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PRINCE, El precipitado adiós del genio púrpura

Un “workaholic” de manual y un perfeccionista que controlaba al milímetro su obra. Leyenda de la historia de la música.

 

EDIT (2016)

PRINCE El precipitado adiós del genio púrpura

La inesperada muerte de Prince (1958-2016) supuso una gran pérdida. Por un lado, nos dejó su obra publicada, un legado que por su calidad e influencia pasará a la historia no solo de la música negra, sino del pop en general; pero, por otro, lo que de verdad inquieta es pensar que, a sus 57 años, aún le quedaba mucho por hacer. En el Rockdelux 351 (junio 2016) le dedicamos un informe especial de 30 páginas. Y aquí recuperamos el editorial de urgencia que escribió Miquel Botella al conocerse la muerte de Prince.

En 1978, pocos meses antes de cumplir los 20 años, un joven desconocido llamado Prince irrumpía en la música negra con “For You”. Un álbum en el que ya se encontraban los ingredientes de lo que posteriormente se conocería como Minneapolis Sound y que inauguraba la célebre frase “Produced, arranged, composed, and performed by Prince”. Era el inicio de una leyenda, una leyenda que se ha visto truncada por su repentina muerte en su casa de Minneapolis el pasado 20 de abril.

La palabra genio se suele aplicar muy alegremente a cualquier artista, pero en el caso de Prince Rogers Nelson le encajaba como anillo al dedo. Los motivos para adjudicarle tal calificativo son muchos: por encima de todo, su condición de “esponja humana” que absorbía lo mejor de la historia de la música (ojo, no solo de la negra, sino también del rock, el folk e incluso la psicodelia) para crear un estilo único e inconfundible, conducido por una voz de amplios registros, del barítono al falsete. Un collage en el que se cruzaban los metales explosivos de los J.B.’s de James Brown, los teclados galácticos de George Clinton, el jazz-funk de Miles Davis, el sinfonismo de Isaac Hayes, el glam de Marc Bolan, la ambigüedad de Little Richard y el mensaje social de Marvin Gaye para construir ritmos complejos, explosiones guitarreras entre el hard rock y los ecos de Jimi Hendrix y Santana, trallazos de funk poderoso y lúbricas baladas sexualmente explícitas.

Como todos los genios, Prince era un individualista (a ello ayudaba su capacidad para tocar de forma brillante más de una veintena de instrumentos, aunque era un virtuoso con la guitarra y el piano), un workaholic de manual (solía encerrarse durante horas en el estudio) y un perfeccionista que controlaba al milímetro su obra. Enfrentado con Warner, el sello que lo encumbró, renunció a su nombre artístico, creó su propia compañía y se convirtió en uno de los pioneros en la distribución de su música a través de internet, manteniendo una relación de amor-odio con la red. Como contrapartida a su individualismo, se rodeó de los mejores instrumentistas en bandas como The Revolution, The New Power Generation y Madhouse: no solo descubrió una innumerable cantidad de talentos femeninos (las mujeres, una de sus debilidades) –Wendy & Lisa, Sheila E., Rosie Gaines, Candy Dulfer o las más recientes 3rdeyegirl–, sino que reivindicó a algunas de sus influencias, como Maceo Parker, Larry Graham y Mavis Staples.

 
PRINCE, El precipitado adiós del genio púrpura

El Rockdelux de junio de 2016 incluye un especial de 30 páginas dedicadas a Prince.

 

Muchos quisieron enfrentarlo a Michael Jackson. Objetivamente hablando, Prince fue el vencedor moral de ese combate: mejor músico, mejor compositor, mejor intérprete, más rebelde, menos excéntrico y mucho más humano que Jacko. En la concepción de su obra latía la sensibilidad de un jazzmen, una faceta que relucía especialmente sobre las tablas, convertido en un animal escénico. Sus conciertos eran una demostración de energía desbordante, complicidad y sentido del humor: solo buena música y un grupo de intérpretes que disfrutaban y que no necesitaban de ningún decorado espectacular. En directo, no solo exhibía su conocida capacidad de reconstruir sus canciones (sus hits nunca sonaban igual), sino que afloraban sus influencias más variadas, en forma de versiones (de Led Zeppelin a Ohio Players).

Podríamos hablar también de su estética (con tantas etapas como las que tuvo David Bowie), de su poca sintonía con las innovaciones de la black music (sus escarceos con el house o el hip hop se quedaron en eso), de su torrencial productividad (la leyenda urbana que afirma que en su caja fuerte guardaba centenares de canciones), de sus discutibles películas...

Como suele ocurrir con los genios, o los amas o los odias. Y sí, Prince también tenía sus detractores, especialmente si nos referimos a su producción discográfica a partir de la década de los noventa. Desde entonces, los críticos agoreros se cebaban con la aparición de cada uno de sus nuevos trabajos y le acusaban de falta de inspiración. De excesiva productividad en detrimento de la calidad. De la ausencia de éxitos como los de antaño. Pero hay una cosa que está muy clara: sin él no existirían Frank Ocean, Kendrick Lamar, Miguel ni muchos de los cantantes del R&B contemporáneo. En su caso, lo peor de su muerte es pensar lo que podría haber llegado a hacer. Nunca sabremos si su deseo de protagonizar un biopic de Robert Johnson habría fructificado en un álbum de blues o si habría terminado su carrera artística como jazzmen, dos suposiciones que no resultan del todo descabelladas.

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