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MORENTE, Su evangelio profano

Los cuatro Evangelistas:
Florent, Antonio, Eric y J.
Ilustración: Sonia Pulido

 
 

FREESTYLE (2016)

MORENTE Su evangelio profano

A los veinte años de aquella conmoción que extrajo belleza de la crispación, revivió “Omega” (1996), aquel accidentado encuentro histórico entre Enrique Morente y Lagartija Nick que el tiempo ha convertido en emoción. Santi Carrillo recordó en este artículo al genio y su evangelio.

Hablé pocas veces con Morente, cortas conversaciones telefónicas al respecto de alguna consulta simple que él me hacía: si era apropiado tocar en tal festival o si aquel homenaje de grupos indies en el que lo querían involucrar era algo que mereciese la pena. Fue tras el contacto que establecimos antes y después de su participación en la fiesta del veinte aniversario de Rockdelux en La Riviera (Madrid) el 23 de noviembre de 2004. Con el soporte, espléndido, que le proporcionó The Rockdelux Experience, orquesta-banda formada para la ocasión y dirigida por un prometedor pero ya afianzado Raül Fernandez, Morente interpretó el visionario “Pequeño vals vienés (Take This Waltz)” que había unido a Federico García Lorca con Leonard Cohen para la posteridad en “Omega” (1996), escogido sexto mejor álbum español del siglo XX en el Rockdelux 223, el número extra que dio pie a aquella noche tan especial.

Morente, que había renunciado a una actuación para estar presente en la efeméride, detuvo los preliminares de su disco “Morente sueña La Alhambra” (Virgin-EMI, 2005) y se unió a la pequeña gran constelación de estrellas que participaron en el evento como uno más. Pero Morente, por supuesto, no era uno más. Era, por encima del resto de grandes allí convocados, el más grande de todos. No hubo tiempo para preparar el tema que cantó y, entre dudas, saltándose la letra, reconstruyéndola a su modo, y tapando el vacío con improvisados arabescos, su predisposición, carisma y experiencia cubrieron soberanamente el expediente. Ya se había disculpado ante los músicos en los instantes previos, en un miniensayo que intentó fijar posiciones y donde se olvidó de una parte del texto. Morente, sencillo, enorme, ¡¡pidiendo perdón!!: cosas veredes...

Aquel momento sublime por único, ribeteado en la parte final por la emoción de una nerviosa Elena Morales, voz de la Rockdelux Experience que no podía creerse poder cantar con y junto a su ídolo, quedó documentado para siempre en el CD que se regaló con el Rockdelux 231. Juzguen ustedes el resultado. Cuando acabó el concierto, en camerinos, celebrando la fiesta, Morente se relajó entonando “Summertime” con Raimundo Amador a la guitarra y J. M. Baldomà “Baldo”, teclista de la Experience, al acordeón.

No descubro nada nuevo; se ha dicho muchas veces antes por todo tipo de espectadores privilegiados de la vida de Enrique y su entorno familiar y profesional, pero es absolutamente cierto: Morente (humilde) no parecía lo que en realidad era (un genio). Y aunque Oscar Wilde sentenció que no hay verdad más profunda que la apariencia, Morente, desde la suya, dictaba la verdad absoluta del arte verdadero, sin tonterías. El arte de la música trascendental.

Qué injusto es todo, casi siempre. Porque ese final tan abruptamente inesperado, el 13 de diciembre de 2010, fue un golpe bajo que nos demostró una vez más que Dios no existe. Una desgraciada gran broma final para un laico como él que cantaba con devoción a los místicos y en las catedrales, el hombre que ofreció un nueva lectura, sobrecogedora, de la “Misa flamenca” (Ariola, 1991) y que, con sorna y apego a las tradiciones culturales, confesaba: “Soy un asqueroso ateo, pero me da coraje que se haya perdido la costumbre de rezar que nos enseñaban nuestras madres”.

El legado de Morente, que en sus últimos años volvió al flamenco puro y duro, aunque en realidad nunca lo había dejado porque abría todos sus conciertos por derecho, por mucho que luego se fusionase en el escenario libremente con Lagartija Nick, las Voces Búlgaras o quien fuese, había abierto una inesperada puerta de reencuentro con las raíces a una escena rock y pop mucho más joven, deseosa de aprender del maestro. Así fue, y en sus colaboraciones en “El fuego amigo” (2005) de Sr. Chinarro, en “La leyenda del espacio” (2007) y en “Una ópera egipcia” (2010) de Los Planetas, entre otras intervenciones transversales, prorrogó el sueño infinito de la cumbre nunca superada de “Omega” –en esencia, segunda parte de la revolución que supuso “La leyenda del tiempo” (1979) de Camarón– para instalarse en el altar de la memoria de un público indie despierto, curioso, receptivo.

 
MORENTE, Su evangelio profano

¿Lo más significativo de su choque con el rock? “Que muchísima gente joven, en festivales como el Primavera Sound o el de Benicàssim, se acerca al flamenco. Para mí eso es lo más grande, lo más bonito”. Foto: Joan Tomás

 

Morente era el hombre que confesaba, orgulloso pero modesto, que lo más significativo de su choque con el rock era “que muchísima gente joven, en festivales como el Primavera Sound o el de Benicàssim, se acerca al flamenco. Para mí eso es lo más grande, lo más bonito. Y a la inversa: en el mundo flamenco, ha supuesto reivindicar la libertad, romper con las mentes dogmáticas, esas que siempre están salvaguardando los cánones del cante. Por supuesto que los cantes hay que aprenderlos como son, igual que si vas al conservatorio aprenderás qué es una tercera o una quinta disminuida; pero todo eso no es más que una herramienta para luego hacer lo que uno sienta, libremente”.

La orientación psicodélica flamenca de Los Planetas se debió, entre otras cosas, a los consejos de Morente, quien animó a J a indagar en un camino que el osado rey del indie también empezaba a sentir como suyo con el fin de que la densidad habitual de la música del grupo, el magma dopante de sus reflexiones tóxicas, derivase en una especie de psicodelia jonda con raíces autóctonas.

Y de ahí a los póstumos Los Evangelistas, un paso. Un Lagartija Nick y tres Planetas  (de los cuales uno también había sido Lagartija Nick, formando parte del hito “Omega” que todo músico querría haber vivido) se reunieron para rememorar la esencia sagrada del maestro. El dream team formado por Antonio Arias, Eric Jiménez, J y Florent –con la hija pequeña de Morente, Soleá, a la voz en dos temas, y la mujer de Enrique, Aurora Carbonell “La Pelota”, a los coros en uno de ellos– tomó el repertorio morentiano para mostrarlo al mundo de otro modo. “La ausencia de Enrique está resultando muy inspiradora, precisamente porque intentas superarte y suplir ese vacío”, dijeron Los Evangelistas cuando se publicó su ofrenda. Y añadieron: “La intención de este disco es dar a entender lo que ocurre cuando desaparece alguien a quien admiras y a quien quieres. Este disco es el reconocimiento del gran artista que es Enrique, de su huella tan profunda y de ese vacío tan grande”.

El largo recorrido artístico de Morente se merecía un tributo sagrado que perpetuase su recuerdo y reflejase su ambición infinita, su curiosidad inabarcable, más allá de su voz. Y “Homenaje a Morente” (2012) fue una proyección de lo que siempre habría querido Morente que quedase de sí mismo, de su obra, de su aventurada carrera. Porque lo suyo era enseñar, crear, convertir, crear afición. En definitiva, evangelizar. “Escuchar este disco es como entrar en misa: o te sales de primeras o te jodes hasta que te dan la hostia”, dijeron Los Evangelistas de su rendición incondicional al legado de Morente, en una definición perfecta que encajaría todavía más, si cabe, con lo que en su día supuso “Omega”.

Volvamos, pues, a él en este veinte aniversario que ha incluido reedición, documental y conciertos. Volvamos a Morente, siempre en el recuerdo.

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