La voz torcida, como el vuelo de un pájaro extraño, era, es, la voz de Enrique Morente. Hace poco vi en televisión, o en lo que queda de ella, el documental “El barbero de Picasso”. Enrique Morente torcido en el plano, tirado en el suelo del Reina Sofía, ante el Guernica. Enrique Morente alzando la voz torcida hacia las reverberantes catacumbas del propio museo o de un pozo granadino. O cantando y retorciendo corazones desde un escenario, torciendo la voz, modulando la melodía hasta lo imposible y el escalofrío. Confieso ahora mismo que soy un casi absoluto ignorante, por lo menos en lo que se refiere a flamenco. Parafraseando al aludido Jorge Ilegal, era como: “El flamenco (el trabajo, decía la canción) es sagrado: por eso no lo toco”. El flamenco es sagrado. Pero Morente, y por supuesto Camarón, siendo probablemente las mayores figuras del flamenco de los últimos, yo qué sé, cincuenta años, han hecho muchísimo más que nadie por acercar esta música torcida a nuestros profanos corazones. Música torcida, sí, la música que intentó torcer el destino que aplastaba a una raza, y luego a un pueblo. Como el blues, sí. Siento repetirlo, pero es verdad: el flamenco es otra música de voces y de dedos retorcidos sobre unas cuerdas de guitarra. ¡Y qué guitarristas, por Dios!
El argumento de los entendidos es que Morente, como Camarón, era, es, un renovador: un heterodoxo. Y a los heterodoxos voy a dedicar yo esta columna torcida en lo sucesivo, si Dios y los jefes lo permiten. Así son los personajes, las personas que he ido invocando, y así seguirán siendo. Y creo que lo haré desde la heterodoxia y con la voz torcida. Está claro el valor que un heterodoxo, un espécimen único, tiene en el arte. Pero también la heterodoxia, en dosis más o menos grandes, es necesaria en el pensamiento, incluso en la política e incluso en la economía. Para escapar de esta especie de monolítica simetría que algunos, demasiados, parecen adorar. O cuando menos, aceptar. Esa simetría es la muerte. Y a pesar de la teoría antropológica de que la simetría de los rasgos, por ejemplo faciales, es síntoma de bondad genética que atrae al sexo opuesto, algunas de las mujeres más atractivas que he conocido, tenían, tienen, desviación de columna. La columna torcida. 