de las personas y de la vida que han vivido. Suministra información, por encriptada que se encuentre. Y puede ser un arte asimismo y en sí mismo. El que dejó aquel soberbio actor que fue George Sanders, por ejemplo. Un hombre meticuloso que a los 31 afirmó que se suicidaría a los 65 y así lo hizo, en 1972, en un infecto hotelucho de Castelldefels. Todo un señor hasta en tan trascendente momento –porque hace trascender ipso facto al otro barrio– como es el que precede al tiro que uno va a descargarse en la sien: “Querido mundo, me voy porque estoy aburrido. Creo que ya he vivido bastante. Te dejo con tus preocupaciones en esta dulce sentina. Buena suerte”. Se agradece esa elegancia, en un género tan plagado de cursiladas como el epitáfico. Quede o no cincelado en el mármol lapidario, el epitafio te retrata por última vez. Si lo dejas, qué menos que evitarles a los curiosos un bochorno frisando con lo delictivo, como sucede con el que hizo inscribir el poeta Vicente Huidobro en la losa que sella sus restos: “Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar”.

¿Que cuál dejaré yo, a todo esto? Les remito a lo que cantaba King Crimson: “Confusión será mi epitafio”.

Publicado en la web de Rockdelux el 4/3/2013
Etiquetas: 2010s, 2013, Inglaterra, sociedad
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