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NEW ORDER, (Sublimes) Gilipollas

En 1984: el cuarteto en su máximo esplendor. Los días de vino y rosas. La confirmación de una leyenda en fase de crecimiento.

 

FREESTYLE (2012)

NEW ORDER (Sublimes) Gilipollas

Uno de los proyectos británicos más influyentes de los ochenta volvió a activarse en 2011 (visitó el Sónar 2012 y el FIB 2012). Pero a esta remodelación le faltó un vértice, el bajista Peter Hook, alejado del conjunto desde 2007. Su enfrentamiento con Bernard Sumner es una larga historia, asunto recurrente en cualquier pareja creativa. Ignacio Julià analizó en esta columna de opinión el dislate.

Ando tragándome la versión íntegra de “Carlos”, la película de Olivier Assayas sobre el huidizo terrorista, y de pronto caigo en la cuenta. Menudos cabrones, New Order. Cuando en 1984 fui admitido en su círculo, acompañándolos en una breve visita que los llevó a debutar en Barcelona y Marbella, este era el apodo con que me mortificaban día y noche para cobrarse mi intrusismo de pasmado ante la austera mística de Joy Division. Pero eran buena gente, juvenilmente terrenales, y compartíamos raíces musicales. Bernard Sumner, el cantante, entonces un rubicundo Adonis, solo pensaba en fumar petas y meterla. Peter Hook se desenvolvía atlético, fornido por su gimnasia diaria al bajo, un tío majo entregado a la música del grupo. El fenomenal batería, Stephen Morris, avivaba los ánimos con su sequísimo humor de entrecortada dicción. Sin embargo, a quien más añoro es a su cerebro en la sombra, el inefable Rob Gretton, aquel tipo gafoso e intrépido que, en una escena de “24 Hour Party People”, agarra a la industria discográfica por los huevos y se los retuerce. Lo hizo en la vida real, está escrito.

 
NEW ORDER, (Sublimes) Gilipollas

El regreso en 2005: la debacle. Sin Gillian Gilbert. Hay cosas que es mejor no hacer: unos New Order convertidos en funcionarios.

 

Recordando que falleció en 1999, duele más el culebrón que actualmente protagonizan sus representados. La disparidad de caracteres entre Barney y Hooky, durmiente en aquellos días felices de 1984 bajo los efectos de un éxito reciente, es historia común a otros dúos creativos, recurrencia en los conjuntos musicales. Se conocen desde los 11 años, pero la misma tensión creativa que los llevó a superar con aplomo la muerte de Ian Curtis y empujar una de las corrientes principales en la escena británica de los ochenta iría pudriéndose en roce de egos y ese gradual distanciamiento que se retroalimenta en solipsismo. Haciendo realidad lo que apuntaban en su éxito de 1987 “True Faith” nuestro valioso destino se ha quedado en nada–, en 2007 Hooky anunciaba bruscamente que el grupo se había disuelto por segunda vez. Era una declaración impetuosa y unilateral a la que Sumner y Morris respondieron en un comunicado asumiendo que Hook abandonaba la nave. Pronto el dimitido metía mano al legado conjunto publicando un libro sobre la debacle de The Haçienda, el club de Mánchester que se tragó las arcas tanto de Factory Records como de New Order, y avisaba que iba a girar interpretando la obra de Joy Division. ¿Estaría manoseando la leyenda por simple despecho?

Réplica de efecto retardado, el anuncio del regreso a la actividad sin Hook, volviendo al seno de New Order la esposa de Morris, Gillian Gilbert, reabrió la infectada herida. La reactivación surgía a raíz de un concierto benéfico para Michael Shamberg, asociado al cuarteto desde sus inicios, quien sufre una enfermedad degenerativa. El bajo de Hook lo copia nota por nota el recién llegado Tom Chapman; y ahí tenemos un problema. Si la ultrajante representación de los monolíticos, todavía ansiosos de eternidad, “Unknown Pleasures” (1979) y “Closer” (1980) a cargo de Hook solo puede evocar un pesadillesco karaoke posmoderno, la presencia en escena de New Order sin uno de sus principales vértices se antoja deshumanizada franquicia. Resulta innegable que, desde Joy Division, donde su crucial bajo tocado a la altura de las rodillas sonaba tan distintivo como el patibulario graznido de Curtis, Hook ha sido pieza indispensable. Nunca dejó de serlo, desde el magistral “Power, Corruption & Lies” (1983) hasta la posterior licuación de la leyenda en los estroboscópicos ámbitos del techno que culminó en “Technique” (1989). Al fin y al cabo, quizá no sea tan cierto eso de que “nadie es imprescindible”. Aunque sea un energúmeno.

 
NEW ORDER, (Sublimes) Gilipollas

Lo que queda de New Order en 2012. Sin Peter Hook. Esperando que vuelva a sonar la flauta de la inspiración.

 

Volví a encontrarme con New Order en 2005, cuando reunificados visitaron el Primavera Sound. El grupo se partió en dos para conceder entrevistas –ellos, que en origen no hablaban con la prensa y ni siquiera habían firmado contrato con su sello–; Hook y Morris por un lado, Sumner y el añadido Phil Cunningham por otro. Recordaban los conciertos en Studio 54 y en Marbella junto a Cabaret Voltaire, también mi presunto parecido con el mercenario Carlos. Nos hicimos una patética foto juntos; aparecemos en ella hinchados y un tanto traspuestos. Sumner, que en teoría había dejado el alcohol, paseaba a todas partes una copa de vino blanco y, al caérsele un empaste dental, amenazó con no actuar si no le atendía un dentista. Hooky, bonachón y tatuado cual turista británico tras varias jornadas de sol y cerveza, se carcajeaba al rememorar sus pavorosas aventuras ibicencas. Le recordé que dieron proyección a aquella escena. En realidad la desorientamos, pues íbamos todo el día borrachos robando señales de tráfico, se adelantó Morris. Y un satisfecho Hook explicó: Íbamos por toda la isla arrancándolas; tengo en casa una bonita colección. Edificante práctica, sin duda, promover el desconcierto del lugareño.

Hoy Sumner confiesa a ‘Mojo’: Después de las cosas que ha dicho sobre mí, no quiero volver a trabajar con él. Y un apaciguado Hook, condenado a pasar a la historia como detonante, se lamenta: Es una situación extraña y horrible. Siempre dejamos que el ego, desgraciadamente, dicte nuestros actos. El historial rock abunda en hermanos de sangre abismados por caudales de rencor y antipatía. El éxito continuado es factor fundamental en estos desenlaces: llega un punto en que ambos extremos se funden en un solo monstruo, y no hay nada peor que ser confundido con el otro, vivir atado a ese reflejo aunque este se difumine en lontananza. La creación a cuatro manos redunda en inevitable intrusión identitaria, ósmosis que acabará en rechazo para así preservar la individualidad. Pese a que el culpable no lo reconozca, la responsabilidad primera bascula hacia este, pues la animadversión surge de un desequilibrio básico; y quien mayor razón posea en el pleito saldrá perdiendo en su exposición pública. En este caso, ambas partes parecen haber dilapidado cualquier noción de dignidad. Olvidan lo que siempre decía Rob Gretton: New Order es superior a la suma de las partes; cuando lo entendáis se acabarán los problemas.

Publicado en la web de Rockdelux el 6/6/2012
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