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MUHAMMAD ALI, Bigmouth strikes again (1ª parte)

Ilustración: Juanjo Sáez

 
 

ME, MYSELF & I (2002)

MUHAMMAD ALI Bigmouth strikes again (1ª parte)

Muhammad Ali (1942-2016) fue la gran leyenda del boxeo, pero también uno de los mitos más incontestables del siglo XX. Gracias a su gran personalidad, se convirtió en emblema de su tiempo, en referente más allá del mundo del deporte y en icono de la cultura popular. Presentamos en dos partes este homenaje de Santi Carrillo –escrito en 2002, cuando se estrenó en España la película de Michael Mann “Ali”– al deportista más importante de la historia: Cassius Clay-Muhammad Ali, personaje único que boxeó, con un estilo inigualable, en la edad de oro de los pesos pesados. Además, mostró una azarosa vida que dejó huella en los convulsos años sesenta; fue el protagonista de un gesto social a la altura de las leyendas: renunció a su título mundial por negarse a acudir a la Guerra de Vietman. Con el paso del tiempo, el aura de Ali como mito y emblema fue engrandeciéndose.

Un Muhammad Ali luminoso y radiante fue el centro del universo, el hombre que revoloteaba como una mariposa y picaba como una avispa: un peso gallo de noventa kilos. Ahora Ali es víctima del párkinson, consecuencia de los muchísimos golpes recibidos por los mejores pesos pesados de su tiempo –la edad de oro de los grandes pesos– en una carrera tristemente más extensa de lo aconsejable, hasta 1981, al borde de los 40. Enganchado al dinero, no supo cumplir su promesa: “Me sabré retirar a tiempo”; el único error, catastrófico, del boxeador más hábil de todos los tiempos: la constatación de que la historia del boxeo es una historia de hombres rotos, un deporte indefendible y cruel que, además de ilustrar a golpes la carencia absoluta de oportunidades, atonta el cerebro y deja secuelas físicas irreversibles... Pero, reconozcámoslo subjetivamente, existe una belleza terminal en él que en ocasiones trasciende la propia lucha. Con Muhammad Ali ocurrió.

Ali ha sido, probablemente, el deportista más importante en un siglo XX donde la sentimentalización en torno al deporte ha ido cotizando al alza progresivamente, también como metáfora social. Envuelto en un aura de gran actor que irradiaba magnetismo, alteró el orden natural de las cosas para convertirse en el boxeador más controvertido y carismático que ha existido. Cambió de religión y de nombre para declararse libre, agitar conciencias e irritar por igual a racistas blancos y a la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color.

Ahora, a los 60 años, Ali pasa el tiempo junto a su cuarta esposa, Lonnie, quince años más joven, en una finca al sur de Michigan que, dicen, perteneció a Al Capone en los años veinte. Se dedica a realizar buenas obras, visitar hospitales, rezar cinco veces al día, esperar el día del Juicio Final y pensar en el paraíso, alejado ya de la oscuridad del discurso separatista de la Nación del Islam que él acogió en los sesenta como un gesto político de afirmación racial.

Con los músculos rígidos y su expresión petrificada, el párkinson ha afectado lo que más le identificaba: el habla, esa arma arrojadiza, a la altura de su talento, que le procuró tantos momentos de gloriosa hilaridad, con esos ridículos poemas en verso que retrataban su ingenio y esas pugnas verbales que retaban sus propios temores y lo acercaban a las cumbres del triunfo. “Después de tanta chulería, lo que la gente quería es que me machacasen, y ese era mi problema. Si perdía, lo menos que iban a pedir era que me expulsasen del país. No me quedaba más opción que ganar”. Se sabe que los boxeadores están solos, la suya es una humillación ante millones de testigos.

Ali se topó con un modelo de boxeo rancio, heredado de personajes como el veterano Archie Moore (figura de referencia en decadencia), el temible Sonny Liston (el negrazo malo) y el sensible Floyd Patterson (el negro bueno), a quienes se enfrentó y derrotó. Por aquel entonces, Cassius Clay, recién llegado de ganar la medalla de oro de los semipesados en los Juegos Olímpicos de Roma 60, puso en marcha su estrategia de marketing al declararse insistentemente el más guapo y el más grande ante quien quisiera oírle. Nadie se lo tomó muy en serio, pero empezó a correrse la voz de que Cassius era lo nunca visto.

 
MUHAMMAD ALI, Bigmouth strikes again (1ª parte)

El boxeador estadounidense Cassius Clay había puesto en marcha su estrategia de marketing al declararse insistentemente el más guapo y el más grande ante quien quisiera oírle. Aquí, en 1963.

 

Coincidió con los Beatles en Miami en 1963: “No sois tan estúpidos como parecéis”, les dijo Clay. “Nosotros no. Tú, en cambio, sí”, respondió Lennon con su cinismo habitual... antes de sonreír y aligerar la mirada profunda de Clay. Eran fenómenos paralelos de un cambio generacional inminente.

Después de 19 victorias en sus primeros combates profesionales, le llegó la oportunidad de luchar contra Sonny Liston, “el oso feo y grandón”, como lo definió Clay en público en una muestra de su incontenible charlatanería.

A Sonny Liston, un armario en movimiento y, probablemente, el antecedente más claro del modelo Mike Tyson, intentó derrotarlo antes de que subiera al ring con sus atrevidas acciones de acoso y derribo psicológico, que tuvieron sus cimas en el recibimiento con insultos a Liston en el mismo aeropuerto de Miami y en las histéricas fanfarronadas en la ceremonia de pesaje, hasta entonces inéditas en el mundo del boxeo. Se creó así una fama de desconcertante actor que le reportó más de un beneficio: en su descarnado tercer combate contra Frazier en 1975, el del desempate, “La Batalla de Manila”, empezó a tambalearse hacia atrás, y Frazier no se atrevió a aprovechar esa ventaja porque dudó; ¿realmente estaba tocado, como así era, o simplemente estaba interpretando uno de sus habituales numeritos de burla al contrario?

Para Sonny Liston, Clay solo era un bocazas; no se lo tomó en serio; se entrenó a medio gas. Para la opinión pública, Clay era un demente, un fanfarrón, un chulo, pero nunca, por supuesto, el futuro campeón del mundo de los pesos pesados. Pero lo cierto es que Ali era el espécimen físico más perfecto de su tiempo. Para el combate, un experimental Ali tenía su estrategia preparada: ocultarse tras un baile plástico letal para su oponente, cansándolo y desfondándolo ante el asombro del mundo. “Tenía que andarme con cuidado, que no me tocara. ¡Yo sabía muy bien que iba a conmocionar el planeta!”. Salió bien; a pesar de que, después de su impotencia a la altura del tercer asalto, Liston dio órdenes de que, a escondidas, le untaran los guantes con un aceite que producía escoceduras y que, como consecuencia, dejó ciego a Ali, quien, desesperado, estuvo tentado de abandonar. Angelo Dundee, su experimentado entrenador, lo instó a no perder su gran oportunidad: “Sal ahí y no pares de correr”, le dijo. Eso hizo. Manteniéndose en movimiento y abrazándose a Liston, superó su ceguera momentánea en un quinto asalto dantesco y dejó a Liston sin argumentos. Tiró la toalla después del sexto y permitió a Ali entrar en la gloria. “¡Soy el rey del mundo! ¡Ahora os tragáis vuestras palabras!”, retó desde las cuerdas a todos los periodistas deportivos que lo habían ninguneado. “¡Soy lo más grande que ha habido nunca!”, gritó. No lo era todavía, pero lo acabaría siendo. Ese día, el 25 de febrero de 1964, en Miami Beach, ante 8.297 espectadores, nació la leyenda.

En su conferencia de prensa matinal posterior Clay confirmó que era miembro de la vehemente Nación del Islam. ¿El mensaje? Adiós al modelo de boxeador negro complaciente a lo Joe Louis; solo Cassius Clay, ahora ya Muhammad Ali, iba a ser el único responsable de su religión y su negritud. Pero no fue exactamente así: su relación fraternal con su mentor Malcolm X, con quien compartió una profunda amistad, fue deteriorándose al tomar Ali partido por el núcleo duro de los Musulmanes Negros, por Elijah Muhammad y su guardia pretoriana de corruptelas y folclorismos dentro de la Nación del Islam.

El 25 de mayo de 1965, en la gran revancha entre Muhammad Ali y Sonny Liston, el KO en trayectoria ascendente contra la sien de Liston, el famoso golpe del ancla aprovechando una pérdida de equilibrio de Sonny, entre el primer y el segundo minuto del primer asalto, situó a Ali, definitivamente, en la cumbre.

Viajó dos meses por África (Egipto, Nigeria y Ghana), donde ya saboreó su fama de héroe internacional. Precisamente allí, en un encuentro fugaz, triste y humillante, renegó de un cada vez más moderado y universalista Malcolm X, también de viaje por África camino de La Meca después de su expulsión de la Nación del Islam. Asesinado el 21 de febrero de 1965 en pleno speech público en uno de los momentos clave de la década, Ali no manifestó ninguna condolencia por la muerte de Malcolm X. Fue una muestra del orgullo excluyente que practicó también con el mítico excampeón Joe Louis, a quien primero despreció para después, ya en su decadencia, acabar ayudando.

En enero de 1966 se separó de Sonji Roi, su primera mujer y probablemente su gran amor, también presionado por los Musulmanes, que no veían con buenos ojos a una infiel desprejuiciada y descarada, con quien prácticamente se inició en el sexo, “capaz de ilustrar el Kama Sutra en todo su esplendor”. Así fue como, al mismo tiempo que tomaba partido por su vocación de musulmán negro, se despertaba en él una curiosidad sexual desbordante que se contradecía, primero, con su poca experiencia con las mujeres hasta conocer a Sonji y, después, con el estricto cumplimiento de la ley islámica a la que se sometió. Ali, haciendo su lectura particular del asunto, batió todas las marcas mundiales en este terreno, aunque siempre evitó a las mujeres blancas por una rara moralidad racial tan estúpida como vehemente.

La revancha con Liston, prevista para noviembre de 1964, tuvo que aplazarse seis meses; Ali tuvo que ser operado de una hernia inguinal que, inconscientemente, se provocó él mismo: el miedo de enfrentarse a un Liston, esta vez sí, suficientemente preparado. Las cosas jugaron a su favor. En el intervalo de tiempo, un Sonny Liston más veterano perdió el ritmo y no pudo sostenerse al límite. El KO en trayectoria ascendente contra la sien de Liston, el famoso golpe del ancla aprovechando una pérdida de equilibrio de Sonny tras un intento fallido contra la mandíbula de Ali, el “golpe fantasma”, entre el primer y el segundo minuto del primer asalto, situó a Ali en la cumbre. “¡Levántate  y pelea, desgraciado!”. Un Liston grogui se puso en pie tras un cronometraje excesivo y confuso. La pelea siguió, pero un cronista deportivo hizo saber al árbitro que aquello debía terminar porque habían transcurrido más de los diez segundos reglamentarios. Así fue, aunque quedó para la historia el rumor de que los Musulmanes Negros habían tratado de intimidar a Liston y de que este se “había tirado”, chismorreo que hizo correr algún miembro del hampa de Chicago en un interrogatorio policial.

Después llegaría la recalificación de sus pruebas de aptitud en el ejército para obligarlo a ir a Vietnam. En un principio, se le atribuyó un coeficiente intelectual muy por debajo de lo requerido (“He dicho que soy el más grande, no el más listo”), pero con la guerra en marcha se consideró suficiente. Reaccionó con celeridad: “No voy a pelearme con el Vietcong ese. ¿Cómo se atreven a pedirme que me vaya a quince mil kilómetros de casa a tirarles bombas a los vietnamitas amarillos mientras aquí a los negros se les trata como a perros?”. Bajo constante vigilancia del FBI, su mensaje de sublevación impactó en la gente joven, sobre todo entre los afroamericanos. El gobierno le retiró el pasaporte y, a la postre, la decisión de no acudir a filas le costó su título: se vio apartado del boxeo durante tres años y medio, entre abril de 1967 y octubre de 1970, en el apogeo de su vida pugilística…

(Se puede leer la segunda parte aquí)

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