Lo había visto en muchas películas norteamericanas. El instituto celebra una fiesta llamada “Clase del 56”, o “del 67”, o del “72”, y en ella se reúnen los ex alumnos y alumnas algunos años después de haber dejado las aulas y haberse olvidado por completo los unos de los otros. Los profesores quieren sentirse orgullosos de aquella semilla que plantaron tiempo atrás en los cerebros de un montón de adolescentes con las hormonas alteradas. Los ahora adultos se enfrentan a un examen para el que no estaban preparados: sea como sea, quedar bien, dar a entender que todo nos ha marchado de maravilla. Que nos hemos convertido en aquellos “hombres y mujeres del mañana” en los que tantas esperanzas y planes de estudio se depositaron, aunque a lo máximo que hayamos llegado sea a diseñar páginas web o hacer de animador cultural en ferias y fiestas de pueblo.
No pensé que asistiría jamás a una reunión semejante. Pero hace dos meses me llamaron y, ante mi sorpresa, acepté. Los chicos y chicas que alborotaron las clases de 3º de BUP en un instituto de provincias eran ahora jóvenes sin pasión alguna por la vida, por sus vidas. Hemos cambiado, todos hemos cambiado. Javier es ahora funcionario. Juan, el delegado, trabaja en un banco de gerente. Victoria es marchante de arte y odia a su marido, y nos lo hace saber a todos los presentes (incluido el marido). Carlos hace méritos en un periódico deportivo. Los atletas han echado tripa, úlceras y canas. Beto publicó un libro que no tuvo éxito, y varios compañeros han muerto en accidentes de coche o sobredosis. Carmen sigue siendo la más guapa de la clase, a pesar de dos abortos y cien mil tranquilizantes. Cuando bailamos los hits de los ochenta –Wham!, Culture Club, The Cure, Depeche Mode, U2 y los Blow Monkeys–, parecemos los personajes de “El baile de la vida” del pintor noruego Edvard Munch, con nuestros fantasmagóricos rostros y nuestra soledad encubierta.