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MARK KOZELEK, Ese hombre

El proceder despótico de Kozelek sobre un escenario... y fuera de él.

 
 

FREESTYLE (2014)

MARK KOZELEK Ese hombre

Como extensión del artículo publicado en el Rockdelux 329 (junio 2014), Jesús Llorente abrió el debate sobre la personalidad de Mark Kozelek y buscó las opiniones de algunos músicos (Fernando Alfaro, J, Manu Ferrón, Guille Mostaza, Carlos Díaz Lorenzo y Abel Hernández) que han sido y siguen siendo fans de las canciones del ex Red House Painters... a pesar del irrespetuoso (y generalmente habitual) comportamiento del norteamericano sobre el escenario. ¿Será verdad que no es labor del crítico juzgar la calidad humana del artista? Veamos. 

A raíz del artículo sobre Mark Kozelek publicado en el último Rockdelux –en el que analizo la relación entre ser humano y artista como vela que se quema por ambos extremos– me surgieron nuevos interrogantes, aparte del clásico miedo a haberme quedado corto o excederme demasiado. No es fácil contar tu verdad, tu experiencia íntima con quien tiene muchas caras e innumerables cruces; sobre todo, cuando, como bien me comentaba Fernando Alfaro, “depende del carácter de cada uno si toda esa exigencia –la de ser autor a tiempo completo, tal y como te ven tus fans– te vuelve un gilipollas huraño o, si por el contrario, tienes como motor artístico la compasión (o comprensión) por tus semejantes, o adoptas la tercera vía, la de Bowie, y te esfuerzas por mostrarte educado y encantador”.

“He conocido a muchas personas fascinantes; otras, del gremio o no, que no han aportado absolutamente nada a mi vida; algunos otros, no muchos, solo han traído mezquindad. Prefiero haberlos conocido a todos, porque prefiero saber a no saber” (Manu Ferrón)

¿Por qué nos fascina la vida de gente como Bob Dylan, Robert Johnson, Nacho Vegas o Morrissey? ¿Es que pretendemos desenmascararlos? ¿Cómo es posible que Robert Smith firmase “Disintegration” (1989) mientras veía partidos de fútbol en la tele? ¿Se entiende que un témpano emocional como Nick Drake compusiese canciones tan cálidas y que hayan influido a tantos cantautores? En efecto, el mismo artista en ruta que llama a los vascos “salvajes” (porque en un restaurante de Pasaia hay una especie de piscifactoría donde pescan los platos de la carta y los cocinan ipso facto para ti) es capaz de cantar algo tan intenso que te lleva a las lágrimas. Y no hay dilema moral que valga. La comunicación es tan apabullante como inevitable. Si en derecho penal hay que amar al delincuente pero odiar el delito, aquí estamos ante una materia diametralmente opuesta.

J (Los Planetas) cree que la música “tiene que explicar la verdad, una verdad que es el reflejo de una conciencia cultural, que viene de siglos; yo tenía muchas ganas de conocer la realidad cuando era joven y estudié Sociología, y cuando comprendí que los sociólogos no son capaces de explicar la realidad social, solo una parte pequeña, entonces me dediqué a la música”. Pero cuando –por ejemplo– cimentas tu carrera en contar en tus canciones lo complicado que resulta estar en tus zapatos y lo mucho que necesitas contacto humano… ¿qué puede pensar un fan cuando le tuerces la cara? “Lo que yo cuento en mis canciones no va sobre lo mal que lo paso o mi necesidad de contacto; mis canciones van más por la necesidad de cariño que tiene el que las está escuchando y cómo se siente él. Por supuesto que yo lo necesito, pero no uso la música para buscar cariño y comprensión, sino para expresar ideas que considero correctas, buscar una especie de comunión, empatía, un nexo cultural indispensable para poder comunicarme con una comunidad de gente con la que comparto una cierta visión del mundo. Esa es la función del trabajo que hacemos”

En la reseña del concierto que escribió David Saavedra en el Rockdelux 322 con que arrancaba mi texto original, aquel nos contaba sobre uno de sus conciertos que “duró 105 minutos, aunque las partes estrictamente musicales se redujeron a no mucho más de la mitad de ese tiempo. El resto del mismo se dedicó, básicamente, a comportarse como un capullo integral”. El proceder despótico de Kozelek sobre un escenario le afectaba. A mí también. Pero extrapolando la cuestión a un plano más general, parece ser que no es una opinión muy popular en el gremio:

 
MARK KOZELEK, Ese hombre

En el concierto del 15 de octubre de 2013 en El Sol, Madrid, Mark Kozelek “se dedicó, básicamente, a comportarse como un capullo integral”, escribió David Saavedra en el Rockdelux 322.

Foto: Alfredo Arias

 

(Manu Ferrón): “He conocido a muchas personas fascinantes; otras, del gremio o no, que no han aportado absolutamente nada a mi vida; algunos otros, no muchos, solo han traído mezquindad. Prefiero haberlos conocido a todos, porque prefiero saber a no saber”.

(Fernando Alfaro): “De Sinatra dicen que era bastante cabrón, hasta el punto de intentar hacer matar a su biógrafa por destapar sus vínculos con la Mafia. Y me encanta oírlo cantar”.

(Guille Mostaza, Ellos): “No me arrepiento de la gente que he conocido. Aunque luego me caigan mal, siempre se aprende”.

(Carlos Díaz Lorenzo, El Faro): “Te puedo decir que a mí, por el momento, nunca me ha salido bien eso de conocer a un ídolo. Llámalo grandes expectativas, o échale la culpa a la persona por dejarse comer por el personaje, pero hay discos que nunca volveré a escuchar igual después de haber compartido ‘backstage’, escenario o unas cañas con alguno de los intérpretes del mismo”.

(J): Soy muy admirador de Morrissey; aunque eso no quiere decir que comparta todas sus posiciones. Pero en su obra puede verse hasta qué punto es extremo, radical, irónico... Muchas veces, cuando leo declaraciones supuestamente suyas con cosas que no comparto, lo suelo achacar a que los periodistas no saben transmitir la información que Morrissey quiere dar. Me fío mucho más de Morrissey que de la prensa, porque sus canciones me han descubierto verdades absolutas que no conocía antes de escucharlas”. 

“Creo que es normal dedicarte a hacer una serie de obras que los demás admiran, contemplan. Incontables personas lo han hecho durante siglos y eran normales, aunque otros colectivos gremiales no entiendan la naturaleza de su trabajo” (J)

(Abel Hernández, Migala/El Hijo): “En esos casos en que me he enterado de alguna circunstancia que jode el inevitable proceso de idealización del músico, mi consideración hacia su obra sufre, claro. A veces entra en ‘shock’. Al mismo tiempo, suelo poner en cuarentena la información con forma de rumor que llega sobre personas con las que no tengo un trato directo. Me viene también a la cabeza cuando he leído lo que algunos biógrafos dicen sobre Lennon, sobre su tendencia a tener la mano larga, por decir algo, y aprovecharse de su condición (alguno insinúa que hasta pudo ser causante de algún suceso grave). Sin duda, me conmociona leer algo así sobre el autor de ‘God’, pero no considero que haya accedido a quién era Lennon de verdad. Y sé que ‘mi’ Lennon es una cadena de trucos. Pero no sé hasta qué punto uno hace un pacto cobarde con esa ilusión”.

Y yo pregunto: ¿se puede ser “normal” cuando eres consciente de que hay gente llorando, bailando, follando o creando mientras escucha tus discos? Es decir, sabemos que el arte expresa una verdad (y que la verdad no equivale necesariamente a la realidad), y que ficción y autobiografía pueden combinarse de forma magistral (si es que algo así se pretende). Por “normal” entiendo a alguien que se comporta con naturalidad, sin bipolaridades extremas, fiel a aquello que nos hace humanos (compasión, empatía, proyección hacia el futuro, evitar el daño ajeno, ponerte en el lugar de otros…). Guille Mostaza no es el único en cuestionarme ya de base: Se puede ser normal, anormal y subnormal. ¿Qué es ser normal? Que alguien nos lo explique”. J confiesa que “lo de ser normal es como preguntar si se puede ser médico y ser normal. A lo mejor es menos frecuente, pero creo que es normal dedicarte a hacer una serie de obras que los demás admiran, contemplan. Incontables personas lo han hecho durante siglos y eran normales, aunque otros colectivos gremiales no entiendan la naturaleza de su trabajo”. Y Manu Ferrón mete el dedo en la llaga: “¿Se puede ser normal?, ¿qué es ser normal? Cuando hago canciones no pienso en el uso que la gente va a hacer de ellas. Como mucho, fantaseo con la idea de que vayan a ‘utilizarlas’ constantemente. Como les dé la gana, eso sí. Por lo demás, insisto: confío en la inteligencia y sensibilidad del prójimo, creo en su capacidad para leer entre líneas y para administrar un hipotético encuentro, o desencuentro, conmigo”.

En “I Watched The Film The Song Remains The Same”, de “Benji” (Sun Kil Moon, 2014), “hay un instante en el que su voz se vuelve más dulce, casi al principio de cada estribillo. Y se te pone la piel de gallina. Podrías perdonarle todo”, asegura Jesús Llorente.

En realidad, mi consulta tendría que haber sido: “¿En qué casos piensas que ese dilema ético (imagina a un Goebbels firmando ‘Pet Sounds’, o a Michael Stipe matando ancianitos) es insoportable para ti tanto como autor como en tu papel como consumidor?”. ¿Es lícito plantearte un problema moral al saber que un ídolo es un cretino, un fascista, un homófobo o te provoca vergüenza ajena al verle como espectador? ¿Qué es lo que hace que un artista esté en cierto modo por encima del bien y del mal y no nos deba preocupar su particular forma de ser? Abel Hernández está de acuerdo conmigo en que “quizá siempre (a veces de manera inconsciente) ficción y autobiografía se unen en la obra final, pero todo ello está expresado mediante una creación que trata de provocar una ilusión. Intentar conocer el truco que hay detrás de un número de magia no invalida al mago, más bien invalida al espectador que rompe su pacto de ilusión. Bueno, algunos magos, como Dylan, por ejemplo, han decidido romper ellos mismos ese pacto, y separar claramente su personaje de su persona. Y han pagado su precio por ello”. Y Fernando Alfaro confiesa que “en mi caso, ese exhibicionismo autobiográfico no ha sido en absoluto motor de mi música. Uno siempre cuenta su propia experiencia, ¿cómo no?, pero, en general, he buscado siempre una especie de distanciamiento literario, utilizando la ficción, las mitologías propias o la tercera persona, para intentar contar todo esto que nos está pasando”.

“Compartí uno o dos conciertos en su día con él hace mucho tiempo, quince o dieciséis años, por el sur de España. Diría que en las horas que pasé con él en las mismas habitaciones no me gustó, su trato no fue grato y no simpaticé con él. Cosa que tampoco me sorprendió. Pero en ningún caso me atrevería a decir que conozco, ni siquiera un poco, a ese tipo” (Abel Hernández)

Volviendo al origen de este apéndice al artículo sobre Kozelek, les pondré un ejemplo particular. Cada vez que sentí que debía tragar sapos y culebras a la hora de alabar su obra, cada vez que la balanza pesaba más del lado de los malos recuerdos, siempre que volvía a caerme antipático, llegaba al tema “I Watched The Film The Song Remains The Same” de “Benji” (Sun Kil Moon, 2014). Hay un instante en el que su voz se vuelve más dulce, casi al principio de cada estribillo. Y se te pone la piel de gallina. Podrías perdonarle todo. Como hicieron Mojave 3, superando el bache de conocer al maestro gracias a su sentido del humor, dedicándole la pieza “Krazy Koz” tras compartir una gira con Red House Painters en la que, por lo visto, “él no aceptaba un ‘no’ por respuesta”.

Mojave 3: “Krazy Koz”.

Su carisma es tan arrollador como el de esos tiranos a los que la gente ha seguido hasta la muerte, como Alejandro Magno o Adriano. Épica, poesía, culto a la personalidad y un mundo inseguro donde te sientes a merced de los caprichos del gran líder. Manu Ferrón afirma que he asistido a varios conciertos suyos y he presenciado algún comportamiento despótico con su banda. También he leído y escuchado muchas historias acerca de su forma de ser y actuar. Ninguna de ellas causó en mí más impresión que su talento como compositor e intérprete, ninguna me conmovió como me conmueven sus canciones”. Abel Hernández concluye con un apunte biográfico y una reflexión sobre su último elepé que suscribo palabra por palabra: “Lo más que puedo decir es que compartí uno o dos conciertos en su día con él hace mucho tiempo, quince o dieciséis años, por el sur de España. Diría que en las horas que pasé con él en las mismas habitaciones no me gustó, su trato no fue grato y no simpaticé con él. Cosa que tampoco me sorprendió. Pero en ningún caso me atrevería a decir que conozco, ni siquiera un poco, a ese tipo. Ni mucho menos si es honesto o no, o si es mala persona. En cuanto a su música, lo que más me interesa de todo lo que ha hecho es su último disco, a pesar de que no es mi rollo ni me decanto por obras confesionales. Creo que parte del poderío de ‘Benji’ está, precisamente, en cómo trabaja artificialmente con su sinceridad, dándole forma como un orfebre a la inmediatez, a la coloquialidad, a la sencillez musical, hasta convertirlo en poesía. O sea, si me parece honesto no es como persona (no lo conozco) ni porque me cuente su vida, sino por cómo maneja ese artificio mayúsculo que supone escribir una canción confesional y coloquial sobre asuntos de la vida propia para luego hacerla pública”.

Y ya no tengo nada más que decir.

Publicado en la web de Rockdelux el 10/6/2014
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