Y este es el primer ingrediente de lo que se está cocinando en el mundo árabe: ha sido una respuesta espontánea la que ha generado un incendio social incontrolable; aunque, una vez iniciado, todos los poderes, ya sean institucionales o fácticos, se hayan lanzado a intentar manipularlo, desactivarlo o instrumentalizarlo: gobiernos amenazados, partidos políticos, líderes tribales, islamistas varios, movimientos sociales y, cómo no, los Estados Unidos y las potencias regionales.
Un hecho muy significativo de estos primeros momentos fue la detención e interrogatorio el 24 de diciembre del rapero tunecino Hamada Ben Amor, alias El Général, por parte de los servicios de seguridad, a la búsqueda de conspiraciones inexistentes, presuntamente organizadas para subvertir el desorden establecido. Este muchacho de 21 años había subido a YouTube días antes de la inmolación de su compatriota un tema titulado “Rais lebled” (“Dirigido al presidente”) en el que, de forma sorprendentemente educada –que a mí me recuerda a “Le déserteur” de Boris Vian– decía lo siguiente: “Sr. Presidente, su pueblo se está muriendo, la gente come basura, mire lo que está pasando, miseria por todos lados / Sr. Presidente, hablo sin miedo, aunque sé que me voy a meter en líos, veo injusticia por todas partes”.
Y su diagnóstico apunta al segundo ingrediente básico del guiso: se trata de un fenómeno masivo, que une a casi toda la sociedad, sin distinciones de edad, procedencia social o filiación política; de ahí la dificultad de controlarlo. No los mueven ideologías laicas de izquierdas ni fundamentalismos religiosos de derechas: los mueve el hambre, la miseria, la desesperación y, en general, el descontento popular. Y no buscan sino algo tan básico como libertad, democracia y justicia social.
El tercer ingrediente, a modo de levadura, es la participación de los jóvenes, verdaderos impulsores y dinamizadores del movimiento. Según las estadísticas, más del 35% de la población árabe tiene entre 15 y 24 años, viven en entornos urbanos, están casi todos escolarizados, muchos son universitarios y poseen ya, como los europeos, una habilidad genética para los ordenadores, internet y las redes sociales, lo que les permite comunicarse libremente con el mundo exterior e informarse fuera del circuito de los medios oficiales y tradicionales. Como en el Mayo del 68 francés, los jóvenes aportan esa irresistible dosis de energía, ilusión y valentía que les da la convicción de que pueden cambiar el mundo. Una juventud que ha viajado, sea físicamente o a través de internet, y que se siente unida a través de la música, como se ha podido ver en la Plaza Tahrir de El Cairo y en muchas otras manifestaciones. Sobre todo se conectan con el hip hop contestatario que funciona como elemento de cohesión entre todos los países árabes.