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LEONARD COHEN, Bardo inmortal

Morente y Cohen: encuentro lorquiano en la edición de 2008 del festival de Benicàssim. Respeto mutuo. Foto: Liberto Peiró

 

EDIT (2016)

LEONARD COHEN Bardo inmortal

La voz de Leonard Cohen, el judío errante, se apagó para siempre el 7 de noviembre de 2016, a los 82 años de edad. El canadiense dejó como legado una obra musical y poética de inabarcable influencia, que resulta clave para entender la canción de autor y la cultura popular del último medio siglo. Cuando presentó su postrero disco, “You Want It Darker”, dijo que pensaba vivir para siempre. Lo hará a través de sus canciones. Eduardo Guillot se despidió de él con este edit, introducción al especial de 15 páginas del Rockdelux 356 (diciembre 2016) en el que analizamos la vida y la obra del gran seductor.

El amor no tiene cura. Leonard Cohen, el gran seductor, lo sabía. “Ain’t No Cure For Love”, cantó en “I’m Your Man” (1988). Siempre confesó que había empezado a escribir para llamar la atención de las mujeres, sin las que es imposible trazar el recorrido de su obra. De Judy Collins, quien lo animó por primera vez a cantar en directo, a Kelley Lynch, que le estafó varios millones de dólares y lo obligó a regresar a los escenarios. Suzanne Verdal y Suzanne Elrod, Janis Joplin, Marianne Ihlen, Joni Mitchell, Anjani Thomas, Rebecca De Mornay, Dominique Issermann, Sharon Robinson... Compañeras de viaje, cómplices, musas, instigadoras de uno de los repertorios más importantes de la historia de la música popular. Y de la poesía, puesto que en Cohen, como en Dylan, la una no tiene sentido sin la otra.

La aflicción que acarrea su desaparición quizá sí tenga remedio, porque la obra permanece y sobrevive a su creador, pero la muerte de Cohen deja una inevitable sensación de orfandad, porque sus grabaciones recientes aún mostraban a un artista con mucho que decir. La definitiva, “You Want It Darker”, fue un testamento premeditado, como el de David Bowie, otro de los fallecidos en este año aciago. La última voluntad de un gigante que dejaba una parte de sí mismo en cada una de sus creaciones y por eso sufría tanto cuando se veía obligado a exponerlas en público. En 1972, con solo tres discos publicados, el canadiense ya expresó su deseo de abandonar las giras. Su compromiso era tan intenso que desembocaba en agotamiento físico y mental. Tal era su relación con las canciones. De ahí que lleguen tan hondo.

 
LEONARD COHEN, Bardo inmortal

El Rockdelux de diciembre de 2016 incluye un especial de 15 páginas dedicadas a Cohen. Esta columna es su introducción.

 

Su primera vocación fue literaria. Cuatro libros de poemas, así como “El juego favorito” (1963) y “Los hermosos vencidos” (1966), dos novelas fragmentarias y de aliento beat, precedieron a “Songs Of Leonard Cohen” (1967), mayúsculo debut discográfico (“Suzanne”, “So Long, Marianne”, “Sisters Of Mercy”, “Hey, That’s No Way To Say Goodbye”) donde resultaba evidente que había encontrado en las canciones el vehículo perfecto para articular sus emociones y llegar al corazón del oyente. Desde entonces, otros trece álbumes de estudio completan una discografía admirable, de enorme influencia en la evolución de la canción de autor (listar homenajes y versiones ocuparía varias páginas) y tan rica en su descripción del sentimiento amoroso como afilada en su discurso sobre su tiempo, capítulo en el que resulta obligatorio mencionar “First We Take Manhattan” o su magistral recuperación de “The Partisan”.

En 1996, cuando se ordenó monje budista en el monasterio de Mount Baldy, donde había ingresado dos años antes, lo rebautizaron como “Jikan”: Silencio. Curioso nombre para un cantante. Pero adecuado para alguien tan consciente de la importancia de las palabras como de su ausencia, maestro de la pausa dramática, nigromante de los sentimientos.

El destino ha hecho coincidir su muerte con el vigésimo aniversario de una grabación mítica, que le debe una parte importante de su inspiración. Ligado a España por su pasión por Federico García Lorca (así se llama su hija, Lorca) y su afición al flamenco, Cohen fue uno de los pilares sobre los que se sustentó “Omega”, el disco donde Enrique Morente y Lagartija Nick marcaron un hito al inyectar electricidad, heterodoxia y nuevas cotas de emoción a un corpus poético y sonoro que, dos décadas después, mantiene una vigencia de la que solo pueden hacer gala las obras atemporales.

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