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Redes sociales, Adicciones severas

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2013)

Redes sociales Adicciones severas

Profiláctico confort de las redes sociales. Contexto comunicativo de estímulos rápidos, basados en frases cortas, titulares y poco texto. Efecto adictivo de las redes sociales... Santi Carrillo opina sobre inconscientes hábitos (casi) enfermizos en esta columna lanzada a un mundo que se rige por el paradigma de que “internet se usa, no se lee”.

Vivimos tiempos de destape. Las redes sociales nos permiten salir del armario con una facilidad letal. Salir del armario para decir, incluso, estupideces o necedades asombrosas que nadie necesita leer. Es así. Hay que acostumbrarse. No importa que aquellas personas a las que antes admirabas o respetabas te hayan sorprendido o decepcionado con sus compulsivos tuiteos “ingeniosos”, “profundos” o “provocadores”. Lo imposible, en efecto, es posible en estos tiempos de orgulloso striptease emocional y sabihondo que todos llevamos dentro. Quién estuvo allí, quién es más listo y quién aplica con mayor celeridad factores de corrección sobre cualquier cosa dicha por otro cinco segundos antes son los deportes favoritos de todos aquellos que ahora nos ofrecen su parte oculta, quizá hasta oscura, públicamente.

En este nuevo contexto comunicativo de estímulos rápidos, basados en frases cortas, titulares y poco texto, el margen de atención ante cualquier propuesta es prácticamente nulo. Según un estudio de la empresa Chartbeat, que analiza el comportamiento de los lectores online, un artículo que ha sido tuiteado muchas veces no necesariamente es el más leído. Aparente gran contrasentido, pero no en un mundo que se rige por este paradigma: “internet se usa, no se lee”. Por si había alguna duda al respecto, el 38% de la gente que accede a una página no se esfuerza ni en intentar descifrar una sola línea (¿para qué entran, pues?). Y hay más: al segundo párrafo, horizontes lejanos, solo llegan la mitad de los esforzados curiosos, aunque muchos de ellos abandonarán para, increíble pero cierto, tuitear el escrito sin haberlo acabado y, por supuesto, digerido. Por si fuera poco, osarán comentarlo y dar su opinión (negativa, casi siempre), corroborando así que, más allá del surrealismo de la situación, cada cual tiene ya un discurso preestablecido en el que no importan los argumentos, sino el convencimiento de tener razón contra lo que sea.

Quizá sea normal todo esto en un mundo en el que ¡la gente no se saluda al cruzarse en una escalera o al encontrarse en un ascensor! Incluso parece raro hacerlo. Básicamente, porque se compromete al otro; al saludarlo, se crea una corriente de tensión que puede llegar a ser desagradable porque obliga al cumplimentado a devolver el saludo. Y eso, sobre todo en las ciudades, ya no es la opción preferente. De hecho, se suele acabar superando el trance con una mueca disimulada, forzada, rápida; casi mejor si pasa desapercibida. Parece que nos sentimos ridículos dirigiéndonos educadamente a alguien. Así pues, claro, mejor encerrarse en el profiláctico confort de las redes sociales, donde volvemos a experimentar el poder de sabernos inmunes, protegidos de nuestra estupidez y de la del prójimo con nuestras compulsivas muestras de inteligencia/ignorancia artificial. ¿Hablamos de adicciones severas que habrá que empezar a catalogar como enfermedades?

Etiquetas: 2010s, 2013, internet, sociedad
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