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Londres arde, tiembla Inglaterra, Pragmáticos y avariciosos

Motines cuya raíz política queda sepultada por la ansiedad que genera la publicidad de imposibles promesas al alcance de todos.

 

FREESTYLE (2011)

Londres arde, tiembla Inglaterra Pragmáticos y avariciosos

Ignacio Julià reflexionó sobre los motines acaecidos en Londres en agosto de 2011 tras la muerte de un taxista durante un enfrentamiento con la policía. Recurrió al revelador disco de PJ Harvey “Let England Shake” como premonitorio síntoma de aquellos altercados y cuestionó los valores de una sociedad volcada con el consumismo.

Sentado a una larga mesa compartida, en el exterior de un pub próximo a King’s Cross, me veo momentáneamente desplazado por un corpulento carpintero. Procede el hombre, entre las chanzas de la clientela de pie en la acera, a tapiar con tablas de madera los ventanales del establecimiento para así evitar que un amotinado ladrillo volador los haga añicos. La algarabía proletaria, densa pinta de London’s Pride en una mano y nicotina a precio de oro en la otra, se ahoga bajo la ululante llamada de los escuadrones de furgonas policiales que, urgentes, transitan Caledonian Road. Se intuye el crepúsculo y las fuerzas policiales acuden en tropel a intentar reprimir los disturbios que una noche más asolarán varias barriadas; la de Camden, en la vecindad de donde andamos congeniando con la parroquia cervecera, fue arrasada anoche. Qué suerte la nuestra, hemos aterrizado en Londres justo a tiempo para vivir de cerca los sucesos disparados por la muerte de un joven taxista en Tottenham, ocurrida el 4 de agosto durante un enfrentamiento con la policía. Nos despierta a medianoche, mientras digerimos en sueños la televisada impunidad de jóvenes encapuchados asaltando las cuevas del tesoro neocapitalista, el alarmante estruendo de los helicópteros. Ya no quieren mejoras sociales o igualdad de oportunidades, un cierto equilibrio de fuerzas que el neoliberalismo ha dinamitado, sino teléfonos móviles, ordenadores portátiles, teles de plasma… de última generación. Y se los agencian en el calor de la noche. Al día siguiente, nuevamente cerrando jornada en el pub, los tablones protectores estrenan un cartel escrito a mano: “Open as usual”.

Quienes, preocupados, nos llaman desde Barcelona para saber de nuestro paradero en este Londres que la difusión mediática a distancia pinta de masiva ola de violencia nos cantan aquella recurrente copla de The Clash: “London’s Burning!”. Pero ocurre que King’s Road ya no es King’s Road, sino pijolandia. Y yo no olvido que el disco que he dejado puesto en casa, tras habérmelo empapado en las fechas previas al viaje, es el reciente “Let England Shake” de PJ Harvey, premonitoria reflexión acerca de la deriva de su país por parte de alguien que, como yo mismo, solo sabe de política desde las entrañas y el sentido común. En su cabreado álbum, Harvey viaja en letras y músicas a la yerma Britania que nos legaron Tony Blair y las guerras de Irak, pero, pese a debatirse entre la repulsa y la fascinación por su tierra, no llega la musa de Yeovil a predecir la sinrazón de estos motines pragmáticos y avariciosos, cuya raíz política queda sepultada por la ansiedad que genera la omnipresente publicidad, promesas al alcance de la mano que, inevitablemente –esa es la regla del juego, claro–, no pueden ser para todos.

 
Londres arde, tiembla Inglaterra, Pragmáticos y avariciosos

Portobello Road, desértica a media tarde, con sus tiendas de antigüedades clausuradas, ingenuamente parapetadas.

 

Pronto se apelotonan los habituales expertos y protagonistas secundarios en los ruedos televisivos de la BBC para apuntar hacia una generación desahuciada, huérfana de educación familiar y empujada a la frustrante utopía consumista. Indignados, sí, pero sobre todo ansiosos de manosear gratuitamente lo que les venden a un precio que no merece ser pagado. La muerte de Mark Duggan es solo la excusa para saciarse de todo aquello con que les bombardea la televisión.

Huimos de una Portobello Road desértica a media tarde, con sus tiendas de antigüedades y ropa clausuradas, ingenuamente parapetadas. No hemos logrado visitar la histórica disquería Rough Trade, también cerrada antes de hora para evitar posibles daños colaterales. Reculamos distraídamente al ver a parejas de policías, en rigurosa paridad sexual, conminando a los peatones a buscar refugio y, al ascender de regreso calle arriba, en el pub al que entramos para palpar el ambiente, las camareras andan bajando las botellas de las estanterías para guardarlas en el sótano. Una de ellas apunta sarcástica que hoy no sabía si quedarse en la cama o traerse un garrote al curro. El alcalde Boris Johnson, pintazo de distraído matón escandinavo, afirma que no van a producirse cortes en el transporte público, pero hay unas cuantas estaciones de metro cerradas y cientos de autobuses son desviados de sus rutas. Regresando a nuestro hotelito en Argyle Square, vivimos una pequeña escena de pánico al amontonarse los pasajeros en el sofocante andén de la estación subterránea mientras la megafonía anuncia que hay un convoy parado en el túnel y que ya se nos informará cuando se reanude el servicio. “Mind the gap”, por supuesto. Cuando finalmente llega un tren vacío, se llena educadamente, sin apretones ni quejas. Quienes no entran permanecen tranquilos a las puertas, esperando el próximo, llevándonos a imaginar qué hubiese ocurrido en España ante una situación similar.

La ciudadanía que ha presenciado impotente los disturbios lamenta la inicial pasividad de la policía, a la que observamos montando guardia ante establecimientos, sus escaparates estrellados, huecos de toda mercancía. La respuesta municipal inunda las calles con todos los efectivos disponibles, sin atender a jornadas de descanso ni períodos vacacionales. Lo que no explican al turista accidental es que, entre las fuerzas del orden, también cunde el desánimo: han visto recortados salarios y pensiones en los últimos tiempos, de aquí a 2013 van a sufrir despidos y prejubilaciones, y no han olvidado las condenas por excederse en su labor durante las multitudinarias protestas de 2009 contra una reunión del G-20. Sostienen los analistas que estas han sido las peores revueltas desde las de Brixton en 1995, también espoleadas por la muerte de un arrestado a manos de la policía. Y, sin duda, dignifican por contraste las famosas de la primavera de 1981, de carácter racial, que también se propagaron de Londres a otras ciudades. Muchos se preguntan qué ocurrirá en las calles el próximo verano, cuando Londres acoja los Juegos Olímpicos. El gratuito ‘Evening Standard’ se refocila en sus titulares. “London’s Shame”, acusa.

 
Londres arde, tiembla Inglaterra, Pragmáticos y avariciosos

Incendio de la planta de Sony en Enfield, donde la distribuidora [PIAS] almacenaba el stock de muchos sellos independientes.

 

Es el Reino Unido una nación proclive a estas explosiones suburbanas, un segmento social de la misma entregado por deporte o embriaguez al llamado “hooliganismo”, como bien sabemos por aquí. Llevan amotinándose los britones desde mucho antes de que, en 1958, la inmigración jamaicana tuviese que pararle los pies a la horda teddy boy en la célebre batalla campal de Notting Hill. Estas útimas escenas de caos y piromanía suscitan, sin embargo, otras connotaciones, más vacuas y vergonzantes. El gobierno de coalición de Cameron lleva meses enfrentándose a constantes fricciones por sus recortes, pero nada presagiaba un huracán social que, finalmente, se saldaría con más de tres mil arrestos. La prensa abunda en nueva terminología: “oportunismo criminal”, “violencia recreativa”. Los cabecillas de los gangs, hace solo unas semanas hostigados por Scotland Yard, aprovechan la coyuntura para dirigir vía sms a sus malotes, uniformados con ropa deportiva de marca, hacia comercios señalados. Y se asaltan restaurantes con estrellas Michelin para sustraerle joyería y gadgets a la clientela. Todo ello cifrado por el slang de la nueva cultura: los tuiteos y llamadas perdidas, los diálogos extraídos de la serie “The Wire”, las tácticas del videojuego “Grand Theft Auto”.

La apostilla para nuestro mundillo musical la proporciona el desgraciado incendio de la planta de Sony en Enfield, donde la distribuidora [PIAS] almacenaba el stock de un centenar largo de sellos independientes que pueden verse duramente afectados, más en esta época crítica para la industria. Algunas de estas discográficas cuentan actualmente con artistas nada minoritarios, sean Arctic Monkeys o Adele, que han visto esfumarse CDs y vinilos, títulos en continua demanda no solo desde pequeñas tiendas especializadas, también desde las grandes cadenas comerciales. Entre otras marcas, han sufrido catastróficas pérdidas XL Recordings, Domino, 4AD, Rock Action y Chemikal Underground. Menos preocupante parece el saqueo a la tienda de ropa Pretty Green, propiedad de Liam Gallagher y suponemos que férreamente asegurada, al contagiarse la fiebre del “gratis total” a Mánchester. Ah, las sagaces compañías aseguradoras, ¿correrán con los gastos de la nada heroica kermesse o morderán nuevamente el menguante erario público? Revoloteaban estos y otros enigmas por mi sesera durante el vuelo de regreso, sintetizados en el recuerdo de una camiseta avistada entre las vulgaridades que suelen ilustrarlas en los mercadillos. La efigie de un impávido Karl Marx y un tajante lema: “Ya os lo advertí”.

Publicado en la web de Rockdelux el 12/9/2011
Etiquetas: 2010s, 2011, Inglaterra, sociedad
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