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La música de BCN, Triple aniversario

Ilustración: Sonia Pulido

 
 

EDIT (2017)

La música de BCN Triple aniversario

Un buen momento para homenajear la música en Barcelona, tan necesitada últimamente de estímulos positivos. Nos unimos a ello con esta recuperación: tres lugares emblemáticos de la escena musical barcelonesa conmemoraron a finales de 2016 señaladas efemérides históricas: la tienda de discos Revolver cumplió su 25º aniversario, y dos salas, Jamboree y Sidecar, acogieron sus conciertos 25 000 y 5000, respectivamente. Gerard Casau, Barracuda y Ricard Martín nos lo explicaron aquí.


Discos Revolver:
25º aniversario
Objetos de valor sentimental

La próxima vez que visites Discos Revolver (o su hermana menor, Revolver Records), saca tu móvil y haz una foto con el propósito, pongamos por caso, de compartirla en tus redes sociales. Enseguida comprobarás que la fotogenia brilla por su ausencia, sin importar la cantidad de filtros que apliques a la instantánea: el carisma de la tienda situada en el 13 de la calle Tallers de Barcelona pertenece a una época anterior al hashtag. Frente a la línea clara de los comercios abiertos (temerariamente) en tiempos recientes, Revolver se sigue rigiendo por la antigua ley de desbordar la mirada: en el suelo, vinilos trajinados con fruición y compactos a un euro; en el techo, cual estandartes de casas medievales, las camisetas de grupos queridos. Y a la altura de los ojos, estantes que disparan discos por ambos lados.

Al recorrer ambos locales, distinguidos por la variante roja y verde del logo pistolero, tampoco hallamos ningún rincón habilitado para presentaciones o actuaciones musicales (hace unos años Wilco tomaron por sorpresa Revolver Records, y el efecto fue de un cómico agolpamiento), actividades que seguramente no tenían cabida en el plan inicial. Cuando Jesús Moreno y Alfonso Sureda inauguraron la primera tienda (la roja) en diciembre de 1991 como relevo de Discos Jesús, la necesidad que debían atender era más básica y acuciante. Según recuerda Moreno, “la Barcelona de entonces era una ilusionada ciudad olímpica, que pasaba por su mejor momento económico y musical. Había ganas de descubrir nuevos sonidos y nosotros quisimos especializarnos en la parcela independiente, que en aquel momento aún escaseaba por aquí, y defender una visión ecléctica de la música, identificándonos con el público especializado a través de la atención y el conocimiento del mercado”.

Discos Revolver ha sido escuela, punto de encuentro e, incluso, lugar de trabajo para distintos actores del tejido musical local, como esa larga ristra de DJs que exhibieron el bagaje adquirido entre sus paredes pinchando en la fiesta del 25º aniversario celebrada en la tienda el pasado 10 de diciembre. Su historia puede resumirse en algo tan funcional como es el acto de comprar un disco, que la desmaterialización de los formatos ha convertido en una acción de utilidad incierta, admitiendo distintos posicionamientos prácticos, técnicos y, no menos importante, sentimentales. Un cambio de paradigma que hace que regentar una tienda de discos ya no parezca un negocio sensato, sino un gesto de resistencia (¿política?, ¿moral?, ¿romántica? Que cada cual elija su causa), y da a la existencia de Discos Revolver un significado distinto al que tenía hace un cuarto de siglo. Eso sí, siempre con la constante impuesta por la presencia (y la cabellera) de Moreno, cuya personalidad parece imposible desligar del comercio. “Yo fui quien construyó estos cimientos, pero siempre me he rodeado de gente muy profesional y con ganas de aprender. La marca Revolver está consolidada, y creo que cuento con personas perfectamente capacitadas para gestionarla”, comenta el propietario, asegurando que en la recámara del negocio hay balas. Y futuro. Gerard Casau

 
La música de BCN, Triple aniversario

Ilustración: Sonia Pulido

 

Jamboree: 25 000 conciertos
Una cava irreductible

Manué, El Manugrafista, busca un lápiz del color apropiado para dibujar el vestido de la cantante, y Antonio Narváez, el ángulo perfecto para inmortalizar, con su objetivo, ese segundo irrepetible. René Marie emite una nota vocal delicadísima. La enésima botella de cerveza cae al suelo. El concierto continúa, no parará nunca. Esta podría ser la instantánea de una noche en presente, aunque también serviría para ilustrar, con otro reparto, cualquiera de las muchas vividas, tantas como para cobijar los 25 000 conciertos disfrutados en el Jamboree desde 1960.

Visito con Pere Pons (director artístico de la sala desde hace cuatro años) la exposición “Negra i reial” en la Fundació Setba, donde puede verse hasta el 11 de febrero, coincidiendo con la efeméride. Contemplamos el montaje donde conviven dos imágenes idénticas separadas en el tiempo por cincuenta y dos años (1960-2012): arriba, Joan Rosselló, quien transformó un local de alterne en club de jazz, y debajo, repitiendo posado en la puerta de la histórica cava, Joan Mas, impulsor de la segunda etapa de la sala a partir de 1993. De espaldas a la Plaça Reial quedamos absortos ante las fotos de Cèsar Malet y especialmente con las de Gloria Stewart, uno de los primeros emblemas del club cuya trágica historia invita al desasosiego. Pons no duda un instante al afirmar: “El jazz no está pensado para grandes recintos, se paladea mejor en clubes pequeños. Muchas de las actuaciones más memorables de John Coltrane se celebraron en auténticos tugurios”.

A pesar de su prestigio y de la Medalla de Oro al Mérito Artístico concedida a la sala por el Ayuntamiento de Barcelona en 2010, mi sabio acompañante se muestra disconforme con el escaso apoyo recibido de aquellos a los que denomina burócratas: “Nuestros gobernantes no consideran al jazz cultura debido a su falta de conocimiento y sensibilidad. El Jamboree debería ser reverenciado como un santuario y se nos trata como un bar de copas. Mantener esta cava debe tomarse como un acto de amor a la ciudad y de respeto hacia la música. Por mi parte, seguiré picando piedra. Vale la pena”.

Su enojo es lógico: si a los sonidos celestiales emitidos por Chet Baker, Tete Montoliu, Brad Mehldau, Ornette Coleman o Joshua Redman no se les considera cultura, más de dos no merecen ocupar según qué asiento. Uno de los mayores logros de Pons es haber conseguido hacer confluir figuras del jazz más ortodoxo –sirvan de ejemplo Lee Konitz o Scott Hamilton– con artistas iconoclastas tipo Albert Pla o Adrià Puntí (quien cerró el San Miguel Festival de este año) sin que la parroquia más purista se enrabiase. Porque, a pesar de la diferencia de géneros por los que transitan, una pizca de espíritu jazzístico sazona siempre cada actuación.

En el Jamboree hueles a los músicos, sientes su respiración e incluso puedes departir con ellos amigablemente, una característica impensable en otro lugar, un lujo. El título del espectáculo dirigido por Quim Lecina, acompañado por el Brownie Jazz Septet, y que tuvo el privilegio de ser escogido para llegar a la cifra mágica el 24 de noviembre, me da pie para regalarles un consejo: no se vayan de este mundo sin haber pasado “Una vegada al Jamboree...!!!”. Barracuda

 
La música de BCN, Triple aniversario

Ilustración: Sonia Pulido

 

Sidecar: 5000 conciertos
La sala km 0

¿Qué tienen en común Els Pets, Chuck Prophet, Sisa, Joe Crepúsculo, Martin Rev, Beasts Of Bourbon y Sergio Makaroff? Fácil: todos ellos han actuado alguna (o más de una) vez en el Sidecar. A la efeméride de 34 años en activo, el decano barcelonés del rock y aledaños añade otra: en plenitud de forma, el 12 de diciembre celebró su concierto 5000, que recayó en la actuación de Nick Lowe & Los Straitjackets. Según explica Roberto Tierz, director de la sala, esta conmemoración con regusto a turismo sesentero tiene su rigor: “Vimos que había salas que celebraban 1000, 2000 conciertos, y con la calculadora ves que exageran. ¿Es que programáis cinco conciertos al día? Y nos pusimos a recopilar todo lo que habíamos hecho. Nos salían unos 4950 y dijimos: ‘Busquemos una fecha para celebrar el 5000’. Y a un artista que nos gustara y representara, de carrera larga. Salió Nick Lowe y no miramos más, claro”. De estas 5000 noches podemos recordar en su web unas 1500: que son el número de carteles de conciertos que la sala ha digitalizado, disponibles para descarga y para recibir en casa (envío gratuito). Los mejores se exponen en Sidecar para celebrar el fasto. “Algunos los hacen los grupos; otros son de nuestro diseñador, Wookie. Pero lo interesante es que explican la evolución de cómo un artista quiere representarse”, reflexiona Tierz.

Un minuto moviendo la pestaña del histórico local produce vértigo: recuerdas que este sótano tan familiar y casero es básico para la cultura musical española. Ha sido y es cantera de nuevas bandas –las facilidades que pone a los grupos noveles para tocar son míticas–, y sala de estar para iconos que quieren regresar a las distancias cortas. “A finales de los ochenta, Alex Chilton tocó aquí en un momento no muy álgido y por primera vez pensé que podíamos programar a grandes artistas que buscaran un contacto directo”, recuerda Tierz. Lo íntimo de la sala no apacigua su carácter sudoroso y vibrante, donde si te descuidas te alcanza un lapo: al contrario, contribuye a la sensación de peligrosidad. Noches como la de los New York Dolls (“David Johansen dijo que era el infierno, como tocar hacía treinta años en el CBGB”) o la demencial actuación de Beasts Of Bourbon (con un Tex Perkins que acabó tirado, durmiéndola en el suelo) lo corroboran. La celebración proseguirá en enero con exposiciones sucesivas de tres fotógrafos puntales de la imagen de la música en vivo en Barcelona: Xavier Mercadé, Jordi Vidal y Ray Molinari. Un apreciable y merecidísimo regodeo ensombrecido por la reciente muerte del programador Quim Blanco; su categoría humana la resume Tierz en el hecho de que durante los tres conciertos de homenaje que se le hicieron “nadie, absolutamente nadie cobró”.

Si me permitís el símil, Sidecar es el km. 0 de los conciertos en Barcelona, el auténtico slow food: el mejor producto degustado en condiciones de proximidad, aliñado con toda la emoción y el sudor que propician el comer en la mesa del chef, al lado de los fogones. Un show-cooking que va directo de la cocina al comensal, a precio de casa de comidas. Una pitanza larga, placentera y digestiva durante la que se puede asimilar lo engullido. El mejor antídoto contra algunas degustaciones de veinticinco platos sin criterio que pueden derivar en empacho y diarrea (mental). Ricard Martín

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EDIT (1991)

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