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La razón de los tontos, ¿Paradoja o prejuicio?

Iron Maiden: estructuras fundamentadas en el rock clásico, tuneadas con una prestancia más atlética que trascendente.

 

FREESTYLE (2011)

La razón de los tontos ¿Paradoja o prejuicio?

Esto es un manifiesto. ¿Cómo acabar con los prejuicios musicales? Ignació Julià atisba una salida. Y teoriza sobre ello recurriendo a Voltaire y Rousseau. Y es que la sabiduría no sabe de prejuicios. “¡Contra la segregación y la impermeabilidad en la música!”. Seamos libres haciendo a la música libre. ¿Odiabas a The Smiths y ahora te gustan? Mejor mirar dentro de ti que en el peso musical del grupo.

Aterriza en mi mesa una antología de la más resistente banda británica de lo que, a principios de los ochenta, se llamó “nueva ola del heavy metal”. A saber, la formación liderada por un espadachín y piloto de aviones intolerablemente chillón, flanqueado en escena por sendos guitarristas dados a las más erizadas filigranas, representados todos ellos por un adefesio de ultratumba apodado Eddie. Pasan las semanas y, pese al tráfico de discos a mi alrededor, el de Iron Maiden se resiste a ser escuchado o en su defecto archivado, regalado o destruido. ¿Curiosidad? ¿Morbo? ¿Desidia? Más bien parte de un proceso personal iniciado tras cruzar la cincuentena, una dieta que llevo tiempo imponiéndome para deshacerme de inútiles prejuicios como la serpiente muda de piel.

Finalmente, necesitando un cambio de registro para sortear el embotamiento de largas, pasionales inmersiones musicales durante un fin de semana, pongo a girar a la Doncella de Acero, a volumen prudente, no sin media sonrisa burlona a modo de vacuna. Y me sumerjo en estructuras fundamentadas en el rock clásico, tuneadas por el grupo a lo largo de las décadas a favor de una prestancia más atlética que trascendente, de una imaginería infantiloide que sostenga el interés de la legión de fans que se hacina en estadios y arenas cuando Iron Maiden emprenden una de sus gigantescas giras. No está tan lejos, en esencia, de otros discos que yacen también sobre mi despacho, pienso. El último de New Christs, me disculpen los puristas del rock subterráneo, por ejemplo. Estos últimos, entregando sustancia menos artificiosa y vistosa, más recóndita y sufridamente interiorizada. En mi opinión, mejor. Pero es solo una opinión, claro.

 
La razón de los tontos, ¿Paradoja o prejuicio?

¿Es tiempo de volver a “The Queen Is Dead” para Ignacio Julià ahora que Morrissey ha logrado ser paria mediático universal?

 

Hombre, ya que estamos de ejercicios espirituales –se dirá el azorado visitante de esta web– y tengo fama de rockero recalcitrante venido a menos, ¿para cuándo una reparación pública de otros grupos extraños a mis gustos y en otros tiempos por mí vilipendiados? Pongamos, ejem, The Smiths. Bien, todo llegará, tiempo al tiempo. Curioso cómo se agrietan los prejuicios con el paso de los años, cuando uno aprende a enfocar su energía en algo más provechoso que endurecer la moldeable identidad, y lo que hace décadas nos parecía infumable hoy regresa menos detestable; un aspecto de ese pasado que menospreciamos ofuscados y que hoy completa el difuso rompecabezas de una época vivida. ¿Y si nos hubiésemos equivocado?, reflexiono mientras leo una reseña de la caja integral de los inefables mozalbetes de Mánchester. Quizá ahora que Morrissey ha logrado con rotundidad ser paria mediático universal, por su absurda comparación de la masacre de Noruega con los matarifes que ponen la hamburguesa en nuestro plato, sería buen momento para volver a “The Queen Is Dead” (1986).

En realidad, todos nos equivocamos, siempre, pues andamos por la vida apoyados en las muletas del prejuicio. Esto, lejos de solidificar nuestro ego como pretendemos, nos enroca aniquilando cualquier vestigio de sentido crítico, tan escaso bien en estos tiempos. Es más fácil, barato y conveniente afianzarse en lo conocido que mirar más allá o intentar ponerse en el punto de vista del otro; quizá por ello nos devuelva el espejo una imagen meridianamente invertida. La voluntad es quien dirige la inteligencia, así lo postuló Aldous Huxley, y cuando esta tiende a la vaga comodidad o sigue una agenda preestablecida, acaba armándose de parcialidades que sustenten los intereses personales, afanes que, huelga decirlo, no siempre son nobles. Algunos creen estar pensando cuando se limitan a reordenar y poner al día sus prejuicios, creencias anteriores a la observación cuando los juicios, certeros o errados, son consecuencia de esta. Decía Voltaire que los prejuicios “son la razón de los tontos” y apostillaba Rousseau que prefería “ser un hombre de paradojas que un hombre de prejuicios”. Disculpad las píldoras de gratuito wikisofismo, pero es infecciosa dolencia el dogma.

La música, quizá la más libre de todas las artes, no escapa a esa telaraña prejuiciosa que la envuelve y sectariza. Las razones son industriales –divide el mercado en compartimentos y aumentan los beneficios–, sociales –un estudio que está por hacer: el de la adscripción a un género o estilo por simple procedencia social, eso tan obvio de circunscribir el heavy a los barrios obreros o ubicar el pop indie entre universitarios– y, ay, directamente mediáticos. No parece posible que Iron Maiden sean tratados en Rockdelux; y los peajes de la ‘Ruta 66’, donde últimamente sí asoman rostros jevis, siguen cerrados a The Smiths, pese a las peticiones de algún lector. Es un escenario que hemos levantado entre todos, el de la segregación y la impermeabilidad. Hemos de estar en un lado o el opuesto, cuando podríamos estar en ambos, olvidando prejuicios para construirnos algo más flexible y satisfactorio llamado criterio. ¿Nace esta pertinaz lacra del sonido puro, que no debería saber de reflexiones intelectuales, tan solo de lúdicas reacciones sensoriales, o más bien del entorno en el que se cultiva o de la imagen que le adjudicamos para hacer visible, sólido, algo inmaterial?

 
La razón de los tontos, ¿Paradoja o prejuicio?

“Lulu” o el inesperado encuentro de Metallica y Lou Reed. ¿Contundente martillo con el que machacar preconcepciones?

 

Buscando la respuesta acudo a “Invisible Jukebox” (Quartet Books, 1998), libro que recoge selectos ejemplos de lo que da de sí una sección habitual en la revista británica ‘The Wire’. Sientan al entrevistado y le ponen una serie de temas musicales sin aportar información sobre ellos, esperando ver si los reconoce o no, pulsando sus filias y fobias, quizá sus prejuicios. A menudo, estas charlas sobre terceros acaban extrayendo más del artista que la inquisición directa acerca de sus intenciones. Steve Albini desprecia a los Beatles afirmando que no siente ningún afecto por la música hippy, pero al escuchar “Helter Skelter” admite que le parece más impetuosa que cualquier tema de Black Sabbath. Mark E. Smith mete en el mismo saco a Neil Young y James Taylor, acusándolos de haber asesinado el rock’n’roll con sus sensibleras “molestias” acústicas; o afirma, en referencia a Morrissey, que “todos los memos sienten fascinación por el nazismo”. El estalinista y el hooligan muestran sus prejuicios, en este caso parte de un cierto atractivo personal. Elvis Costello nunca los tuvo, por eso ha madurado hacia la sabiduría; Lydia Lunch, en cambio, basó su persona pública en ellos y hoy habita la autoparodia.

Sin embargo, entre los encuestados –además de los citados, Paul Weller, Gavin Bryars, Jack Bruce, Sonic Youth, Holger Czukay, John Cale, Neneh Cherry, Philip Glass, Henry Rollins, Robert Wyatt, etc.– se impone la sensación, largamente intuida, de que el músico alberga menos manías que el oyente. Lo escribo mientras escucho por vez primera “Lulu” (2011), el inesperado álbum de Lou Reed y Metallica, contundente martillo con el que machacar preconcepciones. ¿De una vez por todas?

Publicado en la web de Rockdelux el 10/11/2011
Etiquetas: 2010s, 2011, sociedad
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