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MUHAMMAD ALI, Flotó como una mariposa, picó como una abeja

Se adelantó a los Black Panthers con el lema “I’m black and I’m pretty”. Pero también patinó en decisiones controvertidas.

 

EDIT (2016)

MUHAMMAD ALI Flotó como una mariposa, picó como una abeja

Guapura, debate público, irreverencia y dinero dibujaron el cuadrilátero del atleta –más que boxeador–, activista social 
e icono pop del siglo XX Muhammad Ali (1942-2016). Fallecido el 
3 de junio, a los 74 años, peleó todo lo que pudo por su gente y por la paz. En 1975, la balada reggae “Black Superman (Muhammad Ali)” de Johnny Wakelin & The Kinshasa Band pregonaba: “He moves like the black superman / and calls 
to the other guy / I’m Ali / catch me if you can”. Miquel Queralt le rindió honores con esta despedida.

Salta a la vista que Muhammad Ali no es un tipo cualquiera. Ali es producto nato de la segregación. El discurso de “soy el más guapo, el más fuerte, el más grande” y, en particular, el “vamos a romperlo todo”, como repetidamente se escucha en el documental “Cassius, el grande” (William Klein, 1969), arranca desde muy temprana edad.

Resulta fácil, pero no lo es, convenir que quien ha sido símbolo de una lucha desproporcionada contra la segregación racial haya sido capaz de luchar cuerpo a cuerpo contra el Parkinson, un trastorno neurodegenerativo crónico de origen desconocido, que le fue detectado en 1984, tres años después de su retirada deportiva.

De una manera u otra, Cassius Clay debió saber qué ocurrió en 1955 en Montgomery, Alabama, cuando Rosa Parks se negó en redondo a ceder su asiento en un autobús a un blanco. Clay, ya Ali, dio un paso definitivo en 1967 cuando dijo no a su alistamiento, con destino a Vietnam. El sistema racista que lo juzgó se amedrentó y prefirió no ejecutar la sentencia de cinco años de cárcel. Pero lo apartaron, de nuevo, esta vez, de su pasión y su pan: prohibido boxear.

Resulta retórico señalar que Ali se hizo a sí mismo. De lo contrario nunca hubiese salido de su natal Louisville, Kentucky. Aquel joven de buena planta, esbelto, que proponía el atractivo no como signo de hedonismo, sino como arma arrojadiza, encontró un compañero inusual, un compañero de por vida: los mass media. En este caso, el mejor amigo del hombre no es el perro: es un micrófono, un lápiz o una cámara fotográfica o de televisión. Y todo eso sin largar o imprimir un solo fuck. Definitivamente, Ali es grande. 

En directo las veinticuatro horas del día. Son los años sesenta. Reparte mamporros allí donde va. Muchos, verbales. Por tanto, nutre páginas y páginas de diarios y horas y horas de radio y televisión. Incluso graba para CBS un disco de spoken word, que no podía llamarse de otra manera, “I Am The Greatest!” (1963). La escucha vale lo que se pida a cambio. Clay cuida el negocio del cual es dueño y único empleado. Más tarde, ya profesando el islam como Ali –se convirtió en 1964–, da muestras de marketing corporativo al emular en papel cuché el martirio de San Sebastián, otro converso, en la portada de ‘Esquire’ de abril de 1968.

En otros ámbitos, cabe señalar que Ali patinó con ardor en la toma de decisiones controvertidas. En los años ochenta votó en clave republicana. Antes, aceptó boxear en Zaire –soltando “aquí me siento libre”. Le escucha Norman Mailer, invitado en “When We Were Kings” (1996), documental de Leon Gast– y Filipinas, entonces sendas dictaduras en las que los derechos civiles eran papel mojado. Sin embargo, se adelantó a los Black Panthers con el lema “I’m black and I’m pretty”. Más tarde, James Brown retomó la idea para el funk como “I’m black and I’m proud”; además, lo acompañó al Zaire, junto a otras luminarias como B.B. King o The Fania All Stars, con Johnny Pacheco y doña Celia Cruz al frente. Antes, la actitud de Ali fue cantada por Dylan. Y estuvo presente en el histórico gesto de los atletas Tommie Smith y John Carlos, puño en alto, enguantados de negro, en los Juegos Olímpicos de México en 1968.

Una madrugada de 1971, en pleno franquismo, en directo por televisión, cual efecto paranormal, pudimos comprobar el juego de pies de Clay. Pero existe una imagen posterior que supera al resto. Ali en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. Un hombre mayor, tambaleante, sostiene la llama olímpica. Es Muhammad Ali, el ciudadano. Hermoso gesto aquel, muy del gusto norteamericano. En cambio, a raíz de su muerte existe la percepción de que mientras medio mundo le venera, la mitad de su país todavía le detesta.

Solo queda por dilucidar si Ali hizo de la verborrea y el runrún un arte. Sea como fuere, aquel que se perciba enajenado por sus ideas o credo sabe que el ciudadano Muhammad Ali está ahí. Para todos nosotros.

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