La renovación de la veterana publicación británica ‘New Musical Express’ ha supuesto una rara inyección de optimismo para los amantes de la prensa músico-cultural. Sí, parece que todavía hay gente con ánimo para lanzar un producto exigente –con opinión, texto, criterio y riesgo, además de diversión– en tiempos de desdén hacia cuanto pueda ofrecer una revista. Día sí, día también, escuchamos ese argumento de “¿y para qué sirve una revista cuando la gente ya puede escuchar todo al mismo tiempo que los periodistas?”. Es una pregunta que duele un poco a quienes estamos ligados de un modo u otro a las revistas y creemos sinceramente que pueden ser algo más que una guía de recomendaciones.
Cuando internet todavía gateaba, una revista parecía desplegarse ante nuestros ojos como el escaparate soñado de un mundo mejor, más estilizado, con ideas y cariño en cada esquina. El quiosco era un templo; inaugurar ejemplares de tus cabeceras favoritas podía acelerar el pulso. Para algunos, entre los que me incluyo, esa pasión por las revistas de papel cuidadas –una pasión casi sexual: el tacto de la cubierta de ‘Sight & Sound’ es letal– todavía no ha fenecido, ni fenecerá, si el iPad lo permite.
En su mejor forma, una revista es no únicamente fuente de información, sino también de opinión fiable –si un crítico te gusta, siempre será más fiable que alguno de esos trolls que circulan por el ciberespacio–, conocimiento, placer estético... Que internet sea el mejor invento desde la rueda no significa que no tenga sus peligros y carencias, y entre ellos figura una prensa sitiada, a menudo, por las prisas de la información de hoy en día o las carencias de edición. Podemos seguir navegando en la red –de veras, uno la adora como el que más–, pero ¿qué hay de malo en pararse, de forma semanal o mensual, en un puerto estable y respirar un poco, reflexionar, leer con tranquilidad? 