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PEGASVS, El ruido liberador

Pegasvs: más allá del insólito hype, más allá de esas melodías sintetizadas y esos versos de negro brillante. Foto: Óscar García

 

FREESTYLE (2012)

PEGASVS El ruido liberador

La música del dúo formado por Sergio Pérez García y Luciana Della Villa (antes Pegasvs; desde el 14 de marzo de 2013, por cuestiones legales, Svper) trasciende el revival krautrock, como se constata en sus directos. Allí, el zumbido del Korg se derrama y se expande con una turbulencia inviable en streamings y mp3. Hay que exponerse al sonido real de los instrumentos para comprender la intención verdadera de los músicos. Es la experiencia sonora más completa; al menos, lo fue y debería serlo. Una experiencia puramente física que Nando Cruz idealizó en esta columna.

Cuando empecé a ir a conciertos, me suponía tal esfuerzo económico que llegaba pronto y salía el último. Intentaba exprimir la experiencia al máximo. Recuerdo que en el momento en que se encendían las luces del recinto y el público se apretujaba en los vomitorios del pabellón de turno buscando el aire fresco de la noche, siempre quedaba el típico personaje, pegado a los altavoces, que saltaba excitado aunque la música ya hubiese dejado de sonar. Escenificaba un involuntario baile de San Vito, todo convulsiones, como si aún estuviese reaccionando ante la atroz avalancha de decibelios que había recibido durante el concierto por haberse amorrado en cuerpo y alma a los altavoces.

Aquel tipo me daba miedo. Vestía de cuero, balbucía términos rockeros en bucle (“total”, “caña”, “peña”, “flipe”...), estaba borracho como una cuba de cerveza caliente y tropezaba constantemente con sus piernas. Un colgao, sí, pero cuando yo ya salía mentalmente del concierto, él todavía seguía ahí dentro, transpirando toda la energía sónica que aún flotaba en el ambiente. Lo miraba y pensaba: con este sí que se cumple lo del rock como exorcismo. ¡Era un pararrayos humano!

Alguna noche quise colocarme en su suicida posición, en primera fila y frente a la torre de altavoces que flanqueaba el escenario. Pero aquel volumen era insufrible. Ahí delante me temblaba todo el cuerpo. En los años ochenta aún no había leyes ni límites de decibelios, así que, maniobrando entre codos y panzas, escapé de la zona de fuego eléctrico. E incluso así, volvía a casa con un zumbido en los oídos que me duraba días.

 
PEGASVS, El ruido liberador

La experiencia física de escuchar el bufido analógico del Korg MS20 tuneado por Sergio con un pedal fuzz. Foto: Óscar García

 

Un cuarto de siglo después, y muy a pesar de las limitaciones de volumen que impone el Ministerio de Medio Ambiente en las salas (menos severas que en Francia, por ejemplo), un concierto es casi el último reducto donde puedes escuchar música tal como fue concebida por el artista. El otro día, con Pegasvs, y sin tocar a un volumen especialmente brutal, sí percibí todo eso que promete el dúo y que en la mayoría de formatos grabados se va quedando por el camino. La experiencia puramente física de escuchar el bufido analógico del Korg MS20 tuneado malvadamente por Sergio Pérez con un pedal fuzz Manlay. La experiencia puramente física de oír cómo el Roland Space Echo RE201 desfigura el fantasmagórico carmesí vocal de Luciana Della Villa.

No es cuestión de sibaritismo audiófilo, sino de exponerse al sonido en toda su dimensión para percibir la música de forma más intensa y real. Así, incluso cuando las frecuencias graves rebasan los límites y el zumbido contagia la plancha metálica de la puerta de emergencia, que tiembla sin pretenderlo y se suma a la sinfonía de ruido con una vibración molesta pero viva, uno tiene la sensación de estar escuchando algo único y cierto. Un surtidor de ruido que brota imparable y que el grupo debe encauzar y domar. Llámalo krautrock si quieres. Yo lo veo más cerca de la ética y la estética de The Jesus And Mary Chain (la imagen del dúo es una buena pista). Ahora escúchate el “Psychocandy” en un mp3 y dime si te suena desafiante: si te suena realmente amenazador o simplemente noisy.

Sin las amputaciones de los streaming que escuchamos en el ordenador, sin las compresiones de la versión en venta en iTunes, sin pasar siquiera por la adulterada masterización digital de la que se hace la copia del CD (y que también se usa para prensar los vinilos), sin otro intermediario que la mesa de sonido de la sala, podemos acercarnos lo máximo posible a la intención inicial desde la que opera Pegasvs. Ese sonido de metal oxidado, esa textura de cañería húmeda, ese rugido de brontosaurio del teclado, esa reputación de cacharro encabritado que se desafina a la mínima, esas mil tonalidades que van del gris al negro. Si además de clicar “me gusta” en Facebook y escribir “discazo!” en Twitter mantienes un interés sincero por Pegasvs, piensa que existe algo más allá del hype más insólito de la temporada, más allá de esas melodías sintetizadas y esos versos de negro brillante: es esa capacidad de sacudir al público con la vibración que generan las notas en contacto con el aire. Ese sonido que, justo antes de estructurarse en forma de música, es una sensación puramente epidérmica: un cosquilleo invisible que, en una noche inspirada y mediante una sonorización con mentalidad de conquista, puede sacudir a todos los presentes en una sala.

 
PEGASVS, El ruido liberador

La experiencia física de oír cómo el Roland Space Echo RE201 desfigura el carmesí vocal de Luciana. Foto: Óscar García

 

Que cada cual escuche la música donde le apetezca, convenga y pueda, pero, más allá del tráfico de ceros y unos en que se ha convertido la música en nuestra era, existe la posibilidad de predisponerse a ella de una forma más directa e intensa. Y no es una cuestión de volumen; eso lo saben bien los aficionados a la bass music en sus múltiples modalidades. La última vez que Lee “Scratch” Perry actuó en Apolo, Mad Professor estuvo al mando de la mesa de sonido e incluso desde el fondo de la sala podías sentir cómo la música hacía vibrar tu cuerpo (esto no es una metáfora, sino una sensación real: un cosquilleo en el estómago y el pecho) sin dañarte los tímpanos.

Hace un año le pregunté al activista John Sinclair si, como poeta y mánager de MC5, asumía que la música siempre sería más persuasiva que la poesía. Respondió esto: “Las palabras solo apuntan a tu mente, pero la electricidad mueve tu cuerpo. Parte del concepto de los MC5 era invadir los cuerpos con el volumen. Te poseían con el volumen: así liberabas tus miedos y ansias a través de la energía de la música. Ese era el plan. Y funcionaba. Con el volumen de la música consigues que la mente baje sus defensas, que sea más receptiva. La gente llega al concierto desde casa de sus padres o desde el trabajo, preocupada por la hipoteca, y el objetivo de la banda es alejarlos de sus problemas y liberarlos durante una hora. Si lo consigues, quieren volver a verte o comprar tus discos para ver si en su casa pueden sentir lo mismo”.

Hoy el proceso es casi al revés. Buscamos liberarnos en casa con un sucedáneo de lo que el artista grabó en su estudio. Y, claro, el conjuro no acaba de funcionar.

Publicado en la web de Rockdelux el 15/6/2012
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