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Perdidos, Descansa en paz

Ilustración: Paco Alcázar

 

VISTO Y NO VISTO (2010)

Perdidos Descansa en paz

Barry Gifford y David Lynch comparten la misma idea sobre la experiencia de ir al cine: “Entras en un sueño y debes rendirte a él del todo”. Estas palabras deberían grabarse a fuego en el culo de los fans de “Perdidos”. La escisión creada en la parroquia lostie ha tenido su origen en el tan esperado final: horrible para unos, adecuado para otros. ¿Qué se podía pedir a una serie plagada de macguffins? ¿Una explicación pormenorizada para atar todos los cabos sueltos? En absoluto. Un final frustrante es aquel que deja a unos personajes con los que te has encariñado en una situación ambigua, como pasó con “Los Soprano”, porque siempre esperarás que regresen de alguna forma. El desenlace de “Perdidos” no deja margen a la duda: sabes que nunca volverás a ver a Kate, Locke y todos los demás. Se acabó y eso te produce una sensación de alivio, como cuando una persona querida, tras sufrir una larga y penosa enfermedad, muere.

¿Fue bueno o malo el final de “Perdidos”? Narrativamente, exhibió una estructura ejemplar: si el primer episodio de la serie empezaba cuando Jack abría los ojos, tendido en la jungla, el perro acercándose y un plano de una zapatilla colgada en una rama, el último acababa en el mismo sitio, tras ver de nuevo la zapatilla (deteriorada por el paso del tiempo), cuando Jack, en el suelo junto al animal, los cerraba. El círculo perfecto. Hasta llegar aquí, una cascada de emociones culminando en una inesperada revelación. Esa resolución y sus supuestas connotaciones religiosas han soliviantado a los detractores. Pero, sobre todo, les ha molestado no encontrar respuestas, en un ataque súbito de racionalidad: si desde un principio has aceptado una trama de sinsentidos, ¿por qué te quejas si no se han resuelto? Los losties andan alborozados porque dicen que el DVD de la sexta temporada incluirá metraje extra. No hace falta: para mí, el final emitido es definitivo y no necesito más.

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