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Música y neurociencia, Emociones y necesidades

Nada tiene mayor impacto en el cerebro que la música; afecta a la memoria, las emociones, el ritmo cardíaco, el movimiento corporal.

 

FREESTYLE (2013)

Música y neurociencia Emociones y necesidades

¿Por qué la música altera nuestro estado de ánimo? ¿Cómo logra superar las barreras del lenguaje para colarse en lo más recóndito de nuestro interior? ¿De qué modo se erige en elemento identitario frente a los demás? Más allá de tendencias y géneros, de su proyección comercial o de las redes analíticas en las que tratamos de acotarla, hay una razón para todo ello. Nos la proporciona la neurociencia. Ignacio Julià reflexionó al respecto.

Abstraído de las elucubraciones críticas siempre empañadas por la subjetividad y el entorno mediático, sin tiempo que perder en el espontáneo guirigay de los foros sobre música, me pregunto cada vez más sobre las razones primarias de nuestra relación –detesto llamarlo fríamente “consumo musical”– con los sonidos estructurados en melodía o disonancia, armonía o estrambote. Basta con leer entre líneas opiniones y disertaciones sobre música popular en cualquiera de sus ramificaciones para advertir que, a menudo, se quedan en su colorista, electrizante contexto: en la oportunidad o voluntario desfase coyuntural de un grupo, en la actitud y la ideología estética que desprende un artista, en la fiabilidad cultural o vulgaridad congénita de un género concreto. Por ello, intento escarbar en mi inconsciente –esa voz que despierta tras un par de cervezas y un purito, atravesando durante unos reveladores instantes el velo de la inopia diaria, soltando ideas que han fermentado largamente– para preguntarme por qué necesito envolverme de sonido. Somos nuestras necesidades, está claro.

Lo sabemos todos: para distraer la mente y hacer fluir el aliento vital, acallar el mimado o impertinente “yo”. Para recabar información no solo emocional, también histórica, social, estética, puntual, novedosa. Cuánto encierra una gran canción, nunca lo sabremos plenamente; se rompería el hechizo. Cuántas ventanas puede abrirnos una tonada, anclada en lo más hondo, pero alerta ante las más frescas, recién conjuradas canciones que irán llegando. Sin embargo, como en todo lo humano, por mucho que queramos imbuirlo de intelecto o espiritualidad, la magia ancestral y universal de la música se reduce a una simple formulación química en nuestro centro de mando, ahí arriba. No es otra cosa que una secuencia de señales acústicas que nuestro oído capta y remite al cerebro, donde se descodifica para darle significado y poner en marcha el motor emocional que la hará finalmente comprensible. Que el contagio de tristezas o euforias sea unánime, culturalmente transversal, prácticamente idéntico en cualquier persona, sea cual sea su procedencia, revela que el potencial comunicativo de la música es superior al de las palabras, tan a menudo proclives al malentendido más que a la precisión. ¿Por qué encerramos este milagro en un simple producto cultural o lo usamos como mero instrumento de entretenimiento?

 
Música y neurociencia, Emociones y necesidades

Christoph Drösser: “Todos albergamos una capacidad musical adormecida que, mediante estímulo y práctica, podría emerger”.

 

¿Por qué nos gusta la música? ¿Cómo logra influir tanto en nuestro estado de ánimo? ¿Puede una buena melodía hacernos disfrutar como el sexo o un buen manjar?, se pregunta el periodista científico alemán Christoph Drösser en su libro “La seducción de la música” (2011; Ariel, 2012). Cuestiones que a los lectores de este foro les sonarán familiares. Observador privilegiado de los avances a ese respecto en el terreno de la neurociencia, donde en el nuevo milenio se han desechado muchas convicciones aceptadas y se han despejado nuevas posibilidades, Drösser señala como quizá la más notoria de estas que todo ser humano alberga una capacidad musical adormecida que, mediante estímulo y práctica, podría emerger. Es consciente al revelar esto último de que, en los actuales modos de audición aportados por las nuevas tecnologías y dado que nunca antes se había consumido música tan comúnmente, esa aptitud musical desconocida es difícil que aflore. Otra cosa es la no siempre deseable democratización que en las últimas décadas ha permitido grabar funestos discos a todo hijo de vecina. O que fuese aceptable que todos y cada uno de nosotros diésemos rienda suelta a esa destreza latente el mismo día, a la misma hora.

Nada tiene mayor impacto en el cerebro que la música; afecta a la memoria, las emociones, el ritmo cardíaco, el movimiento corporal incluso. Puede hundirnos en la melancolía y hasta hacer brotar el llanto, nos hará evocar recuerdos que permanecían sepultados en un dormido olvido. Sirve de terapia en algunas enfermedades nerviosas como la depresión, es uno de los contados nexos posibles con un niño autista, inocuo sedativo para cualquier persona. Hay sociedades sin cultura escrita, pero no las hay sin música: esta fomenta los lazos sociales y la empatía, actitudes que residen en las áreas del cerebro donde están las neuronas espejo, células que nos hacen ver las acciones e intenciones de los otros como propias, sentir el dolor o la alegría del prójimo, transmitir información profundamente emocional sin que se vea distorsionada por las palabras. ¿Por qué entonces las distintas querencias musicales nos distancian más que nos apiñan? No existe casi ninguna parte del cerebro que no se vea afectada por la música. Como en el caso del lenguaje, las mujeres la procesan con ambos hemisferios, los hombres solo con uno. ¿Habrán tomado nota los tipos de marketing? Por supuesto.

 
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Stefan Koelsch afirma que “la música tiene la capacidad de ayudarnos a cambiar nuestro estado de ánimo si lo deseamos”.

 

Somos criaturas musicales de forma innata desde lo más profundo de nuestra naturaleza, le oigo decir a Stefan Koelsch, catedrático de la Universidad Libre de Berlín, en el televisivo ‘Redes’. La música tiene la capacidad de ayudarnos a cambiar nuestro estado de ánimo si lo deseamos. Desde la neurociencia sabemos que la música es muy poderosa a la hora de activar en el cerebro cada una de nuestras estructuras emocionales. Es capaz de llegar a cualquier función cognitiva y afectiva del proceso mental y, por tanto, a su correspondiente estructura cerebral. Hemos visto que, gracias a las emociones que despierta, podemos modular la actividad en prácticamente cualquier estructura cerebral emocional. Esto significa que la música es capaz de evocar el núcleo mismo de las estructuras cerebrales responsables y creadoras de nuestro universo emocional, algo muy importante en las terapias donde aplicamos música para ayudar a aquellos pacientes que padecen trastornos de sus estructuras cerebrales relacionados con las emociones.

¿Explica esto el potencial al parecer ilimitado de una canción favorita, archivada en lo más recóndito pero presta a resurgir con los mismos efectos que antaño? Uno de los hallazgos más propagados de Koelsch es haber descrito la superposición del lenguaje y la música, demostrando que ambos comparten la misma red, pero en su recorrido se apartan para especializarse. Ya que el cerebro no distingue entre música y lenguaje, especialmente en la edad infantil –¿extensible en el caso del rock y el pop a la adolescencia formativa?–, la perseverancia de una buena canción se explica en esta enmarañada alianza entre los sonidos y la palabra. Y aquí entra nuevamente en acción la memoria, esa losa sin la que nadie seríamos.

Apunte final: leía recientemente la declaración de un veterano músico defendiendo la fría perfección del sonido digital sobre la presunta pureza del vinilo. Venía a decir que quienes se aferran al crujido de la aguja sobre el microsurco están en realidad intentando recuperar sensaciones del pasado de carácter iniciático o lúdico. Inscribieron en su corteza cerebral una cierta información que hoy busca esa resonancia de otro tiempo en el sonido más orgánico del elepé, pues ya no la reconoce en la limpia sonoridad de un CD. Visto así, todavía parece más inútil la nostalgia. Ahí tiene una nueva línea de investigación, profesor Koelsch.

Publicado en la web de Rockdelux el 19/2/2013
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