Después de Lourdes apareció Raquel, a quien veía cada domingo en una discoteca, con su figura altiva de austeridad provinciana. Jamás permitió siquiera que la invitase a bailar, según supe por terceros, porque teníamos la misma edad y ella buscaba a alguien un par de años mayor. A Raquel la sigo viendo por el pueblo, siempre a paso rápido cargada de bolsas, ya más encorvadita y mustia, y con dos churumbeles siguiéndola como a mamá gallina. Me pregunto qué hubiese sido de mi vida de acceder ella a aquel baile. O de seguirle el rollo a Lourdes, cuyas amplias caderas presagiaban una maternidad exhaustiva pero con poco gancho erótico pasada la treintena.
Mientras van y vienen las caras –las de entonces y las de ahora– de estas dos hembras en mi memoria, a la muchacha le han traído su CD de Pulp. Tal vez Jarvis Cocker le haga sentir y evocar la misma cantidad de sensaciones que a mí, abarcando un extensísimo campo: la primera vez que me quedé sin aliento, a los 13 años, al decirle a una chica que la adoraba; los atardeceres de septiembre con ella en la playa, sabiendo que aquello se acababa; el voluptuoso flash-back de la primera mamada; las primeras purgaciones; una mirada lanzándome el veneno de la culpabilidad –“ahora, como todos, te irás diciendo que ya me llamarás”– tras un polvo casual; mi últimamente creciente gusto por la lencería fina; o, más sencillo, el inevitable análisis diario de mi matrimonio. En cualquier caso, su inversión musical está garantizada. 