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Red Bull Music Academy, Intercambio musical

Ilustración: Pepo Pérez

 

MANIFESTO! (2011)

Red Bull Music Academy Intercambio musical

Davide Bortot (exredactor jefe de ‘Juice’, prestigiosa revista alemana, y, en aquel momento, cabeza visible de la Red Bull Music Academy) reflexionó aquí sobre la importancia de los encuentros musicales reales en la era digital y resumió la filosofía de intercambio de la Red Bull Music Academy días antes de que se pusiese en marcha en Madrid (entre octubre y noviembre de 2011) este exitoso simposio internacional que se celebra en distintos lugares del planeta y que es una experiencia pionera en la práctica conjunta entre artistas consagrados y aspirantes a serlo (como también se demostró, con gran éxito, en la edición celebrada en Barcelona en 2008).

La última vez que la Red Bull Music Academy pisó suelo español fue hace tres años, en una fábrica textil abandonada en las afueras de Barcelona. A lo largo de cinco semanas, en Fabra i Coats se vio cómo el talento de sus participantes creció hasta convertirlos en piezas esenciales de la música actual. Entre ellos se encontraban el futurista del R&B Jamie Woon, Te’Amir Sweeney (la columna vertebral rítmica del también exparticipante de la Academy Aloe Blacc) y el polifacético productor y vocalista local Guillamino, quien tuvo la especial oportunidad de redescubrir su ciudad natal como una gran utopía musical. Y viendo a posteriori cómo una ciudad Patrimonio de la Humanidad de la Unesco se convirtió en un laboratorio de experimentación audiovisual, cómo un barrio de origen gótico se transformó en una potente caja de resonancia llena de ritmo y vibraciones propias del reggae y cómo artistas como Skream y Appleblim introdujeron los sonidos del dubstep a las masas, el concepto de utopía puede ser del todo acertado.

Eso pasó en 2008. Ahora estamos en 2011 y, a simple vista, no ha cambiado gran cosa. El concepto inicial de la Red Bull Music Academy se mantiene: reunir a músicos de distintos géneros, generaciones y culturas y dejar que se relacionen entre sí, que se escuchen, que toquen juntos y, finalmente, que creen música de manera genuina y natural. De acuerdo, es posible que seas uno de los mejores creadores de beats que haya por ahí, pero ¿qué te parecería una sesión nocturna con un cantante folk de Brasil, un productor sudafricano de kwaito y un compositor que trabajó con Marvin Gaye? Esos son los momentos que hacen que la Academy sea algo único. Un choque de culturas entre (relativos) extraños, quienes al final descubren qué les une. Esta fórmula funcionó en Berlín, allá por 1998. Siguió funcionando en Barcelona en 2008. Y volverá a funcionar en Madrid en 2011. Sí, ciertamente no ha cambiado gran cosa.

 
Red Bull Music Academy, Intercambio musical

Arc de Triomf, Barcelona, 2008. La ciudad como una potente caja de resonancia llena de ritmo y vibraciones. Foto: Lander Larrañaga

 

Pero, por otro lado, todo ha cambiado. Soundcloud, YouTube, Tumblr, Bandcamp, Herzio y otro trillón de diferentes canales –sociales y antisociales– han transformado casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana en el último par de años. Y ese cambio se ha notado muchísimo más en la música. La posibilidad de tener quince megabytes de fama ahora parece más prometedora que nunca. Cada día, más canciones que tiempo para escucharlas en una vida se intercambian, se envían, se agrupan y, finalmente, se desechan. El concepto de un mundo pop totalmente democrático está muriendo tan rápido como veloz es nuestra velocidad de carga o descarga en internet. Si los fans pueden escucharlo todo, también es posible que acaben escuchando nada en particular o, al menos, nada que sea original. El hecho de que ahora una recomendación musical la haga iTunes en vez de MTV no cambia mucho las cosas, la verdad.

Dejando de lado el habitual pesimismo cultural que siempre hay, todo este tema tecnológico es fantástico. La destrucción total de fronteras entre géneros ha llevado a la creación de algunas de las canciones más increíbles, abiertas y libres de prejuicios que se han escuchado jamás. Tus raperos fardones favoritos riman sobre el último single de MGMT o de Bon Iver, grupos indies desde The xx hasta Delorean toman descaradamente rasgos de la música house o R&B de los noventa, y artistas como Brandt Brauer Frick y Elektro Guzzi (ambos exparticipantes de la Academy) cierran el círculo al revisitar la estética de la música electrónica con instrumentos en vivo, que a veces incluyen  orquestas enteras.

También podemos hablar de los participantes de la Academy de este año: DJ Asma, de la banda californiana de moda Nguzunguzu, fusiona el sonido del footwork de Chicago con bass luminoso y pop global; Raisa Khan, de raíces pakistaníes y alemanas, residente en Londres, produce beats para el rapero vanguardista DELS y toca acordes distorsionados en el trío de math rock Micachu & The Shapes; Xin Ge Ye Hai Ya Han, de Shanghái, trabaja con multitud de artistas, desde el maestro finlandés de jazz Jimi Tenor al pionero del dubstep Kode9. Con todo esto, uno puede preguntarse: ¿por qué toda esta gente necesita un lugar como la Academy? ¿Qué necesidad hay de coger un avión hasta Madrid si pueden viajar por todo el mundo a la velocidad del rayo gracias al ratón de su ordenador? Pues porque, como dice el gran filósofo 50 Cent: “Llega un punto en que la gente se cansa de usar la tecnología continuamente”. ¿Es Skype la panacea? Va a ser que no.

 
Red Bull Music Academy, Intercambio musical

Madrid, 2011: todo a punto en el Matadero... para celebrar el futuro como en los viejos tiempos. Foto: Undercreatives

 

Hay algo tranquilizador y especial acerca de un piano Steinway bien afinado, o sobre un sintetizador Roland TR-808 y su extraño y oscuro sonido, si preferimos algo más moderno. Y hay algo aún más especial sobre la magia que puede producirse en un estudio, ese instante que puedes celebrar con un abrazo con quien trabaja contigo en vez de teclear “OMG!!” en un chat. Es cierto, suena un poco hippie. Y puede que lo sea. Pero eso no quita que sea verdad. En tiempos de gran crisis económica, de ínfimo apoyo público al arte y de riesgo nulo por parte de una industria musical que hace tiempo que ha perdido el norte, consideramos que crear nuevos modelos de intercambio musical que ayuden a preservar esos antiguos valores es nuestra responsabilidad. Modelos que miren al futuro sin olvidar el pasado.

Durante los últimos trece años, los que trabajamos en la Red Bull Music Academy hemos tenido la gran suerte de pasar una parte de nuestras vidas con algunos de los individuos de más talento, apasionados y sentidos que se han dedicado a esto de la música. Y nuestra reacción ha sido darles una plataforma para ayudarles a desarrollar su talento. Por eso, revitalizar espacios vacíos y darles nueva energía ha sido uno de los objetivos de la Academy. Una antigua fábrica textil en Barcelona, un monasterio abandonado en Roma o un pub anglicano de Londres han sido algunos de los lugares que se han transformado y que ahora se usan para experimentar con la música. Nuestra colaboración con Matadero Madrid este año es otro ejemplo perfecto: sito en uno de los parajes industriales más notables de la arquitectura española del siglo XX, el antiguo matadero se está transformando en estos momentos en el centro de creación artística contemporánea más grande de la capital española. La Red Bull Music Academy pondrá los cimientos y, gracias a nuestra colaboración con el Área de las Artes del Ayuntamiento de Madrid, el espacio seguirá activo como centro artístico de la escena local en la “Nave de Música”.

Cuando estés leyendo este artículo, será el momento en que el edificio antes mencionado esté a punto de recibir a un notable número de músicos vanguardistas, desde la diva del neosoul Erykah Badu al genio de bass británico Pearson Sound, desde la leyenda del movimiento cultural Tropicália Tom Zé al clásico grupo madrileño de música industrial Esplendor Geométrico. En el momento de escribir esto, aún no hay ni un techo como tal en la “Nave” y aún menos “Música”. Pero parte de la esencia del pop ha sido una sana dosis de optimismo, ¿no? Nos vemos en las pistas de baile de Madrid para celebrar el futuro como en los viejos tiempos.

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