Antes incluso de la caída del Muro de Berlín, el proceso globalizador había arrancado ya en el mundo de la cultura. La industria musical comenzó a crecer de forma progresiva en torno a un muy lucrativo negocio discográfico más preocupado por crear éxitos de ventas que por dar fe de lo que acontecía en la música popular del momento. Eso fue lo que propició el nacimiento de escenas independientes (grupos, sellos, radios, publicaciones...) que representaban una alternativa al mercado dominante. Si a ello sumamos el desencanto que a uno y otro lado del Atlántico habían desencadenado las políticas de Reagan y Thatcher, esos dos simpáticos personajillos, el resultado fue el de un nuevo y necesario panorama con bandas y pequeñas compañías en las que, de forma más o menos explícita, se adivinaba algún grado de compromiso ideológico.
Han pasado casi treinta años y las cosas han cambiado (empeorado, básicamente), pero creemos que este puede ser un nuevo punto de inflexión. Parte de aquella escena independiente ha sido fagocitada por la gran industria, pero ahora esta se ha dado cuenta de que no tiene comida suficiente para alimentar al monstruo que ha creado y sus cimientos se tambalean. La codicia, primar el rendimiento económico sobre la calidad y la proyección a largo plazo, la especulación con un soporte realmente barato de fabricar como el CD... Todo ello ha desembocado en esta situación. La burbuja, también en este caso, ha acabado por estallar.