Entrevisté a Goldie por primera vez a mediados de los noventa, recién salido de la universidad. Y aquí estamos, quince años después, tras una larga noche de fiesta, junto a una taza de muesli, entrando en la máquina del tiempo. La que nos lleva a la época en la que los artistas, en pleno lanzamiento de su último trabajo, eran encerrados en habitaciones de hotel, y cada veinte minutos un periodista disparaba la misma pregunta que el siguiente y el siguiente. Y si no eres un mentiroso compulsivo, ¿cómo sobrevives a estas situaciones sin aburrirte y aburrir a quienes están a tu alrededor? ¿Cómo muestras tu “yo” real? ¿Cómo logras centrarte en lo que de verdad es importante para ti como artista?
Una frustración y, por tanto, una posibilidad que jugó un papel esencial en la creación de la Academy allá por 1997. Queríamos mostrar a esas personas como lo que son: artistas. Y seres humanos. Así fue como en la primera conferencia de la Academy, en abril de 1998, Jeff Mills, que había pinchado en tres continentes diferentes en tres días, nos contó que, a menudo, solo en su lujosa habitación de hotel, tenía que hacer su colada. Lo recordé ese día de septiembre, cuando Goldie se sentó en el backstage y comenzó a hablar. No son oradores, independientemente de su carisma, pero ahí es donde entramos los anfitriones, armados de curiosidad hasta los dientes. Necesitas capturar esos instantes, como la discusión de por qué Beethoven mola y Mozart es como un disco de Maxwell: preciosamente concebido, pero totalmente plano. Y compartirlos con los participantes, y con todos los amantes de la música a través de nuestra web.
Porque, al final, todo lo que hacemos en la Red Bull Music Academy es poner un sofá desde el que poder charlar. Ni más ni menos. Y mientras la curiosidad siga presente, este es uno de los mejores trabajos del mundo. 