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La puta calle, Tierra de todos, tierra de ellos

Regularizados lo estamos todos en todos los aspectos de la vida. No iban a ser los músicos callejeros una excepción.

 

FREESTYLE (2013)

La puta calle Tierra de todos, tierra de ellos

Del mismo modo que en ella está prohibido fijar carteles, pasear en cueros o jugar a pelota, la calle, donde supuestamente también se desarrolla la vida cotidiana, plantea numerosas acciones a proscribir o permitir, en el segundo caso acompañadas del dilema de si deben o no ser reglamentadas. Con la crisis como detonante, viejas prácticas callejeras como puedan ser la mendicidad y la música vuelven a la palestra de lo público. En el segundo de los casos, con la reinstauración de algo parecido a los carnés sindicales de antaño. Jaime Gonzalo opinó al respecto.

Chispas echa por la pluma un columnista de cierto periódico digital porque el Ayuntamiento de Madrid ha decidido “regularizar” a los músicos callejeros. A partir de ahora, quienes pretendan deleitar o mortificar al transeúnte de la Villa y Corte con sus tañidos deberán superar un examen previo. A dos causas achaca el artículo esa medida: el afán recaudatorio de un cabildo que ya no sabe como zurcir los agujeros de sus bolsillos y la obsesión de la derechona, en cuyas manos se encuentra ese consistorio, por controlar la calle y lo que en ella suceda. De lo primero no cabe duda, si es que se determina aplicar tasas. La labor del poder que teóricamente representa al pueblo bajo el signo que sea consiste, entre otras cosas, con o sin crisis, en aligerar de haberes el saldo del ciudadano y fiscalizar al máximo sus actividades, que por algo quienes lo detentan son más listos y saben mejor qué hacer con el producto del esfuerzo ajeno. En cuanto a lo segundo, me permitirán que discrepe sin ánimo de llevar la contraria. Los conservadores no son los únicos que gustan de monopolizar asfalto y calzadas.

 
La puta calle, Tierra de todos, tierra de ellos

¿Delimitación de espacios en los que poder ejercer dicha actividad y de los instrumentos con los que realizarla?

 

A los hechos me remito. En enero de 2006, la municipalidad barcelonesa, en aquellos momentos usufructuada por el PSC en la personita de Joan Clos, decidía homologar las actividades de los músicos callejeros, y lo hacía presionada por grupos vecinales que pedían explicaciones a la proliferación de dicho gremio en una ciudad, ruidosa per se, donde la música en la calle había sido prohibida tiempo atrás por ese mismo equipo consistorial, si bien nadie respetaba el veto, empezando por los mismos legisladores. Ese súbito y tardío desvelo del edil, que, poniéndose por montera sus propios edictos, no había dudado en 2004 en tomar esas asordinadas calles para que por ellas pudiera desfilar la rúa de Carlinhos Brown, se traducía primeramente en la delimitación de espacios en los que poder ejercer dicha actividad –treinta y dos puntos sometidos a rotación durante todo el día– y de los instrumentos con los que realizarla, urdiendo luego una reglamentación por la que los músicos debían pasar unas pruebas –tocar un repertorio de diez canciones– ante un tribunal de tres expertos designados por el Ayuntamiento. Aprobada esa reválida de convocatoria bianual, cada quince días podían participar en un sorteo mediante el que les era designada la esquina, plaza o pasadizo de metro donde ejercer su labor.

Lo más interesante de esa mecánica se desprendía no ya del extraordinario celo con que pasaba a vigilarse su incumplimiento, sino de sus consecuencias. Y digo extraordinario porque, comparando lo que les sucede a los que desprecian la ley en otros estratos de la vida, la corrupción política por ejemplo, parece desproporcionado que en noviembre de 2006, casi un año después de entrar en vigor la normativa, dos patrullas y una furgoneta de la Guardia Urbana de Barcelona se emplearan en reducir a tres músicos indocumentados. Si se antoja excesivo el despliegue de tropa, más excesivo resulta que a unas personas que supuestamente no tocaban en la calle por hobby, sino por necesidad, se les confiscaran los instrumentos, se les impusiera una multa de 300 euros, y otros 170 en concepto de rescate del instrumental, y se les retuviera durante setenta y dos horas. Bonitos números, ¿no creen? Por suerte para ellos, no les atraparon vendiendo sus CDs, práctica prohibida ese mismo año por la Diputación Provincial de Barcelona.

 
La puta calle, Tierra de todos, tierra de ellos

Vivimos en una sociedad bastante asediada por la música para tener que convivir con ella por más tiempo y espacio.

 

La gente tiene tendencia a hacer lo que le da la gana sin importarle las molestias que eso pueda ocasionar al prójimo, y entiendo que, de alguna manera, debe contenerse esa propensión. Sin ir más lejos, un bar que tengo enfrente de casa ha situado una pequeña tarima a la entrada del local, desde la que con las puertas abiertas un saxofonista se empeña en que sus adocenadas versiones de “La chica de Ipanema” y otros estándares compitan en volumen con mi televisor hasta bien entrada la noche. Y eso que vivo en un quinto piso. Calculen los decibelios. ¿Creen ustedes que la Guardia Urbana se ha dignado destacar un solo agente para amonestar a ese Village Vanguard de pacotilla, por mucha licencia de música en vivo que tenga, si la tiene? Si por mí fuera, en lo referente a la música en la calle, y en esta comprendería la que emana de ventanas de domicilios privados y establecimientos públicos, de automóviles y teléfonos móviles, resolvería el problema suprimiéndola. Vivimos en una sociedad bastante asediada por la música para tener que convivir con ella por más tiempo y espacio, eso sin mencionar que, enlatada o elaborada in situ, la mayor parte de esa música que recibimos sin quererlo ni pedirlo es puro detritus.

Mi propuesta de erradicación sería prudente. Me contento con que el Ayuntamiento y las asociaciones de músicos callejeros, aunque fuera con mis impuestos y los de todos, sufragaran un sistema de amplificación a altavoz cerrado, de modo que solo los músicos y aquellos ciudadanos que así lo desearan pudieran escuchar notas, ripios y arpegios a través de unos auriculares diseñados a esos efectos para los que seguramente no les costaría trabajo encontrar marcas patrocinadoras. De ahí a instalar chiringuitos dispensadores de birras a la vera de los entretenedores callejeros no hay más que un paso; así todos quedarían contentos y los de la vara de mando le extraerían plusvalía  al asunto. En cualquier caso, no aprovecharía para desollar económicamente al personal. Multas, solo en caso de reincidencia y consecuentes con las posibilidades del infractor.

Ignoro lo que resolverán al respecto Botella y sus huestes, pero apuesto a que no lo harán mejor que su competencia en Barcelona. En cualquier caso, decidan lo que decidan, nada debería sorprender o alterar a nadie. Regularizados lo estamos todos en todos los aspectos de la vida. No iban a ser los músicos callejeros una excepción.

Publicado en la web de Rockdelux el 18/11/2013
Etiquetas: 2010s, 2013, sociedad
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