Lo que ha pasado desde entonces es propio de una película de terror, donde los guionistas son los gobernadores de los bancos centrales y los asesores de los ministros de Finanzas. Más de seiscientos investigadores franceses, pero también españoles, firmaron en septiembre un “Manifiesto de economistas aterrorizados”. A lo largo de una cincuentena de páginas, cuatro de ellos desmontan los diez mandamientos de la ortodoxia de la Unión Europea para demostrar que las soluciones a la crisis siguen hipotecadas por el mismo razonamiento que nos ha llevado a la ruina.
Es decir: los mercados financieros son eficientes; favorecen el crecimiento económico; son buenos jueces de la solvencia de los Estados; el endeudamiento público es fruto de un exceso de gasto; su reducción es la única solución para reducir la deuda; si no, lo pagarán nuestros nietos; hay que tranquilizar a los mercados para obtener refinanciación; la UE defiende un modelo social; el euro es un escudo para la crisis; y lo que ocurre en Grecia permite avanzar finalmente hacia una verdadera solidaridad europea. Ante estas ideas preconcebidas, los economistas aterrorizados exponen una veintena de alternativas que pasan por una fiscalidad en el continente que equipare prestaciones en vez de fomentar la competitividad a la baja y la transformación del Banco Central Europeo en una entidad que preste dinero directamente a los Estados en dificultades.
La solución no es otra que la que disponen la Reserva Federal estadounidense, el Banco de Inglaterra o el de Japón. En estos países, la deuda es mayor que la media en la zona euro, pero sus bancos centrales tienen siempre a disposición la posibilidad de fabricar dinero y, por consiguiente, hacer imposible que haya dudas sobre su solvencia. El peligro es la inflación, pero los japoneses hace años que viven en deflación.
Si el BCE se resiste a monetizarse y el nuevo Fondo Europeo de Estabilización Financiera para socorrer a países como Grecia, Irlanda o Portugal no se ha convertido ya en un Tesoro del euro, es porque Alemania no quiere. La canciller Angela Merkel solo ha avanzado por presión y, de momento, se beneficia de unos intereses exponencialmente más bajos para su deuda a medida que se incrementan los de los demás. Por ello, se niega a la instauración de los eurobonos que mutualizarían las pérdidas y le harían perder, posiblemente, la sacrosanta triple A de las agencias de notación.