Juan Vitoria, periodista musical y propietario de la tienda de discos Amsterdam de Valencia, defiende en este artículo que el formato disco aún no ha dicho su última palabra y pone en duda el protagonismo del MP3.
Ilustración: Pepo Pérez
Juan Vitoria, periodista musical y propietario de la tienda de discos Amsterdam de Valencia, defiende en este artículo que el formato disco aún no ha dicho su última palabra y pone en duda el protagonismo del MP3.
En las semanas previas a la preparación del número especial del 25 aniversario de Rockdelux (felicidades, amigos) recibí un e-mail de Nando Cruz proponiéndome una serie de preguntas sobre mi idea de cómo se desarrollaría el futuro de la música en cuanto a formatos, para su artículo titulado “La industria musical española diez años después del tsunami”. Todo vino porque Mark Kitcatt, de la distribuidora ¡Pop Stock!, le había dicho a Nando que Amsterdam era una de las tres tiendas de discos que mejor funcionaba en este país.
Unos días después de responder a las preguntas que Cruz me hizo a través del correo electrónico, él mismo me dijo que no las iba a incluir en su reportaje, por cuestión de espacio. Me pareció correcto: Nando es amigo y puede hacer con mis conclusiones lo que a él le parezca, teniendo presente que el artículo es suyo. Pero no todo estaba tan claro como parecía, porque mis respuestas no se acomodaban a la idea de dicho artículo y, dicho sea de paso, a la idea global sobre los formatos discográficos que rezuma todo el número de aniversario de Rockdelux. Una visión que parece pesimista, porque hace falta ser muy mentecato para aseverar que el mejor formato es el MP3, cuyo sonido está muy por debajo de lo mínimamente exigible. Que va muy bien para echarse unas carreras o para el gimnasio, pero que, desde luego, con un equipo en condiciones su prestación es LAMENTABLE. Y no me cuadra que la revista no haya hecho hincapié precisamente en eso, algo de sobras conocido en los medios.
Desde luego, no venía bien que en ciertos grupúsculos se resaltase un hecho tan cierto como la supuesta desaparición del formato físico en las grandes superficies. Y es que en algunas tiendas de discos especializadas de todo el mundo la venta está mostrando signos esperanzadores, no solo por el regreso del vinilo, sino por el hecho de que algunas de las generaciones más jóvenes se empiezan a dar cuenta de que tener un disco duro repleto de millones de canciones solo sirve para degustar la música a borbotones, sin calidad ni cualidad. Unas minorías que destacan por descubrir que a la postre no tienen nada y que el manido formato físico es una obra de arte en sí misma, con un peso específico cultural que adquiere valor con el paso de los años, aunque este sea tan solo sentimental, algo que en un mundo tan vulgar y maquinal como el que nos está tocando vivir ya es suficiente.
¿Que ha cerrado Tower Records? ¿Que el Fnac cada vez vende menos? ¿Que las multinacionales se tiran de los pelos por haber exprimido sin compasión la industria? Pues que les jodan, por burros. Esas macrotiendas han estado haciendo chantajes a las compañías para conseguir que sus grupos tocaran gratuitamente a cambio de unas compras de sus productos y para ocasionar el mayor daño posible a las tiendas pequeñas que siempre han estado al lado de ese tipo de músicos. No sé si existían unas decenas de Towers en los Estados Unidos; lo que sí es cierto es que han abierto miles de tiendas pequeñas, más que las que cerraron (que lo hicieron por no saber acomodar el paso de un formato a otro, o incluso volver al antiguo). Muchas tiendas de discos están vendiendo más ahora que hace dos años. ¿Cómo se explica esto? Fácil: porque mucha gente está volviendo a la realidad de la música, una realidad que interrelaciona el arte de una portada, los créditos, letras y cualquier apósito que decora la propia música sin tener que recurrir a la pantalla de turno (que, por cierto, emite ondas nada beneficiosas para el ojo humano). No sé, pero creo que todavía hay quien prefiere ir a un museo para ver un cuadro que observarlo a través de una pantalla.
Recuerdo que hace muchos años, cuando se estrenó “2001: Una odisea del espacio” (1968) de Stanley Kubrick, aparecía una escena en la cual los astronautas, a la hora de la comida, sacaban unas pastillas con las proteínas y sabores del pollo, ternera, verduras... Entonces se dijo que era premonitorio para el futuro. Cierto, lo era: hay millones de personas en el mundo que consumen pastillas (barritas se les llama) sustitutorias en lugar de alimentos comunes. Esas marcas –Bi-Century y no sé cuántas más– se están forrando. Pero la comida natural no desaparece: puede que haya gente a la que le guste el sabor real de las cosas (o que no estén tan tarados como otros, que buscan atrofiar el estómago para no engordar).
Y no he hablado de coleccionismo, otra historia desde luego, porque no hay nada comparable al estremecimiento que se siente cuando se topa de bruces con una joya que buscabas, si lo comparamos con meterte por las orejas unos pinganillos y darle al botón... patético. Estamos de acuerdo en que hablamos de minorías, pero son las mismas que consumen Rockdelux en lugar del ‘Hola!’; esas minorías que suelen tener la razón, al contrario que esas mayorías adocenadas, manipuladas y vulgares que decoran un estado en declive, culturalmente se entiende.
Y pienso que hay que ser muy tonto para pagar por algo que se puede tener gratis, o en todo caso, si hay que pagar, querríamos lo más bonito; además de que el sonido digital nunca, nunca, superará al analógico, por mucho que se empecinen y por muchos malabarismos que intenten hacer. Y no es anclarse en el pasado: es ciencia probada, pura y dura.
El MP3 es llevadero, pero nunca puede ser el futuro, no tiene calidad suficiente. Evidentemente, hemos ido de mal en peor: de los amplificadores de válvulas pasamos al sonido digital y ahora acabamos en compresiones de baja calidad. No es de extrañar, pues, que haya una renovación del espíritu vital del vinilo, que puede que sea testimonial, pero no hay que negar su presencia.
Claro, entiendo que viviendo en un país tan pacato como este, donde la picaresca sigue teniendo un papel preponderante en nuestras vidas, los españolitos prefieran gastarse su dinero en cogorzas antes que en cultura, pero siempre están esos que se salen por la tangente, precisamente esos que compran revistas como Rockdelux en lugar de deglutir las publicaciones gratuitas, generalmente con una falta de rigor que asusta; esos que suelen ir a la sala de cine real, en lugar de descargarse películas de la red como posesos; esos que, inevitablemente, van a seguir comprando discos, ese objeto de nuestra cultura que todavía no ha dicho su última palabra. ![]()