Ahora resulta fácil, casi automático, entender la relación de Morente con el flamenco como un compromiso auténticamente fiel, como un pacto inmarchitable, como una muestra de amor incondicional. De amor o de amistad, pues bien parece que el flamenco encontrase en Morente al amigo ideal: el que lo llevó a vivir las mejores aventuras y las experiencias más fascinantes, el que lo condujo a los lugares más emocionantes e inesperados. Morente rodeó al flamenco de lo mejor que conocía. Lo puso al lado de Cervantes y de Leonard Cohen, de San Juan de la Cruz y de Sonic Youth, de Miguel Hernández y de Lagartija Nick, de Rafael Alberti y de Pat Metheny, de Machado y de Antonio Vega, de Las Voces Búlgaras y de Los Planetas. Y por supuesto de Picasso, última obsesión infinita del Ronco del Albaicín. “El barbero de Picasso”, una película de Emilio Ruiz Barrachina, era su actual proyecto, llevado a cabo hasta el último momento, el día previo a ingresar en el hospital. Ese quejío, último y profético, que gritó junto al “Guernica” (máxima expresión plástica y simbólica del dolor de un pueblo) llevaba años gestándose en las entrañas de Morente.
Se acabó el milagro de estar vivo. Morente era divertido, afectuoso, campechano, amigable, generoso. Estar con él era una fiesta continua, llena de risas, travesuras y ocurrencias. Siempre dispuesto a tomarse unas copas, “porque no es lo mismo hartarse de copas que estar borracho”. Amigo de sus amigos y amante de la noche, tal vez Morente ha sido el último bohemio puro, la última estampa de una forma de llevarse la vida por delante con ingenio, talento y alegría. Una de las cosas que más duele de su ausencia es la insoportable certeza de no volver a escuchar su voz en vivo. Por ese motivo la recopilación de sus directos (los dos ya publicados y un tercero en barbecho) se antoja ahora tan necesaria como aliviadora. Resulta imposible decirle adiós, y uno siempre piensa que ya habrá otra ocasión. Pero no, ya no la hay, de modo que se hace el silencio. Pero suena su voz, y vuelve a sonar. Y de nuevo, por un momento, se hace el silencio. Y vuelve su voz, y con ella la luz. Y se marcha el silencio.
Unas semanas antes nos dejaba otro genio entre bambalinas, en medio de un silencio incomprensible, abrumador, general, descorazonador: Mario Pacheco, artífice pionero y sin par de la expansión del flamenco y de su apertura estilística y hasta moral. Con Morente y con Mario se van el arte esencial del maestro genuino y la labor entusiasta del aficionado leal, el talento y la pasión, el fuego y el espejo. No es extraño que Morente fuese el primer artista al que pretendió fichar Mario Pacheco para su mítica discográfica. Eran dos zumbados, dos visionarios que utilizaron nuevos medios para revolucionar artes antiguas.
La pérdida es tan grande, ha sido 2010 tan maldito (que comenzó con el adiós de otro grande, Fernando Terremoto), que el reciente y largamente anhelado reconocimiento del flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad se antoja, como poco, paradójico. Si alguien tuvo el aire para hacer volar el flamenco por el mundo y convertirlo en universal y en patrimonio verdadero de los hombres fue, precisamente, Enrique Morente. Y si hubo alguien en la sombra, engranando el mecanismo de la difusión del flamenco, no fue otro que Mario Pacheco.
Gracias a ambos, hoy la voz del flamenco se expande, y no se apaga, y ya es imposible callarla. 