Hombre, ya que estamos de ejercicios espirituales –se dirá el azorado visitante de esta web– y tengo fama de rockero recalcitrante venido a menos, ¿para cuándo una reparación pública de otros grupos extraños a mis gustos y en otros tiempos por mí vilipendiados? Pongamos, ejem, The Smiths. Bien, todo llegará, tiempo al tiempo. Curioso como se agrietan los prejuicios con el paso de los años, cuando uno aprende a enfocar su energía en algo más provechoso que endurecer la moldeable identidad y lo que hace décadas nos parecía infumable, hoy regresa menos detestable, un aspecto de ese pasado que menospreciamos ofuscados, pero hoy completa el difuso rompecabezas de una época vivida. ¿Y si nos hubiésemos equivocado?, reflexiono mientras leo una reseña de la caja integral de los inefables mozalbetes de Manchester. Quizás ahora que Morrissey ha logrado con rotundidad ser paria mediático universal, por su absurda comparación de la masacre de Noruega con los matarifes que ponen la hamburguesa en nuestro plato, sería buen momento para volver a “The Queen Is Dead” (1986).
En realidad, todos nos equivocamos, siempre, pues andamos por la vida apoyados en las muletas del prejuicio. Esto, lejos de solidificar nuestro ego como pretendemos, nos enroca aniquilando cualquier vestigio de sentido crítico, tan escaso bien en estos tiempos. Es más fácil, barato y conveniente afianzarse en lo conocido que mirar más allá o intentar ponerse en el punto de vista del otro; quizás por ello nos devuelva el espejo una imagen meridianamente invertida. La voluntad es quien dirige la inteligencia, así lo postuló Aldous Huxley, y cuando esta tiende a la vaga comodidad o sigue una agenda preestablecida, acaba armándose de parcialidades que sustenten los intereses personales, afanes que, huelga decirlo, no siempre son nobles. Algunos creen estar pensando cuando se limitan a reordenar y poner al día sus prejuicios, creencias anteriores a la observación cuando los juicios, certeros o errados, son consecuencia de esta. Decía Voltaire que los prejuicios “son la razón de los tontos” y apostillaba Rousseau que prefería “ser un hombre de paradojas que un hombre de prejuicios”. Disculpad las píldoras de gratuito wikisofismo, pero es infecciosa dolencia el dogma.
La música, quizás la más libre de todas las artes, no escapa a esa telaraña prejuiciosa que la envuelve y sectariza. Las razones son industriales –divide el mercado en compartimentos y aumentan los beneficios–, sociales –un estudio que está por hacer: el de la adscripción a un género o estilo por simple procedencia social, eso tan obvio de circunscribir el heavy a los barrios obreros o ubicar el pop indie entre universitarios– y, ay, directamente mediáticos. No parece posible que Iron Maiden sean tratados en Rockdelux; y los peajes de la ‘Ruta 66’, donde últimamente sí asoman rostros jevis, siguen cerrados a The Smiths, pese a las peticiones de algún lector. Es un escenario que hemos levantado entre todos, el de la segregación y la impermeabilidad. Hemos de estar en un lado o el opuesto, cuando podríamos estar en ambos, olvidando prejuicios para construirnos algo más flexible y satisfactorio llamado criterio. ¿Nace esta pertinaz lacra del sonido puro, que no debería saber de reflexiones intelectuales, tan solo de lúdicas reacciones sensoriales, o más bien del entorno en el que se cultiva o de la imagen que le adjudicamos para hacer visible, sólido, algo inmaterial?