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MY BLOODY VALENTINE, If you want blood... you've got it

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2009)

MY BLOODY VALENTINE If you want blood... you've got it

Hablemos de My Bloody Valentine y de su ya mítico, hipnótico, impacto sónico vivido en el Primavera Sound. A pesar del ruido, flotaba magia en el aire, con esos chorros de música lanzados a propulsión que parecían detritus de cuchilladas salvajes, estampidas de elefantes furiosos barritando, aviones a reacción escapando del infierno con la fiereza, la provocación, la valentía de un reto único. Un reto que, desestabilizándolos, hacía puros nuestros oídos temerosos, quizás rondando la sombra del estado de conciencia alterado. Hablamos de un correo cósmico extremo que te hacía sentir como casi nunca antes en un concierto realmente extremo.

Al fin revelada, la misión de Kevin Shields se hizo carne, y en toda su crudeza. Y retomada cuando el grupo ya no existía. Reinar después de morir. La belleza del ruido después del silencio. Todo lo que tenían que decir, y quizás más, quedó dicho en “Loveless” (1991) y su esquiva búsqueda de la perfección... ¡con sus dieciocho ingenieros de sonido! Pocas veces las guitarras y los samplers congenieron tan bien: todo por la textura. De “Loveless” se sentenció que había significado el triunfo de la música en estudio sobre el directo. Después, el adiós.

Soñando con un imposible de locura sónica inabarcable, la mente de Kevin Shields, imbuida de una realidad paralela creada por sus propias fantasías de ambición artística y sensorial, pero torpedeada por su leeeeentitud de-ses-pe-ran-te, se hizo añicos sepultada por su pasividad: empezó la leyenda, los rumores, la pereza, quizás la locura... Y el regreso. Que también llegó aquí. El año pasado, en el FIB, donde el grupo no quedó satisfecho del resultado. Y ahora, en el Primavera Sound, en una doble sesión para el recuerdo. Dentro y fuera. Más madera a la caldera.

¿Vieron ustedes cómo la armonía emergía de un caos dañino y se abría paso sutilmente entre una abstracción que a su vez se diluía en ocultas melodías pop? ¿Quedaron atrapados por el verdadero y más efectivo guitar dance pop jamás interpretado? ¿Percibieron esos gloriosos momentos de catatonia rítmica parcialmente psicodélica? ¿Sintieron esas liberadoras capas de sonido que magnificaban el detalle? Vi a My Bloody Valentine en el Reading de 1989. Y puedo asegurar que, siendo ya grandes entonces (el nebuloso muro de distorsión de “Isn’t Anything” no era cualquier cosa, tampoco su estampa de arquitectos aventajados de un pop dulce con fuerte marejada de fondo), no eran en absoluto mejores que ahora, en 2009, veinte años después. ¿No es eso el triunfo total? My Bloody Valentine han revertido la situación. Al fin, vaya paradoja, su rotundo live es el triunfo de la música en directo sobre el estudio. Y los confirma, claro, como los más grandes de su generación. Let it bleed.

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