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Los críticos, Inefables, invisibles

Publicadas en España las memorias de un crítico autóctono, Oriol Llopis, lo cual no deja de causar sorpresa. Por inaudito, claro.

 

FREESTYLE (2012)

Los críticos Inefables, invisibles

Por exceso o por defecto, la figura del crítico musical aparece siempre desenfocada en esa desavenida foto de familia que es la de la “cultura” rock. Eterno blanco de filias y fobias, su crédito tambaleándose asediado por intrusismo y mediocridad, el crítico sigue despertando reacciones polarizadas mientras su función deviene cada vez más imprecisa y, uy, irrelevante. Ni adulación ni negación van a cambiar el hecho de que su futuro resulta ahora mismo peliagudo. Mientras tanto, seguirá habiendo plumas que agiganten y otras que enanicen, opinó Jaime Gonzalo en esta columna.

Suponiendo que serlo signifique ser algo, qué contradictoria la visión que del crítico de rock abrigan los que no lo son. Mitificadora o ninguneante, no parece terciarse término medio en esa enfrentada percepción. Acaban de publicarse en España las memorias de un crítico autóctono, Oriol Llopis, lo cual no deja de causar sorpresa. Por inaudito, claro. No ya solo aquí, donde no se cuentan precedentes, sino en el mercado editorial anglosajón, desacostumbrado también a dicha modalidad literaria. Quizá porque muy pocos rock critics han sabido arrogarse aureola de seudomito. Que recuerde ahora mismo, en la autobiografía solo han incurrido dos de ellos, y una vez desvinculados del oficio. A saber: Julie Burchill y Nick Kent. Alguno olvidaré, pero pocos.

Como cualquier género, el de la rememoración de escribas rock tampoco escapa a aquel aforismo de Jacques Mesrine, autor a su vez de unas vibrantes memorias; no se trata del arma, sino de quién la empuña. Ahorrémonos, pues, el tiempo que malgastaríamos discutiendo su pertinencia. Aunque las memorias son ejercicios masturbatorios de vanidad más o menos soterrada, y no suponernos vanidad a los críticos en un medio tan narcisista como el rock sería de una extrema ingenuidad, debe reconocérsele al memorialista el sacrificio, la renuncia a aquello que decía Nietzsche, “la ventaja de tener mala memoria es que se goza muchas veces de las mismas cosas”. Al menos en lo que a mi generación concierne, el amigo Federico puede descansar tranquilo. Pocos conozco que no hayan practicado consigo la suficiente violencia de género neuronal como para alcanzar a recordar algo sin sorprenderse de lograrlo. Doble mérito así el de esas expediciones al pasado capaces de reordenar las desperdigadas piezas del puzle, rellenar con grava apócrifa los socavones negros y dotar de perspectiva al conjunto. Sinceras o fantasiosas, admiro desde el túnel de mis tinieblas sus habilidades para revivir/fabular gestas y miserias.

 
  • Julie Burchill

  • Nick Kent

En la autobiografía han incurrido, una vez desvinculados del oficio, Burchill y Kent, “enfants terribles” de la crítica inglesa.

 

Reconstruyendo esa escurridiza y se supone que dañada memoria, decíamos, el autobiógrafo pierde la ventaja de la que hablaba el autor de “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, la que le faculta a seguir imaginándose en el futuro, ya que, fijando en palabra impresa una versión definitiva de sí mismo de las muchas que llegó a recrear mientras intentaba evocar algo parecido a la reminiscencia, cierra para siempre la posibilidad de reinventar una vez más su propio recuerdo, que es lo que los demás seguimos haciendo mientras podemos y nos dejan, ya que eso significa que continuamos vivos, segregando todavía materia a re-recordar y mistificar. Teniendo en cuenta que ni siquiera sus memorias les sobrevivirán, no es calderilla el precio abonado por los autores de esos testimonios. Por lo tanto, entendamos también esos testimonios, sobre todo en este país, como un gesto reivindicativo, reconocimiento simbólico de una labor devaluada y poco respetada, la del crítico de rock.

Contrariamente a lo que reza otro de los axiomas de Nietzsche, “la buena memoria es a veces un obstáculo al buen pensamiento”, la mala puede así mismo embotar nuestra razón. Ya que no le es posible hacerlo con la existencia de una prensa rock oficial, se empeña todavía una creencia popular educada en la filosofía fanzinera de los años ochenta en ignorar su quehacer. Cito unos pocos ejemplos, tomados de trabajos más o menos recientes. “El problema del periodismo musical no es que no se haya especializado en músicas de vanguardia, el problema es cuando se especializa en la nada, o en la ignorancia, o se autarquiza”. O “Aquí el punk existió al margen de la prensa musical”. O “A diferencia de ahora, los medios especializados no informaban de géneros como el tecno y la electrónica”. Una simple consulta de hemeroteca basta para desmentir esas obliteraciones y el falso ausentismo que con ellas se le recrimina a la prensa musical “establecida”, y por extensión a los críticos que le daban voz. Que en aquellos tiempos, primeros ochenta, éramos los de ‘Rock Espezial’, hija de ‘Vibraciones’ y ascendiente de Rockdelux.

 
Los críticos, Inefables, invisibles

Los primeros ochenta en España fueron tiempos de ‘Rock Espezial’, hija de ‘Vibraciones’ y ascendiente de Rockdelux.

 

Entre otras razones, porque sumábamos menos y todo resultaba mucho más sencillo, a pesar de o precisamente por vivir todavía en una gruta tecnológica, aspirar a abarcar el totum musical no suponía ninguna entelequia. Peores o mejores, a favor o en contra, con mayor o menor grado de análisis y presencia, las pruebas están ahí, para quien quiera desempolvarlas. ¿Por qué obstinarse en negarlo? Supongo que entonces eran más marcadas las diferencias entre crítico y lector, no como en la actualidad, donde prácticamente toca a razón de un crítico por músico, y se daba una fricción de clases ideológica hoy inexistente. Nosotros, los críticos, detentábamos un teórico poder y éramos la némesis de aquellos que también querían jugar a fabricar ilusiones. No podían emprenderla contra nadie más, los fanzines e independientes de entonces, ya que su razón de ser radicaba en antagonizar a la prensa oficial para justificar la necesidad de su alternativa. Que esa sesgada e inexacta postura se perpetúe a estas alturas parece tan obsoleto como atribuirle al crítico de rock, en el actual estado de cosas, un protagonismo extinguido hace mucho. Músicos, críticos, público, ninguno de nosotros somos ni pintamos ya nada. A lo sumo, considerémonos espectadores contemplando cómo la máquina funciona sola.

Publicado en la web de Rockdelux el 9/5/2012
Etiquetas: 2010s, 2012, periodismo, sociedad
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