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LOU REED, “Berlin” en Berlín

Lou Reed en el heroico combate final que garantiza la eternidad. Foto: Juan Cervera

 
 

FREESTYLE (2007)

LOU REED “Berlin” en Berlín

Lou Reed (1942-2013) nos regaló muchos momentos únicos, grandes discos y canciones para el recuerdo. Entre todos ellos, destacó uno muy especial: su álbum “Berlin” (1973), considerado su cumbre artística. Poco reconocido en su día y alabado con el paso del tiempo, en 2006 Lou Reed se propuso recuperar en directo el espíritu de esta obra conceptual (“quizá el disco más deprimente nunca escrito”, según Lester Bangs) en una serie de conciertos escogidos. El 26 de junio de 2007 llegó al Tempodrom de Berlín: “Berlin” en Berlín. Y allí estuvo Nando Cruz para explicarlo para Rockdelux.

¿De verdad sirve de algo contratar a artistas para que interpreten de cabo a rabo una obra grabada años atrás? En unos casos, su talento está de baja y son incapaces de hallar la chispa de aquellas canciones. En otros, están más en forma que cuando grabaron ese disco, así que el flashback le desmerece. Y a veces, en la formación actual, ni siquiera están todos los protagonistas originales.

Igual es que aún no había dado con ese artista que interpreta el disco adecuado en una noche en la que todo cuadra. Hasta hoy la excepción más aproximada era la reconstrucción de “Pet Sounds” (y luego “SMiLE”) por parte de Brian Wilson. Pero incluso aquellos proyectos presentaban grietas. La fundamental: el autor era un convidado de piedra, ficticio director de orquesta de un montaje manejado por otros, que, pese a cantar, mostraba visibles problemas de conexión con el mundo real.

Lou Reed ha dado una verdadera razón de ser al sospechoso invento. En 1973 publicó “Berlin”, un disco despreciado por su compañía y azotado por parte de la crítica –aunque el tiempo lo ha situado donde merece: es un habitual de las listas de los discos más importantes de la historia; sin ir más lejos, Rockdelux ya lo eligió el mejor de los años setenta (ex aequo con “What’s Going On” de Marvin Gaye; ver Rockdelux 43) y el número 21 entre los mejores del siglo XX (ver Rockdelux 200)–. Ahora Lou Reed se toma la revancha llevándolo a escena. La venganza, sin duda, es una justificación en sí misma y ante ella treinta y cuatro años de retraso son un incalculable aliciente. Pero es que, además, el neoyorquino ya lo había planeado como “una película para los oídos” y había esbozado la puesta en escena de ese disco conceptual sobre la fatal relación de dos yonquis que vivían “en Berlín, junto al muro”.

El muro ya cayó, pero él aún tenía una cuenta pendiente y empezó a saldarla en el St. Anne’s Warehouse de Nueva York con cinco pases (en diciembre de 2006), a los que siguieron tres más en Sídney (en enero de 2007) y, por fin, una gira europea con fechas en Holanda, Bélgica, dos en Alemania, tres en Inglaterra, tres en Francia, cuatro en Italia y ninguna en España. La representación en el mismo Berlín se prometía como la consumación definitiva de ese plan largamente olvidado.

 
LOU REED, “Berlin” en Berlín

La representación de “Berlin” en Berlín se prometía como la consumación definitiva de una cuenta pendiente.

Foto: Juan Cervera

 

Calificado por Lester Bangs como “quizá el disco más deprimido nunca escrito”, no se puede decir que “Berlin” conserve hoy tal honor; el concepto de “disco deprimido” entró pronto en una espiral de superación sin límites. Pero treinta y cuatro años después sí encabeza otra categoría, la de disco maldito. “Berlin” es el paradigma de obra incomprendida en su día a la que el tiempo ha convertido en un clásico. Y su puesta de largo se ha ejecutado con un derroche de medios impropio de un músico habituado a faenar en austero formato de cuarteto: doce niñas del New London Children’s Choir, sección de cuerdas y vientos, Tony “Thunder” Smith a la batería, Fernando Saunders y Rob Wasserman a los bajos y contrabajos, Rupert Christie a los teclados, la cantante Sharon Jones (finalmente suplida por Katie Krykant) y, atención, Steve Hunter, el guitarrista que participó en la grabación del disco.

Los paneles decorados con papel pintado por Julian Schnabel y unas filmaciones de tangencial refuerzo narrativo daban un aire teatral (no muy determinante) al concierto. Aún menos justificada es la dirección musical de Hal Willner, teniendo en cuenta que el guion se cerró hace tres décadas y que su autor está vivo y puede retocar las piezas si le viene en gana. Y, de hecho, el único cambio se produjo justo al inicio del concierto: el coro entonó el estribillo de “Sad Song” anunciando lo que se avecinaba.

Lo más sorprendente del concierto del pasado 26 de junio fue lo muy nervioso que estuvo Reed durante esos primeros minutos. Con la vista fija en las dos pantallas que le chivaban las letras, por primera vez en años no era él quien decidía el rumbo de la noche; ese rumbo venía ya marcado y él debía ajustarse. Por ejemplo, tenía que volver a encontrar el momento adecuado en que pronunciar, con lúgubre sequedad, los primeros versos de “Berlin”, la pieza titular. Qué placer verle sufrir.

“Lady Day”, como casi todo el concierto, sonó clavada al original: tensa y monumental. La recreación del sórdido ambiente del disco tuvo a Hunter como gran protagonista: no solo calcó la textura de su guitarra, sino que asumió numerosas improvisaciones instrumentales que alargaron el concierto hasta más allá de la hora; el disco no llega a los cincuenta minutos. También las secciones de vientos y cuerdas lucieron al máximo, acentuando el toque soul de unas piezas y el cabaretero de otras; conjugando aquella rara mezcla de épica y derrota que transpira el álbum (luego dieron nuevo lustre a los bises: “Sweet Jane”, “Satellite Of Love” y “Walk On The Wild Side”).

 

Un “Berlin” a la altura del mito con Steve Hunter, Rob Wasserman, orquesta y coros.

Fotos: Juan Cervera

 

Pero cómo olvidar ese coro al que Lou Reed animaba de vez en cuando con una mirada cómplice. Sí, hubo algo de perverso en la imagen de las doce niñas aguardando estoicamente su turno mientras un señor de 65 años hablaba de un hombre enganchado a una mujer que le va a dejar (“Caroline Says I”) o de qué sientes cuando la droga entra en ti (“How Do You Think It Feels”). Precisamente por eso el momento clave de la noche fue ese en que, tras la escena de violencia doméstica (“Caroline Says II”) y la retirada de la custodia de los niños (“The Kids”), ellas cantan “oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, what a feeling” desde la piel del hombre que describe el raro placer que le provoca ver la cama donde se ha suicidado su pareja (“The Bed”).

En ese coro de cándidas voces se podría resumir la gran victoria de Reed sobre su época. Y ese es el máximo encargo que debe atender el artista. El neoyorquino ha enarbolado muchas veces esa actitud hostil a las convenciones sociales, pero también ha flaqueado en muchas otras, pues esta es una lucha extenuante como la vida misma. La gira, servida como la más fría de las venganzas, da sentido definitivo a su longeva carrera y, también, a todo un modo de entender el arte. Y cuando puedes lograr algo tan importante, mirar atrás sí tiene verdadera, innegable y absoluta validez artística.

La primera y devastadora crítica que publicó ‘Rolling Stone’ sobre “Berlin” profetizó el fin de su carrera. Pero esta vez el autor ha sobrevivido a su obra maldita. La contracrítica que publicó la misma revista meses después decía: “La belleza no tiene nada que ver con el arte; ni el buen gusto, ni los buenos modales ni la moral”. Lou Reed ha demostrado que una obra tildada de ofensiva, sucia, suicida y fea también puede sobrevivir a cualquier juicio. Porque el arte no es inocente ni culpable. No tiene leyes que cumplir ni ética a la que atenerse. Existe en sí mismo. Al margen. Esta gira no era una maniobra nostálgica para subsistir unos meses más. Es el heroico combate final que garantiza la eternidad al vencedor.

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