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Blade Runner, Los Ángeles año 2019

Harrison Ford se pasa la película, como de costumbre en aquellos años, corriendo y recibiendo palos por todas partes.

 

FREESTYLE (1983)

Blade Runner Los Ángeles año 2019

Tras la decepción que ha supuesto “Blade Runner 2049” (2017), recuperamos esta pieza histórica sobre la original “Blade Runner” (1982). Es una crítica escrita por Ignacio Julià en 1983 para la revista ‘Rock Espezial’ –el antecedente de Rockdelux– que se balancea entre el elogio de lo que entonces ya se consideraba un filme mítico de la década de los ochenta, con su idealización del futuro tecnológico, y las quejas sobre el (falso) final (que después Ridley Scott corregiría en su director’s cut en 1992).

Antes de empezar, permitidme una pequeña confesión: no puedo remediarlo, soy fan de Harrison Ford. Seguramente, la culpa de todo la tiene mi desmesurada pasión por el cine clásico de Hollywood. En aquellos gloriosos días, existía una clara diferenciación entre la estrella y el actor; distinción que fue desapareciendo a medida que el cine americano entró en crisis, afortunadamente para los actores, ya que redujo a las stars y fomentó los buenos intérpretes. Pero Harrison Ford no es un actor –uno no se lo imagina recitando a Shakespeare–, sino una estrella, tal y como los Gary Cooper, John Wayne o Errol Flynn de otros tiempos.

Ni se molesta en “actuar”, se limita únicamente a estar ante la cámara, dejando que su imagen haga el resto. Esto es precisamente lo que ocurre en “Blade Runner” (1982), la última película de Ridley Scott –recordado por “Los duelistas” (1977) y sobre todo por la esencial “Alien, el octavo pasajero” (1979)– y uno de los éxitos de la temporada.

Entre la ciencia ficción naturalista de un Moebius o un William Burroughs, y las películas de serie negra inspiradas en Hammett o Chandler, el realizador inglés ha concebido una lectura, apasionante en la parte virtual pero frágil en la evolución narrativa, de la novela del desaparecido Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. El argumento del filme nos sitúa en un futuro relativamente cercano, en un Los Ángeles de pesadilla donde siempre es de noche y nunca cesa de llover.

 
Blade Runner, Los Ángeles año 2019

Una pesadilla, un mal viaje, tan estimulante para el cerebro como para los sentidos: verdadero cine de los ochenta.

 

El protagonista es un cazador de “replicantes”, robots subhumanos creados por la ingeniería genética para ser utilizados como esclavos, y se enfrenta de manera nihilista a una última misión: terminar con una peligrosa banda de muñecos genéticos que anda suelta por la ciudad. La acción comienza: persecuciones trepidantes, violencia, tecnología avanzada, ambientes recargados, y hasta una historia de amor con una linda replicante que está a punto de mandar al traste todo el montaje.

Porque si “Blade Runner” alucina al espectador con la delirante visión de una gran urbe del futuro, y le emociona con un suspense apropiado y un mensaje trascendente sobre los peligros de la deshumanización, también puede molestarle con unas cuantas escenas de amor demasiado tópicas y un desastroso final feliz       –impuesto seguramente por imperativos comerciales y por la actual moda marcada por Mr. Spielberg– que quita algunos puntos a lo que habría podido ser una gran película.

Y no es que no lo sea, porque, ciertamente, “Blade Runner” cuenta con una trama apasionante, una escenografía memorable y las presencias magníficas de Harrison Ford –que se pasa la película, como de costumbre, corriendo y recibiendo palos por todas partes–, Sean Young –una chica muy mona, en la línea de la protagonista de “Alien”, pero más estilizada y moderna– y Rutger Hauer –un actor holandés que es toda una revelación en su papel de malo superpeligroso–.

Una obra muy recomendable, a pesar de todo, para aquellos que crean poseer una visión moderna y alucinada de la vida. Una pesadilla, un mal viaje, tan estimulante para el cerebro como para los sentidos, “Blade Runner” es verdadero cine de los ochenta.

Publicado en Rock Espezial 19 (Marzo 1983)
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