Un Leonard Cohen feliz y respetuoso se quitó el sombrero varias veces, reverencial, ante sus finos y competentes músicos, a quienes hizo partícipes y protagonistas de su momento de regreso (y despedida): repitió sus nombres como si de un abrazo emocionado se tratase. No eran gestos banales. También se arrodilló, divertido, ceremonioso, quizás en busca de la luz que iluminase sus ojos cansados ante sus letras de poeta y vividor, con las que tal vez pedía perdón por este mundo feroz que, también a él, lo ha convertido en víctima de la palabra crisis: robado, engañado, tuvo que dejar de lado su cinismo amable rebozado en misticismo y ponerse el mono de obrero para trabajar duro por su dinero, jugándose su salud. Y lo hizo bailando una vida de canciones a ritmo de vals. De vals a vals. De la inicial “Dance Me To The End Of Love” al “Take This Waltz” antes de los extenuantes bises.
Entre agosto y septiembre hemos tenido la suerte de disfrutar del mito en acción en su más extensa gira española, diez ciudades. ¿Es habitual ver a alguien que cumple 75 años a lo largo de tres horas o más de concierto? Imperturbablemente tranquilo, incluso en los segundos previos a su corte de digestión en Valencia, que obligó a suspender su concierto a la cuarta canción (“Bird On The Wire”, donde canta: “He intentado a mi manera ser libre”), supo escoger lo mejor de un repertorio que se ha hecho más influyente con el paso del tiempo. “Gracias a todos por mantener mis canciones vivas. Nuestra intención es daros todo lo que tenemos”, dijo Lenny El Hombre con una seductora modestia. Pero Cohen no es precisamente un tipo cualquiera, como demuestra una carrera rebosante de momentos sublimes que, oídos apropiadamente, han marcado profundamente, también eternamente, la vida de muchas personas.
El año pasado, en Benicàssim, deslumbró con un aperitivo selecto de su repertorio clásico. A los tres días de grabar su magnífico “Live In London”, se presentó en el FIB con diez escogidas canciones. Resultado: “el viejo triunfó en el festival más indie que existe”. Ahora, este verano, en unos conciertos rebosantes de temas, un elegante y entregado Cohen paseó por aquí su magisterio íntegro con el sabor del adiós. Y, por supuesto, impactó de nuevo. Normal, con tantas cicatrices en forma de canciones: de la tristeza absoluta a la ironía más juguetona.
Visto el aparatoso desvanecimiento y, tres días después, celebrado el feliz cumpleaños sobre el escenario en Barcelona, somos nosotros quienes nos arrodillamos para, sonrientes, cantar felices nuestras alabanzas: Lenny, eres Nuestro Hombre. Aleluya. ![]()














