Desde internet nos cuentan que los tiempos están cambiando. ¿Será posible? Hagamos una prueba: pregunten en cualquier redacción de publicaciones musicales donde se reciban maquetas. Hace años que sólo llegan CDs, la cinta se ha extinguido para la causa. Síntoma: la música lleva años digitalizándose. Diagnosis: estaremos ciegos si no nos damos cuenta de que este fenómeno no sólo afecta a su expresión más primaria; también en procesos tan influyentes en las decisiones finales del público como los playlists de las radios, que ya no dependen de posar una aguja en un milímetro preciso de surco, sino de un clic en un ratón. A través de internet hay millones de personas repartidas por todo el mundo que no paran de hacer clics en busca de música.
Hoy en día, lo que escuchamos nos llega en un formato menos físico de lo que cree nuestro subconsciente. Si introducimos un CD en la disquetera de un ordenador y hacemos doble-clic (¡clic, clic!) en la unidad correspondiente del sistema, nos encontramos con una serie de pequeños iconos, puestos ahí por obra y gracia del software para ayudarnos a reconocer las canciones. No son otra cosa que archivos informáticos.
Hasta hace nada, quien quería comprarse un disco que no se encontraba ni a patadas en su ciudad y, a lo mejor, luego prestárselo a un amigo de Estambul tenía pocas opciones que no pasaran por el correo convencional. Pero los archivos informáticos pueden viajar en eso que algunos llaman hiperespacio y en apenas un minuto. En el peor de los casos, unas mil cuatrocientas cuarenta veces más rápido que cualquier empresa de mensajería. Para colmo, la tecnología informática en manos de listillos, desaprensivos o “robin hoods” románticos (que hay de todo) facilita que esos archivos, sin límite, te salgan gratis. Hay quien dice que hacer eso es ilegal porque es “robar”.
¿Cómo afecta todo esto a la producción musical? Facilitando las cosas para el artista, siempre que sepa jugar bien sus cartas. Si en los noventa ya eran muchos los músicos que decidían grabar sus discos en casa, hoy se dan cuenta de que incluso pueden editarla y distribuirla desde el dormitorio. Sólo es necesario un ordenador equipado con el software de compresión adecuado y una página web. Vender o regalar el producto ya es cosa de cada uno, igual que la calidad de sonido que se le quiera dar a lo que se lanza a la red. En lo restante, el destinatario puede confiar en que está escuchando la misma música de siempre, porque al fin y al cabo se ha grabado por los procedimientos tradicionales. El proceso creativo no ha cambiado. Según Jorge Otero, cantante y guitarrista de los asturianos The Stormy Mondays, quien lleva años difundiendo su trabajo de esta manera, el único cambio que ha notado es un estímulo añadido: “Estás más ilusionado porque sabes que lo que haces tendrá una salida instantánea”.