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Los beneficios del llanto, Risas y penas

“Caminan a trompicones buscando un sitio despejado, siguen llorando de dolor. Un fan llora tanto que conmueve a una chica”.

 

FREESTYLE (2013)

Los beneficios del llanto Risas y penas

De logros y pérdidas. Sobre penas y risas. Lágrimas de tristeza o de felicidad. Jesús Llorente se pone estupendo y, en tres pinceladas temporales, nos hace reflexionar sobre esas circunstancias de la vida que, probablemente, no apreciamos suficientemente cuando se están produciendo, pero que, para bien o para mal, nos marcan indefectiblemente con el paso del tiempo. El llanto como terapia.

Escribía Roberto Bolaño que “las mejores lágrimas son las que nos hacen mejores, y las mejores lágrimas, asimismo, son las que no se alejan demasiado de la risa”. Pero hay lágrimas y lágrimas, como todos –desde Boabdil hasta los protagonistas de estas microhistorias que siguen– saben perfectamente. En la primera estamos en 1989, en la plaza de toros de las Ventas de Madrid. The Cure presenta su disco “Disintegration” y hay una cola que da la vuelta al recinto (que no al ruedo). Los sofocados fans todavía no saben que el concierto va a durar casi tres horas, y que será considerado uno de los mejores en la historia del grupo. Litronas, cardados, maquillaje, miradas que buscan otras miradas –todavía está bien visto mirarse a los ojos–. Tampoco saben que, cuando suena “Push” durante la prueba de sonido, se convierten en únicos testigos, porque luego el grupo de Robert Smith no la incluirá en su repertorio. Cuando abren puertas es tal la avalancha que corre hacia las primeras filas que muchos acaban llorando por los golpes, los empujones, los pisotones y el no poder ocupar un lugar más privilegiado. Mientras se dan la vuelta y caminan a trompicones buscando un sitio despejado, siguen llorando de dolor. Un fan llora tanto que conmueve a una chica que es clavadita a Siouxsie. A ella le parece el colmo de la sensibilidad. Durante “Pictures Of You” no se quitan ojo, y para “Just Like Heaven” ya se están besando. Al terminar el segundo bis, él vuelve a intentar llegar a primera fila y es cuando la pierde para siempre.

 
Los beneficios del llanto, Risas y penas

“Nos partimos el culo de risa”. “En serio, lloramos de risa”. “¿Sabríais distinguirlo?”.

 

Ahora nos trasladamos a Edimburgo y es el año 1986. Un servidor de ustedes tiene 15 años y acaba de aprender a no saber decir que no. Decir que no a una comida en un restaurante de comida rápida junto a sus compañeros de viaje de estudios en Escocia. “Total, para la mierda que te van a dar de cenar en casa”, afirmaban. Decir que no a un suculento banquete al llegar a esa misma casa, donde me iba a hospedar durante las siguientes cinco semanas. Decir que no a volver a salir, a dar la enésima vuelta con los colegas buscando a la enésima chica random. Decir que no a una pinta de cerveza negra. Y a otra, y a otra más, en un momento en el que, por alguna razón, yo parecía tener 18 años aunque no pasase de los 15. Pero no pude negarme a lo que entonces era mi cuerpo cuando, entre arcadas, me sacó por el cuello del pub de turno para llevarme a vomitar a la puta calle. Y allí, con mi camiseta vaquera, mi media sonrisa vaquera y mis vaqueros cortados, eché el alma por la boca y la nariz. Al día siguiente, otros compañeros de estudios con los que charlaba a menos de ochocientos metros de aquel pub me dijeron que justo ayer habían visto a un borracho asqueroso, un hooligan adolescente, potar en la acera. Llevaba una chaqueta igualito que la tuya. “Nos partimos el culo de risa”. “En serio, lloramos de risa”. “¿Sabríais distinguirlo?” (¿será posible que no me reconocieran?), pregunté. “Lloramos tanto de risa que se nos empañaron las gafas. ¿Por qué? ¿Le conoces? ¿Tú también le viste?”. No, yo tampoco vi nada.

 
Los beneficios del llanto, Risas y penas

“Aprendió a lagrimear, a llorar un poco. Tanto ensayo iba por fin a dar su esperado fruto”.

 

Esta columna temática termina con la historia de Iana, una chica que, por un motivo que todavía ella desconocía –y que luego fue definido como algo cercano, pero no exactamente igual, al síndrome de Sjögren–, no podía, no sabía llorar. Ella a ratos quería, pero nada. Cuando cortaba el césped de su jardín y pudo ver cómo su padre era infiel a su madre con una asistenta, deseó llorar y no pudo. Cuando la castigaron injustamente por dejar la cancela abierta y dejar escapar a su perro, quiso llorar y no supo. Cuando los dos bandos enemigos de chavales y chavalas de barrio descubrieron al unísono que era una especie de taimada agente doble, se esforzó para que se le saltaran las lágrimas, pero fue imposible. Y cuando sus padres por fin se divorciaron... bueno, esa es otra historia. Entonces no sintió nada, solo rabia y una pena temblorosa y soterrada como ese aviso de terremoto que notan los reptiles y mamíferos minutos antes que los humanos. Años más tarde, y en un proceso que la hizo sentir como un Conde de Montecristo cualquiera trazando palitos verticales y horizontales en la cárcel en la que había convertido su mundo interior, aprendió a lagrimear, a llorar un poco. Tanto ensayo iba por fin a dar su esperado fruto. Pero para cuando pudo por fin hacerlo, se había convertido en una persona tan mala y tan enferma que ya no conmovía a nadie. Estamos en 2013.

Publicado en la web de Rockdelux el 9/12/2013
Etiquetas: 2010s, 2013, sociedad
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