Pronto se apelotonan los habituales expertos y protagonistas secundarios en los ruedos televisivos de la BBC para apuntar hacia una generación desahuciada, huérfana de educación familiar y empujada a la frustrante utopía consumista. Indignados, sí, pero sobre todo ansiosos de manosear gratuitamente lo que les venden a un precio que no merece ser pagado. La muerte de Mark Duggan es solo la excusa para saciarse de todo aquello con que les bombardea la televisión.
Huimos de una Portobello Road desértica a media tarde, con sus tiendas de antigüedades y ropa clausuradas, ingenuamente parapetadas. No hemos logrado visitar la histórica disquería Rough Trade, también cerrada antes de hora para evitar posibles daños colaterales. Reculamos distraídamente al ver a parejas de policías, en rigurosa paridad sexual, conminando a los peatones a buscar refugio y, al ascender de regreso calle arriba, en el pub al que entramos para palpar el ambiente, las camareras andan bajando las botellas de las estanterías para guardarlas en el sótano. Una de ellas apunta sarcástica que hoy no sabía si quedarse en la cama o traerse un garrote al curro. El alcalde Boris Johnson, pintazo de distraído matón escandinavo, afirma que no van a producirse cortes en el transporte público, pero hay unas cuantas estaciones de metro cerradas y cientos de autobuses son desviados de sus rutas. Regresando a nuestro hotelito en Argyle Square, vivimos una pequeña escena de pánico al amontonarse los pasajeros en el sofocante andén de la estación subterránea mientras la megafonía anuncia que hay un convoy parado en el túnel y ya se nos informará cuando se reanude el servicio. “Mind the gap”, por supuesto. Cuando finalmente llega un tren vacío, se llena educadamente, sin apretones ni quejas. Quienes no entran, permanecen tranquilos a las puertas, esperando el próximo, llevándonos a imaginar qué hubiese ocurrido en España ante una situación similar.
La ciudadanía que ha presenciado impotente los disturbios lamenta la inicial pasividad de la policía, a la que observamos montando guardia ante establecimientos, sus escaparates estrellados, huecos de toda mercancía. La respuesta municipal inunda las calles con todos los efectivos disponibles, sin atender a jornadas de descanso ni períodos vacacionales. Lo que no explican al turista accidental es que, entre las fuerzas del orden, también cunde el desánimo: han visto recortados salarios y pensiones en los últimos tiempos, de aquí a 2013 van a sufrir despidos y prejubilaciones, y no han olvidado las condenas por excederse en su labor durante las multitudinarias protestas de 2009 contra una reunión del G-20. Sostienen los analistas que estas han sido las peores revueltas desde las de Brixton en 1995, también espoleadas por la muerte de un arrestado a manos de la policía. Y, sin duda, dignifican por contraste las famosas de la primavera de 1981, de carácter racial, que también se propagaron de Londres a otras ciudades. Muchos se preguntan qué ocurrirá en las calles el próximo verano, cuando Londres acoja los Juegos Olímpicos. El gratuito ‘Evening Standard’ se refocila en sus titulares. “London’s Shame”, acusa.