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La revolución digital, El fin del mundo (conocido)

Ilustración: Luis Bustos

 

FREESTYLE (2002)

La revolución digital El fin del mundo (conocido)

Hay gente que tiene el don de la profecía. Es el caso de Ramon Llubià, quien en este artículo publicado en el Rockdelux 200, en octubre de 2002, se avanzó al futuro diagnosticando la revolución digital y sus efectos. Lean y sorpréndanse. “¿Están cambiando los tiempos?”, decía. “Por supuesto que sí. Si les dicen que el futuro ya está aquí, no se lo crean. Apenas ha empezado”, aseguraba.

Desde internet nos cuentan que los tiempos están cambiando. ¿Será posible? Hagamos una prueba: pregunten en cualquier redacción de publicaciones musicales donde se reciban maquetas. Hace años que solo llegan CDs, la cinta se ha extinguido para la causa. Síntoma: la música lleva años digitalizándose. Diagnosis: estaremos ciegos si no nos damos cuenta de que este fenómeno no solo afecta a su expresión más primaria; también en procesos tan influyentes en las decisiones finales del público como los playlists de las radios, que ya no dependen de posar una aguja en un milímetro preciso de surco, sino de un clic en un ratón. A través de internet hay millones de personas repartidas por todo el mundo que no paran de hacer clics en busca de música.

Hoy en día, lo que escuchamos nos llega en un formato menos físico de lo que cree nuestro subconsciente. Si introducimos un CD en la disquetera de un ordenador y hacemos doble-clic (¡clic, clic!) en la unidad correspondiente del sistema, nos encontramos con una serie de pequeños iconos, puestos ahí por obra y gracia del software para ayudarnos a reconocer las canciones. No son otra cosa que archivos informáticos.

Hasta hace nada, quien quería comprarse un disco que no se encontraba ni a patadas en su ciudad y, a lo mejor, luego prestárselo a un amigo de Estambul tenía pocas opciones que no pasaran por el correo convencional. Pero los archivos informáticos pueden viajar en eso que algunos llaman hiperespacio y en apenas un minuto. En el peor de los casos, unas mil cuatrocientas cuarenta veces más rápido que cualquier empresa de mensajería. Para colmo, la tecnología informática en manos de listillos, desaprensivos o “robin hoods” románticos (que hay de todo) facilita que esos archivos, sin límite, te salgan gratis. Hay quien dice que hacer eso es ilegal porque es “robar”.

¿Cómo afecta todo esto a la producción musical? Facilitando las cosas para el artista, siempre que sepa jugar bien sus cartas. Si en los noventa ya eran muchos los músicos que decidían grabar sus discos en casa, hoy se dan cuenta de que incluso pueden editarla y distribuirla desde el dormitorio. Solo es necesario un ordenador equipado con el software de compresión adecuado y una página web. Vender o regalar el producto ya es cosa de cada uno, igual que la calidad de sonido que se le quiera dar a lo que se lanza a la red. En lo restante, el destinatario puede confiar en que está escuchando la misma música de siempre, porque al fin y al cabo se ha grabado por los procedimientos tradicionales. El proceso creativo no ha cambiado. Según Jorge Otero, cantante y guitarrista de los asturianos The Stormy Mondays, quien lleva años difundiendo su trabajo de esta manera, el único cambio que ha notado es un estímulo añadido: “Estás más ilusionado porque sabes que lo que haces tendrá una salida instantánea”.

 
La revolución digital, El fin del mundo (conocido)

Shawn Fanning creó Napster en 1999. Y millones de personas piratearon gracias a Napster.

 

¿Cómo afecta esto a la industria? De forma fatal, vista la limitadísima capacidad de respuesta de las grandes multinacionales, que en dos años no han sabido reaccionar ante la arrolladora irrupción de una tecnología, la P2P (peer to peer), que facilita el intercambio entre usuarios en línea de una manera tan sencilla como el provocar intercambios de información. El programa “escanea” nuestro disco duro a la búsqueda de archivos susceptibles de ser compartidos con cualquiera que se ponga en contacto con nosotros. Como el propio nombre indica, de puerto a puerto: de terminal a terminal, de individuo a individuo. Y este individuo está prescindiendo de la industria adelantándose al propio artista, el más interesado.

Lo único que ha conseguido la industria es criminalizar al consumidor y a los proveedores de las herramientas P2P. Napster y Audiogalaxy ya son cadáveres. Kazaa, que con cien millones de descargas de su aplicación se ha convertido en la más popular del mundo, está cercada y a punto de caer. Morpheus resiste. Entre tanto, el aficionado le da la espalda a los servicios de suscripción propuestos por las grandes compañías. Pressplay (auspiciado por Warner, BMG y EMI) y MusicNet (Universal y Sony) ofrecen catálogos limitados, son reticentes a permitir el traspaso a CD-R y, claro, son de pago: un dólar por canción, del cual el artista solo percibe un cuarto de centavo. Ante semejante panorama, los propios músicos norteamericanos dijeron que preferían volver a Napster.

Ante la inoperancia demostrada y la complejidad del dilema sobre los derechos de autor, parece que el beneficio del músico pasa por asumir el papel más activo posible. La filosofía del “hazlo tú mismo” llega aquí al extremo. They Might Be Giants, Public Enemy y Ice-T son algunos de los artistas que últimamente han decidido editar sus trabajos autogestionándose a través de internet. Hace dos años, Ice-T explicaba sus razones a la revista ‘Hip Hop Connection’: en ventas tangibles conseguía casi diez veces menos, pero se quedaba con todo el dinero generado. De este modo, le da igual que millones de personas le pirateen gracias a Napster. Llega al mismo público vendiendo menos y ganando más.

 
La revolución digital, El fin del mundo (conocido)

¿Están cambiando los tiempos? Por supuesto que sí. Es el fin del mundo (tal y como lo conocíamos).

 

Los mencionados The Stormy Mondays son un caso distinto. Otero, el cerebro cibernauta de esta banda asturiana que regala todas sus canciones en la red, tiene una estrategia tan sencilla como rompedora: a través de su página oficial, todo el mundo se puede bajar gratis los temas; y si les gustan, tienen la oportunidad de comprar el disco directamente ahí mismo y recibir el CD por correo, con portada, libreto y toda la parafernalia. El precio: ¡6 euros! Asegura que desde que sigue este sistema está vendiendo más que nunca y, por si fuera poco, se ha abierto al mercado internacional. The Stormy Mondays, aunque pocos lo sepan, es la única banda española que ha tocado en Woodstock.

Se abre así un arma promocional inesperada: gratificar al fan. The Offspring estuvieron a punto de provocarle un ataque a los jefes de Sony cuando decidieron regalar el primer single extraído de “Americana” (1998) en su web oficial. El resultado fueron más de diez millones de copias vendidas del LP, lo cual vendría a dar la razón a un estudio de la consultoría Jupiter Media (febrero de 2002) que defendía que la persona que se baja música de internet es, a la postre, el aficionado fiel a la música que se acaba comprando el disco.

Actualmente no hay artista que no avance el primer single de su álbum a través de internet, aunque solo sea en modalidad streaming (no grabable), en páginas oficiales, comerciales o de la propia compañía. Este mismo año, Red Hot Chili Peppers, Coldplay y Beck, entre otros, han ido más lejos y han dejado escuchar sus nuevos LPs íntegros –antes de lanzarlos al mercado– a razón de un tema por día o semana. Y todo el mundo traga. ¿Están cambiando los tiempos? Por supuesto que sí, pero todavía estamos en un incómodo síndrome postraumático. Si les dicen que el futuro ya está aquí, no se lo crean. Apenas ha empezado.

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