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MORENTE & MARIO PACHECO, Luz y dolor

El recuerdo de Enrique Morente y nuestra hecatombe emocional.

Foto: Óscar García

 
 

FREESTYLE (2011)

MORENTE & MARIO PACHECO Luz y dolor

Un Gabriel Núñez Hervás emocionado recordó a Morente en este obituario libre publicado en Rockdelux a raíz de la muerte del cantaor, acacecida el 13 de diciembre de 2010. Por supuesto, no se olvidó de Mario Pacheco, fallecido pocos días antes, el 26 de noviembre. Gracias a ambos, hoy la voz del flamenco se expande, y no se apaga, y ya es imposible callarla.

La muerte de Enrique Morente, genio eterno y universal, ha generado a partes iguales llanto y asombro, pena y pasmo: parece mentira que se haya muerto alguien tan lleno de vida. Morente es llorado por el flamenco y por el rock, por la tradición y por la vanguardia, por la música y por la poesía. Y hoy se llora, se habla y se escribe como él cantaba, con el alma triturada. El arte verdadero nace de la experiencia del dolor. Y por eso ahora este dolor vuela y genera aún más arte. El flamenco, etimológicamente, proviene de dos palabras árabes: falah y mencub, que significan campesino sin tierra, despojado. Así nos parece que nos quedamos sin Morente: desahuciados, sin nada, puros flamencos. Hay tristeza y hay impotencia, somos hoy potros de rabia y miedo. Pero nos queda la memoria, y su legado torrencial, apabullante. La fecundísima y generosa herencia de un artista inagotable, de ese cantaor que afirmaba no tener identidad. Si, como afirmaba el maestro en el clip que le grabó el pasado mayo el realizador francés Vincent Moon, “el duende es el misterio del poder de transmisión del flamenco”, ¿puede todavía dudar alguien del duende de Enrique Morente?

Morente era categórico: “Si el flamenco está con la incultura y con la bufonería, no me interesa”. Su actitud abierta y honesta, su apuesta decidida por emparentar el flamenco con la cultura y la sabiduría y su infatigable batalla contra la ignorancia le granjearon crueles ostracismos y abundantes enemigos. No fue cosa de un día. Los prejuicios duraron décadas y fueron muchas las traiciones y los desaires. No era fácil soportar a quien se atrevía con todo, a quien abrió las puertas del flamenco a generaciones enteras, a quien osaba soñar “con un cante jondo, puro, cantado en inglés”. Su peculiar e incontinente humor, esa ironía gestada en la bendita mala follá, le ayudaba a encajar los golpes: “Las personas, todas, no somos absolutamente buenas ni absolutamente malas… aunque algunos hijos de su putísima madre sí que hay sueltos por ahí”.

Decir que Morente se ha ido cuando estaba en su mejor momento parece arriesgado, pues han sido muchos sus años de inspiración y genio, pero lo cierto es que se le notaba pletórico, lleno de energía y de ideas, capaz de llevar adelante los proyectos más dispares al unísono y con resultados cada vez más sorprendentes. La incontestable obra que había ido forjando durante casi medio siglo admitía ya pocos reparos. La magnitud de su arte hizo recular a sus detractores más fanáticos. Y en la hora de su muerte parecía haber una unanimidad que era muy sospechosa para los que conocieron las puñaladas que recibió. Entonces fueron brotando los elogios y se rindieron los adjetivos: Enrique Morente, alfa y omega del arte flamenco, voz de nuestro tiempo, signo y faro, luz reveladora, poliédrico, firme, visceral, creador, conquistador, renovador, único, urgente, travieso, fulgurante, verdadero.

 
MORENTE & MARIO PACHECO, Luz y dolor

El misterio de la transmisión del arte: el duende. Foto: Vincet Moon

 

Ahora resulta fácil, casi automático, entender la relación de Morente con el flamenco como un compromiso auténticamente fiel, como un pacto inmarchitable, como una muestra de amor incondicional. De amor o de amistad, pues bien parece que el flamenco encontrase en Morente al amigo ideal: el que lo llevó a vivir las mejores aventuras y las experiencias más fascinantes, el que lo condujo a los lugares más emocionantes e inesperados. Morente rodeó al flamenco de lo mejor que conocía. Lo puso al lado de Cervantes y de Leonard Cohen, de San Juan de la Cruz y de Sonic Youth, de Miguel Hernández y de Lagartija Nick, de Rafael Alberti y de Pat Metheny, de Machado y de Antonio Vega, de Las Voces Búlgaras y de Los Planetas. Y por supuesto de Picasso, última obsesión infinita del Ronco del Albaicín. “El barbero de Picasso”, una película de Emilio Ruiz Barrachina, era su actual proyecto, llevado a cabo hasta el último momento, el día previo a ingresar en el hospital. Ese quejío, último y profético, que gritó junto al “Guernica” (máxima expresión plástica y simbólica del dolor de un pueblo) llevaba años gestándose en las entrañas de Morente.

Se acabó el milagro de estar vivo. Morente era divertido, afectuoso, campechano, amigable, generoso. Estar con él era una fiesta continua, llena de risas, travesuras y ocurrencias. Siempre dispuesto a tomarse unas copas, “porque no es lo mismo hartarse de copas que estar borracho”. Amigo de sus amigos y amante de la noche, tal vez Morente ha sido el último bohemio puro, la última estampa de una forma de llevarse la vida por delante con ingenio, talento y alegría. Una de las cosas que más duele de su ausencia es la insoportable certeza de no volver a escuchar su voz en vivo. Por ese motivo la recopilación de sus directos (los dos ya publicados y un tercero en barbecho) se antoja ahora tan necesaria como aliviadora. Resulta imposible decirle adiós, y uno siempre piensa que ya habrá otra ocasión. Pero no, ya no la hay, de modo que se hace el silencio. Pero suena su voz, y vuelve a sonar. Y de nuevo, por un momento, se hace el silencio. Y vuelve su voz, y con ella la luz. Y se marcha el silencio.

Unas semanas antes nos dejaba otro genio entre bambalinas, en medio de un mutismo incomprensible, abrumador, general, descorazonador: Mario Pacheco, artífice pionero y sin par de la expansión del flamenco y de su apertura estilística y hasta moral. Con Morente y con Mario se van el arte esencial del maestro genuino y la labor entusiasta del aficionado leal, el talento y la pasión, el fuego y el espejo. No es extraño que Morente fuese el primer artista al que pretendió fichar Mario Pacheco para su mítica discográfica. Eran dos zumbados, dos visionarios que utilizaron nuevos medios para revolucionar artes antiguas.

La pérdida es tan grande, ha sido 2010 tan maldito (que comenzó con el adiós de otro grande, Fernando Terremoto), que el reciente y largamente anhelado reconocimiento del flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad se antoja, como poco, paradójico. Si alguien tuvo el aire para hacer volar el flamenco por el mundo y convertirlo en universal y en patrimonio verdadero de los hombres fue, precisamente, Enrique Morente. Y si hubo alguien en la sombra, engranando el mecanismo de la difusión del flamenco, no fue otro que Mario Pacheco.

Gracias a ambos, hoy la voz del flamenco se expande, y no se apaga, y ya es imposible callarla.

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